La democracia también se desgasta: Auge de la extrema derecha en las sociedades posdictatoriales

Annabella Martínez Calvo

La memoria de las dictaduras permanece en cierta forma viva, especialmente para todos aquellos que las han sufrido, pero las crisis económicas, la inseguridad, el desgaste de los partidos tradicionales, la corrupción y la propia renovación generacional han modificado las prioridades de una buena parte de la ciudadanía.

Tal y como sostiene Ana Ros, las generaciones que vivieron directamente las dictaduras hoy en día van perdiendo presencia en la vida pública, y van tomando el relevo generaciones posdictatoriales cuya relación con aquel periodo ya no procede de la experiencia personal, sino de los relatos familiares, la educación, los medios de comunicación y las producciones culturales.

Por ejemplo, millones de electores que nacieron después de 1983 en Argentina, después de 1990 en Chile o a finales de los años 70 en España. Para estos, la represión no es una experiencia vivida, sino una historia adquirida a través de la familia, la escuela o los medios de comunicación. Aunque el paso del tiempo no elimina per se la memoria, sí transforma su intensidad. En otras palabras, lo que para una persona que sufrió la represión y la falta de derechos humanos pasa a ser su principal referencia a la hora de votar, para aquel joven que no encuentra trabajo o no tiene capacidad para comprar o alquilar una vivienda, los temas de un pasado no vivido pierden prioridad frente a lo que ellos creen problemas reales.

Todo lo cual implica que la memoria democrática necesita ser explicada y transmitida de manera constante, porque no basta con dar por hecho que las nuevas generaciones comprenderán por sí solas la gravedad de los hechos que acontecieron.

Ninguna sociedad queda vacunada para siempre contra el autoritarismo

Cabe mencionar que la memoria nunca es completamente uniforme. Junto a la condena a las dictaduras han permanecido reductos o sectores más o menos amplios que justifican de manera parcial o total los golpes de Estado, minimizan la dimensión de los crímenes o presentan la represión como respuesta inevitable al supuesto “desorden político”. Con el paso del tiempo, estos discursos han encontrado nuevos espacios de difusión.

El ascenso de la extrema derecha no puede entenderse ni explicarse únicamente desde la óptica de la habilidad de sus dirigentes. Muy al contrario, este debe ser escrutado desde el fracaso de quienes gobernaron antes. Cuando los partidos progresistas prometen transformaciones profundas y más tarde no las llevan a cabo, todo esto genera una fuerte frustración entre la ciudadanía.

La precariedad de la vivienda o el resquebrajamiento de los servicios públicos alimentan una sensación de abandono que la extrema derecha aprovecha para ofrecer respuestas simples y vacías de contenido real, al tiempo que señala falsos culpables, entre ellos a las personas migrantes. Frente a esta estrategia, la izquierda debe afrontar los problemas reales mediante políticas sociales, integración, redistribución de la riqueza y fortalecimiento de los servicios públicos, evitando que el malestar ciudadano sea dirigido contra los sectores más vulnerables.

La pregunta correcta no debería ser únicamente cómo pudieron los ciudadanos olvidar las dictaduras. También debemos preguntarnos por qué las democracias y los partidos tradicionales no consiguieron ofrecer respuestas creíbles a sus problemas cotidianos. De ahí que la principal enseñanza sea que ninguna sociedad queda vacunada para siempre contra el autoritarismo. Por lo tanto, la democracia necesita recordar los crímenes del pasado, pero también demostrar cada día que es capaz de resolver los problemas del presente.

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Annabella Martínez Calvo es socia de infoLibre.

Annabella Martínez Calvo

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