En el norte de Francia, turistas en la playa, migrantes embarcando y la extrema derecha al acecho
Miércoles, 29 de julio, a las 7 de la mañana. Protección Civil, única asociación autorizada por la prefectura, atraviesa a toda prisa la localidad costera de Wimereux. En La Pointe aux Oies, un grupo de unos 30 exiliados lleva cuatro horas en el agua. Hay hombres, mujeres y niños.
En un aparcamiento, a toda prisa, los rescatistas atienden a los supervivientes. Se monta una carpa y se les da ropa. Los bomberos habían rescatado un poco antes a cuatro niños en estado de hipotermia. Utopia 56 y el colectivo ciudadano "Alors on aide” (Entonces, ayudamos), organizaciones que prestan ayuda a los exiliados, también están allí para asistir a los náufragos.
La escena es habitual en la Costa de Ópalo. Últimamente, las travesías de migrantes hacia Inglaterra se realizan cada vez más al sur de Calais para evitar los controles.
Una de las familias, cuya hija de 14 años tiene una discapacidad y no puede caminar por la arena —su padre tiene que llevarla a hombros y luego subirla al barco—, afirma que este es su decimotercer intento de travesía. Ha sido acogida varias noches por una red de personas solidarias que ofrecen alojamiento. El servicio 115 de aquí no admite a personas en situación irregular, tal y como reveló Mediapart. Esta familia kuwaití, cuya madre está embarazada de cuatro meses, será trasladada esta vez a un hotel por decisión de la prefectura. El resto del grupo vuelve a la carretera, al vagabundeo.
A la espera del "taxi lancha”
Al mismo tiempo, a unos treinta kilómetros más al sur, en Hardelot, un grupo de unos sesenta exiliados se encuentra bloqueado por la gendarmería entre las dunas. Adultos y niños esperan bajo el sol, con los chalecos salvavidas puestos. Aprovechando los días soleados y con la esperanza de que el mar esté en calma, muchas familias intentan la travesía. El acuerdo franco-británico denominado one in, one out, renovado en junio, no cambia nada. Esperan su “taxi lancha”, esas embarcaciones ligeras que parten de la bahía del Somme y recorren la costa para recoger a sus pasajeros directamente en el agua, para luego poner rumbo a Inglaterra.
Cuatro voluntarias de la asociación local Opal’Exil les ofrecen ayuda. Los gendarmes les permiten que instalen sus mesas plegables en la arena, a los pies de los edificios turísticos. Pan, leche, compota, mermelada y agua. Se atiende primero a los niños, por decenas. Los turistas, en bañador, observan la escena, atónitos. Varios llevan discretamente botellas de agua a las voluntarias.
Se acercan más migrantes. Ellos también esperan un “taxi lancha” y acaban de pasar varios días en los bosques de los alrededores, lejos de los campamentos de Calais y Dunkerque, a la espera de una ventana meteorológica favorable.
Brigitte, una voluntaria de 67 años, cura las heridas de un afgano a la sombra de los edificios. “Esta gente está destrozada. Les falta de todo y lo pasan mal. Estamos aquí porque no se hace nada por ellos. Ni siquiera se cubren las necesidades básicas, como beber, comer o que les cambien la ropa cuando se han caído al agua”.
Unos minutos más tarde, este miércoles, unas cien personas se adentran en el agua. Llega la lancha neumática y recoge a sus pasajeros en medio del tumulto, donde cada uno se juega la vida. No todos llevan chaleco salvavidas. Un hombre casi se ahoga y vuelve a la orilla con el torso desnudo sobre la arena. Reza. Los servicios de rescate marítimo recogen a las personas que no han podido subir a la embarcación.
A bordo de esa pequeña lancha, una mujer grita. Sus gritos son desgarradores. No ha podido irse, pero sus hijos están en el barco que zarpa hacia Inglaterra, solos. Los voluntarios de Opal’Exil se acercan e intentan tranquilizarla. Los servicios de rescate intentarán alcanzar el barco y rescatar a sus hijos. Poco después son llevados de vuelta a tierra varios adolescentes y niños, pero no son los suyos. La escena es una mezcla de turistas, gendarmes y fotógrafos.
Cien metros más allá, el bote se detiene. Avería en el motor. A diez metros de la orilla, los exiliados esperan a que el motor vuelva a arrancar. Los fotógrafos se acercan. Chris Philp, diputado conservador británico, se graba con el agua hasta las rodillas, de cara a la cámara, con los exiliados a sus espaldas. Se arregla un poco el pelo y comenta para sus seguidores: “Mirad, estos migrantes ilegales van a llegar a nuestro país y la policía francesa no hace nada”.
Al ser preguntados por Mediapart, los gendarmes explican que no intervienen “en cuanto la embarcación flota”. “Ya no es de nuestra competencia. Depende de la prefectura marítima. No detenemos las embarcaciones cuando están en el agua.”
En la playa, turistas y la extrema derecha británica
En el agua, otros videógrafos, algunos de extrema derecha, profieren comentarios xenófobos, se acercan a la embarcación y les hacen preguntas. Los exiliados se dan cuenta de la trampa, les gritan que se vayan y les lanzan un chaleco salvavidas. El ambiente se caldea. Los gendarmes, que tienen órdenes de permanecer en tierra firme, dan órdenes en inglés para pedir calma. Las asociaciones presentes (las cuatro mujeres de Opal’Exil y tres voluntarios de Utopía 56) se meten en el agua y, sin violencia, interponen sus cuerpos delante de las cámaras.
Desde hace varios meses es frecuente ver la presencia de activistas de extrema derecha antiinmigración en territorio francés. En ocasiones, esto va acompañado de actos de violencia contra los exiliados. La técnica es sencilla: provocar y grabar sus reacciones para generar revuelo. El 23 de julio, por ejemplo, un influencer inglés, “The Nowhere Photographer”, grabó a escondidas a unos voluntarios que repartían víveres a los náufragos. En sus vídeos, grabados en un tono belicoso, acusa a las asociaciones de ayudar a los migrantes, de lo que estas se defienden.
Treinta minutos más tarde, tras detenerse frente a las dunas de Hardelot, mientras los ánimos se caldeaban en la playa, la embarcación zarpó de nuevo entre los gritos de alegría de los exiliados. Mientras tanto, la madre había logrado subir a bordo para reunirse con sus hijos. Unas horas más tarde, su embarcación llegaría sin incidentes a la costa, escoltada por la Armada francesa hasta aguas británicas.
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Brigitte, Cindy, Nathalie y Émilie, de Opal’Exil, recogen sus mesas. Hay abrigos y mochilas esparcidos por el suelo. Recogen una parte para sus futuras rondas y limpian la basura. A continuación, se marchan en sus coches cargados de víveres y ropa seca para reunirse con otro grupo de 90 personas, sin agua ni comida, en las dunas de Sainte-Cécile, a 12 kilómetros al sur.
Más tarde, en esa misma playa de Hardelot, durante la noche, un hombre murió al intentar subir a bordo de otro “taxi lancha”. Al día siguiente, jueves 30 de julio, se descubrieron otros tres cadáveres de exiliados en Dunkerque.
Traducción de Miguel López