Cibeles se vistió de fiesta para celebrar el mundial de España
El asfalto todavía quemaba cuando la fuente de Cibeles empezó a latir como un corazón colectivo. Entre la multitud, el calor se combatía con botellas de agua que pasaban de mano en mano y con abrazos entre desconocidos que se habían visto por primera vez hacía cinco minutos.
Carmen García sostenía una bandera desgastada por el tiempo y no se molestaba en secarse las lágrimas: "Se la dedico a mi marido, que ya no está, pero que me enseñó a querer esto como se quiere a una persona". A su lado Javier Molina, de 24 años, lo resumía golpeando un tambor improvisado: "Da igual de dónde vengas o qué hayas vivido. Aquí todos gritamos igual".
A las siete de la tarde el sol seguía alto, castigando sin piedad a quienes llevaban horas de pie, y aun así nadie se movía de su sitio. Miles de banderas ondeaban al mismo ritmo que los cánticos, y las calles que desembocan en la plaza se habían convertido en un río humano imposible de contener. Familias enteras: todos con su camiseta.
Lo que ocurrió después no se pareció a un acto protocolario. La espera terminó cuando, uno a uno, los campeones del mundo subieron a la tarima con su canción elegida sonando por los altavoces. Unos la cantaron a pleno pulmón, otros la bailaron sin ningún pudor, agarrando el micrófono como quien lo hace un diciembre cualquiera en la fiestas en familia.
"Yo he venido a ver a mi selección y me he encontrado una verbena", decía entre risas María Dolores González, de 68 años, que llegó tres horas antes para asegurarse un buen sitio.
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Cibeles dejó de ser una plaza para convertirse en algo más parecido a un salón de casa. En medio de la fiesta, 120.000 gargantas cantaron el cumpleaños a Álex Baena, que hacía 25 años y se quedó parado en mitad del escenario, entre la risa y el desconcierto, mientras sus compañeros lo empujaban hacia delante.
Aitana subió después y compartió tarima con los jugadores, en una escena que terminó de borrar la frontera entre quienes celebraban arriba y quienes celebraban abajo. "Mi hija de nueve años cantaba con ellos como si los conociera de siempre", contaba Rubén López, con la niña todavía subida a sus hombros. "Esto no se le olvida a nadie. Ni a ella ni a mí".
We Are the Champions, de Queen, fue la última canción que retumbó en el escenario. Una canción legendaria para un título que no fue solo lo que se celebró en Cibeles: fue la sensación, profundamente compartida, de que un país entero cabía por unas horas en la misma plaza.