La guerra de Gaza no ha terminado, es el mundo el que mira para otro lado

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Ibrahim Badra (Mediapart)

Desde hace meses se repite al mundo entero que Gaza ha entrado en un periodo de calma. Los responsables políticos hablan de alto el fuego, las cadenas de televisión han reducido su cobertura, la atención internacional se ha desplazado a otros lugares. Para millones de personas que observan la situación desde el extranjero, la guerra se va convirtiendo poco a poco en cosa del pasado.

Pero Gaza nunca ha recibido ese mensaje. La guerra no ha terminado. Simplemente ha dejado de ser portada en los medios.

A cualquier hora resuena una nueva explosión en barrios que ya han sido destruidos varias veces. Cada noche, las familias se acuestan en tiendas de campaña, sin saber si se despertarán bajo el mismo trozo de tela o bajo una nube de polvo y hormigón. Cada mañana comienza con la misma pregunta aterradora: ¿quién ha sobrevivido esta noche?

La catástrofe humanitaria continúa, a pesar del lenguaje diplomático. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), siguen desplazados cientos de miles de palestinos, mientras que el acceso a alimentos, agua potable, atención sanitaria y refugio sigue siendo muy insuficiente. Unicef sigue alertando sobre la situación de los niños de Gaza, que se enfrentan a niveles catastróficos de hambre, traumas y enfermedades.

Las cifras hablan por sí solas. Según el Ministerio de Sanidad palestino en Gaza, el 16 de julio, en solo veinticuatro horas fueron asesinados cuatro palestinos y otros veintiocho resultaron heridos. Desde el alto el fuego anunciado el 11 de octubre de 2025, al menos 1.202 palestinos han perdido la vida, 3.888 han resultado heridos y se han recuperado unos 800 cadáveres de entre los escombros. Estas cifras abarcan únicamente el período del alto el fuego.

Privados de futuro

Desde el inicio del genocidio, el 7 de octubre de 2023, el ministerio ha registrado un balance acumulado de 73.329 palestinos asesinados y 173.997 personas heridas.

Sin embargo, ni siquiera estas cifras logran describir la realidad. Porque detrás de cada estadística se esconde un rostro, una familia, un recuerdo, un futuro que nunca llegará a existir.

Hace unos días, otro caso puso de manifiesto la distancia que existe entre las declaraciones oficiales y la vida en Gaza. Un grupo de jóvenes se reunió en el campo de refugiados de Nuseirat para asistir al funeral de su amigo Taher. Antes de partir hacia el cementerio, alguien les hizo una foto, de pie, juntos. No se estaban preparando para una batalla. Se estaban preparando para despedirse.

Unos minutos más tarde, un dron israelí atacó al grupo. La mayoría de los jóvenes que aparecían en esa foto perdieron la vida. Ocho murieron junto al amigo al que habían ido a enterrar y otros resultaron gravemente heridos. La imagen cambió para siempre. Ya no era una foto de amigos asistiendo a un funeral. Se convirtió en la última fotografía de muchos de ellos.

Durante el día, Soso ríe y juega, intentando ser una niña como las demás. Por la noche, busca a su madre en la pantalla del teléfono

¿Cómo pueden los funerales convertirse en momentos de muerte? ¿Cómo se puede hablar de paz cuando a quienes lloran a sus muertos les espera, a su vez, ser llorados? La tragedia se repite en Gaza con una crueldad insoportable. Un mártir fotografía a otro mártir. Un mártir lleva el féretro de otro mártir. Un mártir entierra a otro mártir. Y un mártir se despide de otro mártir. Antes incluso de que terminen los funerales, quien se despide se convierte en un nombre más entre los muertos.

Me ha llegado otra historia desde el campamento de desplazados donde vive mi familia. Estaba hablando con mi hermano cuando me contó lo de nuestro vecino, Abu Issa. A su mujer la mataron hace casi un año mientras le acompañaba a buscar ayuda humanitaria.

Durante los últimos tres días, mi hermano tenía la sensación de oír la voz de la difunta dentro de la tienda. Al principio, tenía miedo de no poderse desprender de ese pensamiento. Temía que, si se dejaba llevar, su mente lo arrastrara a un lugar sin retorno. Así que intentó ignorarlo. Pero ayer volvió a ocurrir.

Hoy, mientras estaban sentados juntos tomando café, decidió plantearle la pregunta: “Disculpa, Abou Issa, pero desde hace algún tiempo, por la noche, cuando todo el mundo duerme, oigo a Oum Issa reír y llamar a los niños. No entiendo por qué me pasa eso.” Esperaba ver una mezcla de confusión y sorpresa en el rostro de su vecino.

Morir intentando sobrevivir

Pero Abou Issa se limitó a sonreír. “Ay, amigo mío”, dijo en voz baja. “Es Soso, mi hija. Antes de dormir, pone en bucle un vídeo del teléfono en el que se oye la voz de su madre, y se queda dormida escuchándola”.

No había nada más que decir. Mi hermano sostenía su taza de café y miraba a Soso, que no muy lejos de allí jugaba a la rayuela con sus amigas. Durante el día, ríe y juega, intentando ser una niña como las demás. Por la noche, busca a su madre a través de la pantalla del teléfono.

¿Qué dolor puede ser mayor que este? ¿Qué clase de mundo es este que exige a una niña que parezca normal durante el día y la deja sola frente a su dolor por la noche? Algunas heridas no se pueden contar. Algunas pérdidas no se pueden medir.

La pérdida no tiene una única forma. Solo unos días después se produjo otra historia. Dos hermanos salieron de la tienda familiar con recipientes vacíos en la mano. Se dirigían a pie hacia la planta desalinizadora más cercana, con la esperanza de llevar agua potable a su familia. Eso era todo lo que querían. No llevaban armas y no representaban ninguna amenaza. Eran dos jóvenes que intentaban realizar el gesto más sencillo, el que haría cualquier ser humano: llevar agua a sus seres queridos.

Un dron de vigilancia sobrevolaba la zona. Los dos hermanos fueron localizados mientras caminaban hacia la planta desalinizadora. En cuestión de segundos, les lanzó un misil. Los dos hermanos murieron cuando iban a buscar agua para su familia. Su delito fue querer sobrevivir. Su misión era volver con agua suficiente para ayudar a sus seres queridos a aguantar un día más.

El mayor peligro hoy en día no es solo la continuación de la violencia, sino la ilusión de que la violencia ha terminado

Esa es la realidad de la vida en Gaza. La gente no muere solo en combate. Muere intentando sobrevivir. Mueren buscando harina, mueren esperando la ayuda humanitaria, yendo a buscar agua, durmiendo en tiendas de campaña, enterrando a sus seres queridos. Quizá el mayor peligro hoy en día no sea solo la continuación de la violencia, sino la ilusión de que la violencia ha terminado.

Cuando la atención mediática disminuye, muchos dan por hecho que con ella se ha disipado el sufrimiento. Cuando los gobiernos hablan de estabilidad, la gente se imagina seguridad. Cuando los responsables anuncian un alto el fuego, se imaginan a los niños volviendo al colegio y a las familias reconstruyendo sus hogares.

Pero la paz no se mide a través de las ruedas de prensa. Se mide por el hecho de que los niños duerman sin miedo, de que los hospitales funcionen, de que las familias puedan volver a sus hogares, de que los padres puedan enviar a sus hijos a buscar agua sin preguntarse si volverán con vida.

Como periodista y escritor, he aprendido que, a menudo, la mayor injusticia no es solo lo que el mundo ve. Es lo que el mundo decide dejar de ver.

Recuerdo otra Gaza. Recuerdo los mercados abarrotados antes del Aíd (fiesta de fin del Ramadán, ndt). El olor a pan recién horneado que se escapaba de la panadería familiar antes del amanecer. Las risas de los niños que llenaban las calles de Al-Sabra. Los vecinos que visitaban a otros sin miedo. Las tardes a la orilla del mar, antes de que las tiendas de campaña cubrieran la costa.

Esos recuerdos importan, porque nos recuerdan que Gaza no estaba destinada a convertirse en un desastre humanitario permanente. No es solo un lugar de escombros. Es el hogar de millones de personas cuyos sueños no tenían nada de extraordinario. Querían estudiar, trabajar, enamorarse, criar a sus hijos, vivir, envejecer. Así que, cuando os digan que la guerra ha terminado, haced una pregunta sencilla: ¿quién se lo ha dicho a Gaza? Porque Gaza nunca ha oído esas palabras.

Siguen cayendo las bombas. Los niños siguen durmiendo en tiendas de campaña. Las niñas se duermen escuchando las grabaciones de madres que nunca volverán. Los amigos se convierten en mártires mientras entierran a sus amigos.

El alma de Gaza

La guerra no ha terminado. Simplemente, al mundo le resulta más fácil mirar hacia otro lado.

Caja negra

Ibrahim Badra es periodista y defensor de derechos humanos. Refugiado en Francia desde el 11 de julio de 2025, continúa para Mediapart una serie de crónicas que comenzó en Gaza.

Traducción de Miguel López

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