'Servicio interior': las mujeres que montaron una red clandestina para burlar a Franco y a los nazis
Katixa Agirre narra una historia de espionaje ambientada en la posguerra española y la Segunda Guerra Mundial. La autora toma como punto de partida la llamada Red Álava, una red clandestina que operó en Euskadi y en la que tuvieron un papel fundamental numerosas mujeres.
La autora define la novela como una historia de personas que «al principio no saben que son espías». Las protagonistas de esta historia no se perciben a sí mismas como espías. Desde su punto de vista, simplemente cuidaban de presos, transportaban mensajes o ayudaban a familiares. Actividades consideradas como «trabajo femenino» que acabaron convirtiéndose en tareas fundamentales de inteligencia y resistencia.
La escritora pone el foco en los personajes femeninos y en revisar relatos dominantes desde perspectivas alternativas y reivindicando el papel oculto de las mujeres en redes de resistencia y espionaje. Muchas de estas mujeres actuaban movidas por convicciones políticas y éticas profundas, pero sin buscar reconocimiento heroico. Esa tensión entre vida cotidiana y acción clandestina se convierte en uno de los ejes centrales de la Servicio interior (Tusquets, 2026), novela de la que infoLibre adelanta en exclusiva un fragmento antes de su llegada a las librerías el 9 de septiembre.
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Imaginemos que esto es una película. Explosión de luz violenta. Espejo fascinante del pasado. La caja oscura que devora el mundo y lo regurgita completamente renovado. Si esto fuera una película, estaríamos ahora en una sala acogedora y, en este preciso momento, las luces se apagarían.
Los últimos susurros, los últimos carraspeos.
El calor de un cuerpo extraño muy cerca de nuestro cuerpo.
La respiración contenida.
El temblor de las pestañas.
Ese momento mágico.
Y ahora sí, ahora comenzaría la película.
Pero tal vez esto no sea una película, todas las señales indican que esto no es una película. ¿Qué haces entonces con un libro en las manos si va a empezar una película? ¿Por qué siguen encendidas las luces? ¿Por qué tus ojos resbalan sobre estas pequeñas marcas negras con atención y disciplina? Efectivamente, podemos afirmar con casi total certeza que esto no es una película. Pero hay una cosa segura: esto (aún no sabemos qué tenemos entre manos) merece ser una película, y todos merecemos sentir la emoción fílmica. Así que deseémonos ahora que esto sea, por arte de magia, una película.
Cierra los ojos. Así.
Los párpados son ahora pantalla.
Llegan los últimos susurros, los últimos carraspeos preventivos.
Llega ese momento mágico del que hablábamos.
Y ahora, en esta oscuridad privada, aclaremos algo: aunque todo lo que veremos en imágenes esté basado en hechos reales, nada se volverá real hasta que logremos llevarlo a la pantalla con éxito. Hasta que lo proyectado nos penetre como un rayo.
Necesitamos una pantalla, por tanto, y luego oscuridad. O al revés. Da igual. El caso es que allá vamos.
Ha comenzado el torbellino. Guerra, traición y solidaridad. Noche, niebla y nada. Mujeres, hombres y dictadores. Aventura, desastre y esperanza. Ya hemos atrapado al público. Están dentro. Estamos dentro.
La vida se nos escapa, pero las películas, oh, las películas, estas pueden durar mucho más que nuestras propias vidas. No están condenadas a caer con la misma firmeza que nosotros en el abismo del tiempo. Pueden detenerse ahora —pause— y continuar cuando creamos estar listos —play—.
Podemos retroceder con facilidad, si no hemos entendido alguna escena, para volver a visionarla. Podemos saltarnos esa secuencia demasiado dura, abrazar la elipsis. Además, la película no nos necesita, no nos exige nada. Aunque nos alejemos de la pantalla, seguirá avanzando por su cuenta. Pero en este caso no querremos alejarnos. No podremos. Siempre alerta. Merecemos esta atención.
Y otra vez la magia. Y otra vez esto. Oscuras maniobras. Complicidad y silencio. Telegramas cifrados, papeles arrugados que se guardan en el pecho. Personajes de gran carisma. Una ejecución, demasiadas ejecuciones. El encanto del perdedor, el drama del perdedor.
Es posible —aunque no habitual— ver una película desde el final hasta el principio. Y qué bello es poder hacerlo así. Los ancianos rejuvenecen. Los muertos resucitan. Las balas regresan obedientes al cañón del fusil y los espermatozoides se alejan con desparpajo del imponente óvulo. Las guerras que se perderán ni siquiera llegan a empezarse según va el sol despertándose por el oeste.
Pero vayamos despacio. Mejor si las imágenes se despliegan con parsimonia ante nuestros ojos, explosión de luz, espejo fascinante. ¿Por dónde empezar? Esa es también la ventaja de una película. Poder elegir: desde aquí. Este será el primer plano, y ningún otro. Aunque todo lo que se muestre en esta película haya ocurrido, nada tendrá sentido si no elegimos bien ese plano inicial. Y lo mismo sucede con el final. The End. Das Ende. Fine. Fin . Pero no queremos hablar de eso todavía. Estamos al comienzo, y el final nos es un misterio. Aunque conozcamos la historia, aún tenemos derecho al suspense. Que nadie nos lo arrebate. Porque el suspense, aquí, es sinónimo de esperanza.
Así que allá vamos.
¿Adónde?
Desde esta pantalla oscura a este lugar concreto: Una elegante avenida, en París. ¿No basta con el aire propio de la arquitectura del lugar? Añadiremos entonces un rótulo. El rótulo dirá: París. Y junto al nombre quedará también especificado el año: 1940.
Con eso ya está todo dicho. Con ese lugar y ese año. Está dicho desastre. Hecatombe. Fin del mundo. The End. Das Ende. Fine. Fin. O puesto con otra palabra: guerra. Guerra en toda regla. O quizá no tan plena aún, si estamos a comienzos de 1940 (el rótulo no concreta tanto). A principios de 1940, más que guerra, lo que flota en el aire de París es la promesa de una guerra. La promesa de la mayor, más cruel y más eficaz guerra que la humanidad haya conocido nunca. La guerra aún más grande que llegó tras la gran guerra que, decían, acabaría con todas las guerras.
Pero la guerra aún no ha llegado, todos están a la espera. Y siguen atentos a los acontecimientos.
Mientras tanto: pequeñas interferencias, susurros, emisiones tóxicas de radio, porque Fulanito dice sin embargo, Menganito opina, ¡Zutanito cree, no obstante! Movimientos ininteligibles de soldados. Palabras que cambian de significado sin previo aviso pero aparente consenso. Ciudadanas, obreros, amas de casa, vendedores de periódicos, abogados, monjas, chóferes, pescadores, panaderas, zapateros, diputados, oficinistas, estudiantes y campesinas que, aunque tiemblan cada noche al acostarse, durante el día actúan como si nada pasara. Pero poco más, de momento. De este lado de la guerra, desde septiembre de 1939 no ha pasado nada. Se oyen truenos de una tormenta lejana, y en todas partes el bombardeo de propaganda histérica. Todavía lo llaman drôle de guerre, guerra de broma. Ja-ja-ja.
Luego, en seis semanas, todo ha pasado. Tan rápido que parece, efectivamente, una broma. La bestia ha irrumpido hacia el oeste. Han caído los Países Bajos. Han borrado del mapa, por ejemplo, la ciudad de Róterdam, con esos aviones infernales que tan bien aprendieron a matar en la guerra de España. Han caído Luxemburgo, Bélgica, y al fin la bestia ha llegado a su verdadero destino, a la casa del enemigo ancestral: Francia. Ha caído París, el rayo le ha golpeado de lleno. Era inimaginable, y sin embargo ha ocurrido. Porque incluso lo inimaginable puede ocurrir, sobre todo a partir de ahora.
La broma se ha acabado . En seis semanas . Es 14 de junio, viernes, y París se llena de alemanes .
Manuel Irujo —nacionalista vasco, ministro de la República, exiliado en Londres desde aquella otra guerra— le escribe lo siguiente a Manu de la Sota —nacionalista vasco, dandy letraherido, mecenas adinerado—: «La catástrofe se ha producido. Dios así lo ha querido. Hágase su voluntad».
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Termina la primavera y comienza la ocupación.
Trescientos mil soldados han escapado de Dunkerque, se han echado al mar con desesperación. Diez millones de personas —quizá doce, quién sabe— han intentado huir hacia el sur: a pie, en carros, coches, camiones o, mejor, bicicletas, el medio más eficaz para serpentear en esas carreteras bloqueadas. Hacia el sur, siempre hacia el sur. Las carreteras de Francia se han empapado de sangre, zapatos, niños perdidos y desaliento. El pueblo francés es un coágulo bloqueando las carreteras de Francia. Desde el cielo, los stukas los persiguen bombardeando todo lo que pueden. Porque la bestia quiere más. La bestia lo quiere todo, hasta el último aliento de vida. Incluso a los que logren embarcar intentará destruirlos, con submarinos al acecho, buscando siempre la explosión certera. La tierra patas arriba, las entrañas al descubierto, hierve el mar, alquitrán y sangre podrida.
De Gaulle en Londres, y Pétain dice trabajo, familia y patria. C’est fini. Esto es París ahora: esvásticas en los edificios oficiales, policía extranjera bien vestida despatarrándose en sillones de todos los hoteles de lujo. Ha llegado Hitler, Heil Hitler. Ha completado un tour de tres horas por la ciudad de la luz, comenzando su rápido recorrido en la ópera Garnier y terminando en el Trocadero con un selfie para la historia. Tres horas en París, su primera visita en la vida, y también la última, realizada de madrugada, al alba, en una ciudad que no mira, una ciudad despoblada, una ciudad abierta, quizá demasiado abierta Esto sucede en junio. Termina la primavera y llega Hitler, Heil Hitler.