Eduardo Ruiz Sosa: "Con las deportaciones, Trump le ha quitado el velo al odio racial y xenófobo"
Cuando Max Aub regresó a España desde México en el verano de 1969 se encontró un país muy diferente al que abandonó a la fuerza en 1939. No eran 30 años los que habían transcurrido sino una distancia temporal mucho mayor: “el tiempo multiplicado por la ausencia”, escribió el intelectual español en La gallina ciega. Esa vuelta imposible al origen está muy presente en El Paisaje es un grito (Candaya, 2026), la tercera novela del escritor Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983). Los migrantes mexicanos también regresan a un lugar que no es el mismo del que se vieron obligados a salir. La violencia inherente a la migración, las deportaciones, el trabajo esclavizado, la muerte, la búsqueda de la identidad perdida… son algunos de los demonios a los que se enfrenta el autor sinaloense en una obra impregnada de lirismo y oralidad, un torrente narrativo de múltiples registros que se superpone sobre la geografía de un territorio caótico y fantasmal. México en estado puro.
Los discursos contra los migrantes constituyen hoy el alimento principal del huevo de la serpiente que se está gestando en medio mundo. En Estados Unidos las políticas coercitivas contra los derechos de los migrantes no son nuevas. Las deportaciones han sido masivas, y cargadas de violencia, tanto en las administraciones demócratas como republicanas. Donald Trump ha ido un paso más lejos en su segundo mandato, no en cuanto al número de deportaciones —similar, todavía, a los tiempos de Barack Obama—, sino en la escenificación de su estrategia: “Lo que ha hecho Trump es quitarle el velo al odio racial y xenófobo. Ése es, quizás, uno de los rasgos más distintivos de este proceso de deportaciones en Estados Unidos”, explica el escritor mexicano en una entrevista con infoLibre.
Ruiz Sosa proviene de ese México profundo donde el narcotráfico se ha hecho dueño de las vidas de sus pobladores. Su infancia y primera juventud transcurrieron entre viajes por carretera desde su Culiacán natal, capital del estado de Sinaloa, a Tijuana. Territorios ganados por un crimen organizado que ejerce su propia violencia sobre los migrantes, los marginados, los excluidos, los antihéroes que pueblan las historias de este escritor afincado en Barcelona desde hace dos décadas y que, a su manera, es también un transterrado, como lo fuera Max Aub.
En El Paisaje es un grito se cuenta la historia de El Baldor, un migrante deportado que emprende un viaje de vuelta en compañía de otros tres personajes, entre ellos un muerto. ¿El drama de los migrantes es otra de las formas que encuentra la violencia en México?
La violencia en torno a la migración empieza desde el origen, desde los lugares donde hay marginación y pobreza, lugares que fuerzan a la gente a huir, a buscarse otro destino. Y lo que encuentran muchas veces es violencia en esos lugares de destino. En Estados Unidos, en Europa, en España o incluso en México, donde los migrantes centroamericanos o sudamericanos no siempre son bien tratados. Todos esos migrantes se topan también con esa otra forma de desplazamiento que es la deportación. Al migrante se le dice que ya no es aceptado y que tiene que irse, en ocasiones ni siquiera a su lugar de origen sino a un tercer país. Es algo diabólico, maquiavélico, como esas leyes de extranjería europeas que van a expulsar a los migrantes a centros de detención de terceros países.
Ese regreso de los migrantes, como los personajes de la novela que deambulan por lugares semidespoblados del desierto y la sierra, constituye en realidad una suerte de viaje imposible.
Sí, la idea era tratar de expresar esa vuelta al origen como algo imposible. Cuando uno se va, piensa que las cosas se mantienen, pero no es así. Podríamos decir que uno se niega a aceptar la pérdida de ese origen mítico que uno va construyendo en la memoria y en la ficción del recuerdo. Y al volver es otra cosa, uno mismo es otra cosa, uno no se da cuenta de lo mucho que ha cambiado hasta que se confronta con que somos otros y con que el lugar también ha cambiado.
La novela aborda la violencia que sufren las víctimas sin caer en el sensacionalismo que impera en muchos relatos y películas sobre el México bronco del narcotráfico.
Para mí el interés no está en el que ejerce la violencia sino en quien la padece y quien termina incorporándola, no por voluntad propia sino porque le es dado de esa manera a su padecimiento cotidiano, y se convierte en algo que está ahí siempre y no se puede borrar. Estoy muy en contra de esa representación romántica del bandido noble con respecto al narco, o a los políticos o policías corruptos, al bandido bueno que protege a la población y mata a sus enemigos porque son más malos que él. Todo esto que Eric Hobsbawm explicaba muy bien —en su libro Bandidos—. Porque más allá de esta idea romántica, aparece también el tratamiento a las víctimas como cuerpos prescindibles, intercambiables, tanto en el sentido físico, biológico, como cultural. No, el romanticismo del criminal no me interesa, pienso más en escuchar a las víctimas, me inclino hacia los subalternos, como decía Carlo Ginzburg, aquellos que aparentemente no transforman nada pero son los que importan.
Son precisamente esos subalternos los que están sufriendo los embates de la Administración Trump. Su política migratoria se caracteriza por la violencia contra los migrantes por parte del ICE.
Es bien absurdo que el loco este de Trump todavía no alcance al que se supone que fue uno de los mejores presidentes que ha tenido Estados Unidos —Barack Obama—, con toda la carga que implicaba ser el primer mandatario afrodescendiente y todo eso. El tratamiento violento hacia los migrantes siempre ha existido. Pensemos en aquel sheriff llamado Joe Arpaio que humillaba a los migrantes. Lo que ha hecho Trump es quitarle el velo al odio racial y xenófobo. Éste es, quizás, uno de los rasgos más distintivos de este proceso de deportaciones en Estados Unidos. Ha habido campañas mediáticas del Gobierno sobre la deportación para presentarla casi como si fuera un deporte nacional que ha involucrado a la sociedad. El proceso de persecución de los migrantes está favoreciendo actitudes que parecen sacadas de otro siglo: por ejemplo, las delaciones de vecinos que denuncian a migrantes por escucharles hablar en español. Por otra parte, el objetivo de las deportaciones ya no se centra sólo en los trabajadores sin papeles de los campos agrícolas, sino que ahora también se persigue a migrantes en las grandes ciudades, a gente que lleva viviendo allí 30 años; es decir, la persecución es también contra aquellos que no tienen una vida alienada como la del migrante explotado, sino que han logrado una situación estable.
Tanto las desapariciones de personas, tema del que trataba su novela anterior, El libro de nuestras ausencias, como el drama de los migrantes son fenómenos atravesados por la violencia que ejerce el narcotráfico. ¿Ha cambiado el enfoque gubernamental contra el crimen organizado bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum?
Creo que hay un cambio. El modo de plantarse delante del asunto cotidiano de la violencia es distinto. No es un problema que vaya a resolver Sheinbaum ni nadie en seis años de gobierno, porque es un problema que no es exclusivamente mexicano. Andrés Manuel López Obrador —predecesor de Sheinbaum— dio un paso importante al demandar al complejo militar de Estados Unidos con respecto al tráfico de armas de ese país a México. Probablemente, la población mexicana se lleva la peor parte del problema, pero no podemos mirar hacia otro lado: hay una demanda de drogas por parte de Estados Unidos y un tráfico de armas hacia México que es lo que mantiene a los carteles armados como verdaderos ejércitos profesionales. Hay una injerencia y una responsabilidad de Estados Unidos que no ha querido aceptar, pero al menos ahora ya se está hablando de ella. Creo también que hay que trabajar desde la educación, y los programas sociales van funcionando, pero es un proceso muy lento.
El sistema de reclutamiento de jóvenes por parte del narco ha cambiado en los últimos años. Hay secuestros masivos de chicos que se convierten en sicarios, en soldados, en punteros del crimen organizado. Antes de ser victimarios, esos jóvenes también son víctimas. Hay que tratar de buscar alternativas desde la educación y la cultura. Pero, insisto, es un proceso lento. Por otra parte, la escalada de violencia que ha habido en Sinaloa en los dos últimos años requiere de un mínimo de presencia del Estado, de un reconocimiento de esa violencia para proporcionar una sensación de no abandono a la ciudadanía, pero sin caer en las barbaridades que hicieron los expresidentes Felipe Calderón —2006-2012— y Enrique Peña Nieto —2012-2018—.
Vivimos una época incierta en la que el discurso antiinmigración se ha convertido en la bandera de la ultraderecha. Se trata de convertir un derecho universal en una suerte de peligro para la sociedad. ¿Por qué cree que ese relato cala incluso en las capas sociales más vulnerables?
Me parece totalmente absurdo el sentido de apropiación del espacio. Puedo entender el sentido de pertenencia, de sentirse vinculado emocional o culturalmente a uno o varios espacios, pero no entiendo el apropiacionismo de los espacios, esos nacionalismos exacerbados. Nadie es dueño de ningún sitio. Todo el mundo vino de algún lugar en algún momento. La humanidad es nómada o seminómada por naturaleza. Estos discursos tan absurdos calan precisamente porque la resistencia educativa y cultural se perdió en su momento. La ultraderecha, como Vox en España, lleva ya tiempo inoculando el miedo al migrante. Y eso brota por todas partes, pese a la explicación contraintuitiva que presenta al migrante como alguien que a la vez nos quita el trabajo y vive de los subsidios. Sería el migrante de Schrödinger, que trabaja y no trabaja al mismo tiempo y vive de subsidios.
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La vida de los migrantes está marcada por la explotación laboral, la violencia del narcotráfico, las identidades mutantes, unas realidades cotidianas que la novela explora como si fueran los monstruos del siglo XXI.
Yo creo que primero hay que nombrar las cosas, y a los monstruos. A mí me pasó algo parecido a lo que le sucede al personaje de El Baldor, un problema burocrático con las actas de nacimiento y los nombres cambiados. Necesitaba hacer un determinado registro y yo no aparecía como hijo de mis padres. Entonces, parece que lo que no tiene nombre, no existe. No tendría que hacer falta el nombre para existir pero así funciona la realidad que se nos ha ido construyendo. Por tanto, para hacerle frente a esos monstruos, a la explotación humana, ecológica, a la violencia, al narcotráfico, hay que nombrarlos primero, acuñar sus nombres, para a partir de ahí construir ese cuerpo del monstruo.
Al escribir el libro, pensaba cuál podría ser el monstruo del siglo XXI. Si los vampiros son, digamos, los monstruos del feudalismo; si los fantasmas son los monstruos del siglo XIX, y los zombis son los monstruos del siglo XX, el ser consumido y la masa que borra al individuo, ¿cuál es el monstruo del siglo XXI? Pensaba en constituir un cuerpo, porque sin ese cuerpo no se le puede oponer resistencia. Y ése es el problema, que todos esos monstruos están presentes y no tienen cuerpo y así es difícil oponerles resistencia. Creo que la cosa empieza por ahí y luego está la necesidad de hacer comunidad para plantarles cara. La forma política y económica del siglo XXI es la atomización, la fragmentación, la competencia de los individuos... Y contra eso está la comunidad organizada, el barrio, la resistencia colectiva.