'España contra el desierto': convertir la emergencia climática en un gran proyecto de prosperidad

'España contra el desierto': cómo convertir la emergencia climática en un gran proyecto de prosperidad para nuestro país.

Emilio Santiago y Héctor Tejero

La dana de Valencia dejó 236 muertos, los incendios de 2025 calcinaron 350.000 hectáreas y el calor ha matado a casi 10.000 personas en cuatro años. España se calienta más rápido que el planeta y el 75% de su territorio corre el riesgo de convertirse en desierto. Sin embargo, no estamos condenados.

Frente al negacionismo y al catastrofismo, este título, escrito por Emilio Santiago (investigador del CSIC) y Héctor Tejero (asesor político y activista ecosocial), propone una alternativa: bien gestionada, la transición ecológica puede ser un gran proyecto de país y la mayor oportunidad de crecimiento económico de nuestra generación.

España fabrica su propio desierto desde dentro. Este libro, que llega a las librerías el 2 de septiembre de la mano de Arpa, explica cómo evitarlo y convertir la mayor amenaza del siglo en la mayor oportunidad de prosperidad que ha tenido el país en cien años.

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Introducción

¿Se convertirá España en un desierto?

España se encuentra en una encrucijada existencial provocada por la emergencia climática, cuya resolución definirá todo el siglo XXI. En esta encrucijada se abren dos posibles futuros radicalmente distintos: la prosperidad ecológica o el desierto. Por un lado, España es el epicentro de la crisis climática en Europa. Si las temperaturas siguen aumentando y la adaptación resulta insuficiente, nuestro país afronta un alto riesgo de empobrecimiento, acompañado de un enorme sufrimiento social. En ese proceso de decadencia histórica, la desertificación desempeñará un papel protagonista.

No debemos imaginarla como una extensión del Sahara, como si las arenas africanas cruzaran el mar: la ciencia nos dice que el futuro desierto español no vendrá de fuera, sino que lo estamos fabricando desde dentro. Si se impone, será producto de una mezcla entre un modelo agrario extractivista, que consume mucha más agua de la que podemos permitirnos, y los efectos del cambio climático. El aumento de las temperaturas, los incendios y un ciclo del agua enloquecido, con largas sequías y lluvias torrenciales, destruirán en pocas décadas unos suelos que tardaron siglos en formarse.

Ese desierto tampoco se parecerá a un bello y majestuoso mar de dunas. El territorio que nos espera es más miserable: una tierra estriada, desollada, exhausta, desnuda. Una suerte de intemperie ecológica en la que cada año será más difícil cultivar, sobre la que cada lustro será más difícil vivir. La famosa frase atribuida a Balzac, según la cual «el bosque precede a la civilización y el desierto la sucede», podría convertirse en el legado que España deje a este rincón de la Tierra que nos correspondía custodiar. Se nos ocurren pocos balances peores para juzgar el papel de las españolas y españoles en la historia.

Pero también podemos vencer al desierto que crece desde dentro. Y hacerlo de modo deslumbrante. Esa es la premisa fundamental de este libro.

España también puede situarse a la vanguardia de las transformaciones que exige la crisis climática. La incipiente revolución ecológica de las fuerzas productivas (renovables y, de modo más incipiente, de regeneración) facilita esa tarea porque, como nunca antes, ha alineado la modernización económica con la agenda ambiental. Hoy la opción ecologista ya no es solo la opción de la supervivencia o de la justicia; también es la de la seguridad y la prosperidad. La transición ecológica constituye, por tanto, una vía hacia una nueva riqueza, y en esa tesis se apoya todo lo que sigue.

Estamos convencidos, además, de que afrontar con éxito la emergencia climática permitirá solucionar algunos de los problemas estructurales de España. En particular, lo que llamamos la maldición de Sísifo: ese patrón de nuestra historia económica que consiste en perder, cada cierto tiempo, el ritmo y la dirección de la modernización. Estamos igualmente convencidos de que esta resolución tiene un carácter político: la prosperidad ecológica no está garantizada; no existe una trayectoria de progreso asegurada. Todo dependerá del proyecto de país que logre construir una mayoría capaz de dirigir los conflictos que se avecinan. En última instancia, el futuro de España depende de la política.

Junto a este diagnóstico, el libro plantea otra hipótesis ambiciosa, aunque abierta a la experimentación y a la revisión. La política climática española dependerá de cómo interaccionen los conflictos climáticos con las fracturas identitarias que ya organizan la sociedad española (el eje izquierda-derecha y el eje centro-periferia). A nuestro juicio, el desenlace de la transición se decidirá en una serie de perfiles sociológicos que se verán tensionados por la nueva política climática. Algunos corren el riesgo de alinearse con el mundo fósil; otros pueden integrar lo que hace seis años, en nuestro primer libro conjunto, llamábamos con cierto entusiasmo primaveral el pueblo del clima. A partir de esa tensión proponemos impulsar un conjunto de reformas transformadoras pero viables, acompañadas de nuevas narrativas que conviertan la prosperidad ecológica en el horizonte compartido del país.

Como propuesta novedosa, vamos a trabajar pensando en las coaliciones potenciales y los escenarios políticos que cabe esperar, y desde ahí formular nuestro programa, y no a la inversa, como suele ser habitual. Es decir, no partimos del qué y luego buscamos un quién, sino que intentamos pensar simultáneamente quiénes podrían sumarse a qué, intentando poner el realismo político pragmático por delante de un programa de expresión moral o identitaria.

Esta introducción sirve también como declaración de intenciones. Este libro no es un informe técnico revestido de recursos retóricos ni un ejercicio de divulgación científica sobre los peligros y las oportunidades del cambio climático. No queremos ofrecer una lista de problemas e impactos del cambio climático traducidos de literatura académica, seguido de un rosario de soluciones inspiradoras, pero asépticas en términos de sus implicaciones sociales. Esos trabajos ya existen, con muy buena factura, y son imprescindibles.

Lo que el lector tiene entre las manos es otra cosa: un ensayo político sustentado en el rigor propio de las ciencias sociales, pero ensayo político al fin y al cabo. Un libro que toma partido y que busca intervenir en los procesos de poder que decidirán nuestra encrucijada climática. Por eso combina dos dimensiones complementarias. La primera ofrece un diagnóstico de época, centrado en España, sobre el impacto de la crisis climática en nuestras vidas, con la voluntad de resultar útil a cualquier lector independientemente de su ideología. La segunda desarrolla una propuesta de intervención en la que perfilamos un enemigo, proyectamos un horizonte y establecemos una estrategia acorde a nuestro compromiso, que es construir un bloque climático progresista y plurinacional.

Pero un buen ensayo político es lo contrario de un panfleto. Compromiso no es sinónimo de demagogia ni de propaganda. Al contrario: la buena política necesita del conocimiento más sólido, incluso cuando resulta incómodo para sus propias ilusiones. Por eso, aunque este sea un libro escrito desde y para la izquierda, creemos que su lectura también puede resultar inspiradora para la derecha. Aunque defenderemos que su mejor versión y su máximo potencial dependen de una dirección progresista, la prosperidad ecológica no es un proyecto de parte, sino un proyecto de país.

El tópico de la sandía, verde por fuera y roja por dentro, como si el ecologismo fuera un plan comunista encubierto, ha quedado desfasado. La transición ecológica implica avanzar hacia una tecnosfera superior que, precisamente por ser más eficiente y productiva, generará excedentes susceptibles de ser dispu­tados políticamente. Desde la izquierda, abanderamos la prosperidad ecológica porque abre nuevas posibilidades redistributivas, democráticas y socialistas. Pero esa misma prosperidad también puede ser asumida por actores conservadores como una evolución deseable del capitalismo español.

Por todo ello, aunque no ocultamos nuestros valores en ningún momento de la argumentación, hasta el final de la tercera parte el tono que empleamos es mucho más analítico que normativo. Hemos reservado la toma de posición más explícita para el desenlace del libro.

Como todo escrito, este también es hijo de su tiempo. Sin embargo, en estas páginas no nos limitamos a un compromiso con la actualidad más inmediata. Mientras terminábamos de escribirlo, el Estado español seguía gobernado por un bloque progresista y plurinacional con el que nos sentimos comprometidos, cuyo desempeño en materia climática ha sido notable, aunque no exento de contradicciones. Al mismo tiempo, éramos conscientes de que el Gobierno de coalición de izquierdas podía estar agotando su ciclo.

Por eso, nuestra voluntad es que este libro no envejezca demasiado pronto; que capture ideas más perennes que puedan ser útiles para que las fuerzas progresistas en particular, y la sociedad española en general, puedan ser climáticamente más competentes en estos años decisivos. Ya sea desde el Gobierno o desde la oposición. Con el viento de la descarbonización soplando a favor o teniendo que resistir retrocesos en la agenda ecologista. De hecho, el punto de fuga de nuestra mirada está situado en 2050: el proyecto que aquí se bosqueja es a veinticinco años vista.

Como este es un ensayo político, no es necesario advertir que nuestra aproximación a la energía, el clima o las ciencias de la Tierra no será la de especialistas. Aun así, procuraremos ser rigurosos con las fuentes académicas que empleemos y ajustar nuestros argumentos a la exigencia de las evidencias científicas y no al revés.

Del mismo modo, la historia tampoco es nuestro oficio. Esta confesión resulta algo más delicada. Aunque nos moveremos dentro de los consensos generales de la literatura académica existente, hasta donde la conocemos, y seremos cuidadosos con sus matices, somos conscientes de que muchas de las tesis que asumiremos siguen siendo objeto de debates permanentes entre los historiadores.

Esta advertencia resulta especialmente importante porque vamos a sobrevolar un agujero negro intelectual: España ha sido un trastorno obsesivo-compulsivo del ensayismo español. Como si los españoles, más que habitar un país, hubiéramos habitado un problema irresoluble. Retomando una sugerencia de Santiago Alba Rico, queremos situarnos más allá de ese tic: asumir que, si España es un problema, podría llegar a ser un problema «pequeño, remoto y llevadero», como ha sucedido para una parte mayoritaria de la población castellanohablante que, hasta el reciente brote de ansiedad españolista de la extrema derecha, ha vivido la idea de España sin trazas de trauma, vinculándose a ella mediante alegrías y penas inofensivas, como el gol de Iniesta o la enésima derrota en Eurovisión.

Somos conscientes, sin embargo, de que España difícilmente podrá convertirse en un problema «pequeño, remoto y llevadero» para otros pueblos hermanos de la península que se sienten coaccionados y agraviados por una relación de dominación forzosa. Al menos no mientras no se reconozca y reconfigure, en un entramado institucional coherente de iure, nuestra realidad plurinacional de facto. A nuestro juicio, ello pasa por una solución federal asimétrica, por el blindaje constitucional de la plurinacionalidad, por la compartición de soberanía y por el reconocimiento del derecho a decidir como condición de un vínculo voluntario.

Pero, como ese horizonte aún queda lejos, pedimos al lector que acepte una pequeña convención: en las páginas que siguen, la palabra España designará simplemente la realidad política factual sobre la que debemos operar: un Estado que controla un territorio geográfico, que usamos sin compromiso con ninguna defensa esencialista de su configuración nacional actual.

La izquierda no es ajena a las trampas de la memoria ni al vicio melancólico de enamorarse de su propia derrota como mecanismo de compensación. No hay mayor error estratégico que pretender ganar en el presente lo que se perdió en el pasado. Nuestra derrota más reciente, la del 15M, tuvo algo que ver con esa pulsión por resarcir 1978 o incluso 1936, en lugar de entender las circunstancias inéditas que abría la crisis del neoliberalismo. Una crisis que supimos anticipar, pero no conducir. En parte, porque no comprendimos hasta qué punto los cuarenta años de dictadura y los cuarenta de democracia neoliberal habían moldeado la base antropológica de nuestro pueblo y, con ella, sus deseos, sus miedos, sus esperanzas, sus expectativas de orden, sus formas de adhesión y sus reglas intuitivas de cálculo político. Frente a la pulsión de identificación fuerte con nuestra memoria desgarrada, el consejo que nos daba Marx en el siglo XIX sigue siendo el mejor: la revolución social del siglo xxi no puede tomar su poesía del pasado, solo del futuro. Debe estar más obsesionada con el solarpunk que con las colectividades anarquistas de la Guerra Civil.

En otro orden de aclaraciones preliminares, nuestra tradición de pensamiento es la del ecologismo. De hecho, reflexionando sobre la escritura de este libro, nos hemos dado cuenta de que tiene mucho de segunda parte de otro que publicamos en 2019: ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal. Sin embargo, existen tres diferencias importantes. La primera es que aquí hemos querido aterrizar el análisis en las circunstancias concretas de España, en lugar de escribir un libro válido para cualquier sitio. La segunda consiste en asumir cuánto ha cambiado el mundo en apenas siete años: un vuelco que puede resumirse en el paso del momento populista al momento frentepopulista, hasta el punto de que el propio significado del Green New Deal podría haber quedado agotado. La tercera es que hemos afinado aquellas intuiciones que, en su momento, ya despertaron una intensa polémica en el debate ecologista, y que consisten en asumir y comprender qué significa que la transición ecológica sea una batalla política.

Nuestra experiencia de veinticinco años de militancia también nos ha llevado a una conclusión: el pensamiento ecologista carece de una tradición propia de reflexión política comparable a la que el marxismo desarrolló, obligado por las circunstancias. Con demasiada frecuencia, sus esquemas teóricos vienen marcados por tics como el esencialismo naturalista, el reduccionismo, el determinismo, el abuso de la categoría de sistema como totalidad fundante de sus procesos parciales o la recaída en las formas más vulgares de teleología histórica. Todos ellos revelan, en el fondo, una profunda incomprensión de lo político.

Por ello, aunque seguimos aprendiendo de la literatura ecologista canónica, sentimos que aprendemos mucho más al enriquecer sus diagnósticos con autores y autoras que, desde distintos enfoques, nos ayudan a superar esa ingenuidad política. Recurriremos a sus obras en las páginas que siguen. Lo que nos interesa de su enfoque es precisamente la lucidez política, la comprensión de su autonomía relativa, el pragmatismo transformador, el arraigo empirista en el análisis concreto de cada situación, la reivindicación de un pensamiento in medias res y una concepción constructivista y experimentalista del cambio histórico.

Este enfoque está sentando las bases de un ecologismo del siglo XXI con características propias. Una propuesta ideológica que, frente a la desesperación alucinada del colapsismo —esa corriente que convierte el colapso ambiental de la sociedad industrial en un destino inevitable—, hace creíble un horizonte de futuro marcado por una nueva experiencia de abundancia, de seguridad biográfica, de lujo común y de placer de vivir dentro de los límites planetarios. En este libro aterrizamos esta fórmula en el caso español.

En definitiva, este es un libro pensado para ayudar a dar el salto desde la crítica, la denuncia y la resistencia hacia el liderazgo moral, social y político. En otras palabras, para contribuir a derrotar al desierto. Esa es la misión generacional en la que el ecologismo transformador no tiene derecho a fallar. Precisamente porque sabemos mejor que la mayoría de la sociedad cuán doloroso y peor puede ser el futuro, cualquier otra actitud que no sea la de hacer convincente una esperanza factible, un horizonte de salida prefigurado en victorias concretas, será un pésimo uso (y hasta un abuso) de nuestros privilegios históricos.

Hace más de cien años, en vísperas del trágico fracaso de la revolución socialista en Baviera, Max Weber pronunció una conferencia que se convirtió en un clásico de la sociología: La política como vocación. En ella estableció la famosa distinción entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, y sostuvo que toda acción política de altura exige tres cualidades: pasión, responsabilidad y mesura. La primera pertenece al ámbito de la ética de la convicción; las otras dos nos acercan a la ética de la responsabilidad. Se trata de una posición moral en la que las ideas y las buenas razones nunca bastan por sí solas: los sujetos debemos hacernos cargo de las consecuencias de nuestras decisiones, tanto de sus efectos indeseados como del precio de no actuar por exceso de expectativas.

La última advertencia preliminar de este libro es que, en su parte más ensayística, ha sido escrito deliberadamente para resultar incómodo, incluso para nosotros mismos. Porque, como dice José Luis Rodríguez, este es el tiempo de las alianzas incómodas. Hemos querido ser violentados por su escritura, porque entendemos que no tenemos derecho a esperar tiempos mejores. En la era de la emergencia climática, la ética weberiana de la responsabilidad se nos impone como se impuso al movimiento comunista en los años treinta, cuando la historia amenazaba con un holocausto global.

Un ecologismo que de verdad ha comprendido las implicaciones de la contrarreloj climática no puede refugiarse en las trincheras de la espera, confiando en que cambie la dirección de los vientos. Como ha expuesto con maestría Xan López, la conciencia climática es incompatible con la paciencia histórica en la que con frecuencia se ha refugiado la izquierda radical.

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Por eso conviene asumir que cualquier política de alianzas madura no deja de ser, de alguna manera, una política de triajes. Esto es, una política de establecimiento de prioridades feas y algo perturbadoras. Probablemente no exista una causa más poderosa para aceptar la inevitable antipatía que genera cualquier pragmatismo político que la de preservar la posibilidad de que siga existiendo una España —y un planeta— habitables a lo largo del siglo XXI. Y, una vez esquivado el desierto, garantizar que nuestras hijas y nuestros nietos conserven, al menos, el mismo derecho que nosotros tuvimos a intentar transformar el mundo. Si además logramos que puedan vivir mejor de lo que vivimos nosotros, entonces las muchas tazas de mierda que, como nos enseñó The Wire, forman parte del día a día de la política habrán merecido la pena.

En el libro de unos buenos colegas y cómplices, Marta Victoria, Daniel Carralero y Cristóbal Gallego, tres científicos que han escrito el manual definitivo para entender el estado actual de la cuestión energética, aparece una hermosa dedicatoria a sus hijos, Manuel y Julia: «Ojalá un día, cuando estéis cruzando el último puente, este esbozo de mapa pueda ser nuestra disculpa». Nos gusta pensar que su libro, y el nuestro, y otras decenas de obras con las que el ecologismo ibérico del siglo XXI está redefiniendo su campo de acción serán leídos por Manuel y Julia, y también por Adriana y Marcos Lautaro, nuestros hijos, como algo más que una disculpa. Aspiramos a que sean documentos que les permitan evaluar con cariño nuestra vocación hacia la política climática, y la pasión y los desvelos que pusimos en ella.

Que los lean como textos que contribuyeron a que la generación de sus padres soltara algunos lastres, enfocara mejor algunos objetivos, y ganara unas cuantas peleas que resultaron importantes para que su vida fuera un poco más habitable, y un poco más justa, en una España, y un planeta, que terminó calentándose menos de lo que hoy proyectan los modelos climáticos. Una España y un planeta capaces de derrotar al desierto que la civilización de los combustibles fósiles llevaba oculto en su interior, como una bomba climática capaz de arruinar todos los logros de los últimos siglos.

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