‘Tres adioses’, Isabel Coixet retrata la épica tragedia de una mujer que se despide del mundo

Fotograma de 'Tres adioses'

Michela Murgia tuvo la mala suerte de morir sabiendo que el fascismo contra el que había combatido toda su vida había vuelto a asaltar, finalmente, las instituciones italianas. Giorgia Meloni fue elegida primera ministra de Italia a finales de 2022, cuando Murgia estaba inmersa en la escritura de Tres cuencos: Rituales para un año en crisis y acaso ya sabía que le quedaba poco tiempo de vida. En efecto, la publicación del libro antecedió por unos pocos meses su fallecimiento a causa de un adenocarcinoma renal, obligando a que fuera leído como una suerte de testamento trágico. Y no obstante un testamento inusitadamente luminoso, colectivo.

Porque Tres cuencos estaba compuesto por varias historias entrelazadas, tejiendo un común espacio urbano sobre el que Murgia edificaba no tanto una ansiosa negación de la muerte como una vigorosa reafirmación de vida. Tres cuencos exigía el derecho a que la existencia descrita contuviera toda la intensidad y voluntad expansiva del mundo, difuminando los límites que imponía un fin que, bueno, de todas formas no deja de acecharnos a todos. Que Isabel Coixet, así las cosas, haya cambiado el título del libro por Tres adioses a su traslado a la gran pantalla, ya ilustra de entrada una drástica decisión de adaptación. Ha escogido un foco, ha preferido que la biografía de Murgia se imponga a la narrativa que esta eligiera sobre el papel, y ha trabajado a partir de ahí.

Lo que sucede con Coixet —a estas alturas, como cineasta veteranísima cuyo extenso currículum se remonta a la década en la que empezó Almodóvar— es que no puede tener las cosas más claras. Ha cribado del material literario los asuntos que más le interesan, y dialogando con el legado cultural de Murgia ha querido dar forma a la que podría ser una de sus películas más ambiciosas

Esto último explicaría el carácter internacional de la producción de Tres adioses y la incorporación de una actriz tan prestigiosa como Alba Rohrwacher no solo brindándole solera al proyecto, sino concienciada incluso con la posibilidad de hallarse ante uno de esos papeles que definen carreras. Está por ver si logra serlo para Rohrwacher —desde luego su entrega al personaje de Marta, presumible álter ego de Murgia, es absoluta— mientras que, por lo demás, Tres adioses no deja de conformarse como una película puramente Coixet.

Se percibe en esos ingredientes que la cineasta ha enfatizado de cara a adaptar el libro. Erigiendo como protagonista a aquella mujer a la que ha abandonado su novio, y que más tarde descubre que tiene un cáncer terminal, Tres adioses se antoja una mezcla de dos de las películas iniciáticas de Coixet: Cosas que nunca te dije y Mi vida sin mí, rodadas entre 1996 y 2003 también con capital extranjero (en este caso estadounidense). Al mismo tiempo, hay una fijación por la fuerza poética del hecho de comer —citando directamente a Feuerbach, para que los detractores de Coixet tengan su correspondiente dosis de intelectualismo irritante—, que podría remitirnos a la serie aquella que hizo para HBO, Foodie Love. Por mucho que estos personajes hablen en italiano y paseen su melancolía por las calles de Roma, nos situamos en terreno conocido.

El sello Coixet

Un terreno donde florecen los caprichos —el mantenimiento del formato 4:3 tras su desigual resultado en Un amor, el uso fetichista de metraje en 8mm para recrear los recuerdos de la pareja que terminó— sin que por otra parte ninguno de ellos desafíe la compacta categoría de “película de Isabel Coixet”. Con todo lo bueno y todo lo malo, y alentando nuevamente la suspicacia ante una estética con visos de publicitaria: un envoltorio rígido capaz de ahogar la distinción de un material indiscutiblemente relevante, pero aplanado ante la fuerza del sello Coixet.

Puesto que Tres adioses cuenta con una fotografía estupenda a cargo de Guido Michelotti y unas interpretaciones especialmente entonadas —no solo por parte de Rohrwacher, hay que destacar asimismo a Elio Germano como su ex y a un Francesco Carril arrebatador, actuando por primera vez en italiano—, el encaje de la palabra de Murgia dentro de los terrenos estancos de Coixet nunca llega a ser desagradable. Sí que, por otra parte, cabe afear una cierta banalización: los diálogos agrestes, las reflexiones de post de Instagram con atardeceres idílicos, el ritmo plomizo al que se condena el relato… nada de esto termina de hacer justicia al talante literario (o emocional si se quiere) de las creaciones de Murgia, sometidas a un andamiaje de lo más artificioso.

Timothée Chalamet es ‘Marty Supreme’ en un excelente retrato de la grandeza y la derrota

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A la película, sin embargo, la salvan los gestos. También un honesto acercamiento a los personajes, destilando una poderosa dignidad no tanto por cómo hablan sino por cómo se mueven o se miran. Coixet se esfuerza por que ninguno de estos rostros pierda su fuerza individual, acercándose a la coralidad del libro de Murgia desde otra vía: erigiendo a Marta como centro de todo, sí, pero a la vez imponiendo un diálogo constante con todos aquellos que le rodean. Personajes dubitativos, pendiente la amenaza sobre ellos del ridículo y las malas decisiones —ya que Carril anda también por aquí, no dejan de ser curiosas las rimas que establece Tres adioses con Mi amiga Eva de Cesc Gay—, y capaces de aunar la pequeñez y la grandeza, a veces de forma simultánea.

Por eso la importancia de los gestos. Cuando Marta, en plena euforia 'tanatoide', le espeta a un compañero de trabajo con total sencillez que “le gusta”, se está encaramando sobre una rutina compartida, y sobre la certeza de que eso es justo lo que echará de menos cuando tenga que morir. Son raros estos ramalazos costumbristas en Tres adioses —Coixet prefiere arrebatos más ambiciosos o “metafóricos”, donde el tormento de Marta invoque una cualidad puerilmente cósmica—, pero por suerte hay unos cuantos, y son suficientes para que la película respire y devenga merecedora del legado con el que le ha tocado negociar. Hay ocasiones, incluso, que estos proyectan la sensación momentánea de hallarnos ante la mejor película de la carrera de Isabel Coixet.

Son solo momentos, sin embargo. Chispazos dentro del reconocible terreno de baches y ramalazos embarazosos. Suficientes, al menos, para deducir que ha habido una fusión productiva entre las voces de Coixet y Murgia. Y que, dentro de un imaginario más íntimo que toda esa impostada épica del aparato audiovisual, la directora ha sido capaz de divisar de qué queremos despedirnos los seres humanos cuando avistamos el final. Lugares, comida, amor. Tres despedidas, tres cuencos que Coixet ha sostenido con la suficiente delicadeza como para acercarse al éxito.

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