El terror en forma de barro y hielo invade Nepal
Era una mañana soleada, poco antes de las 9, cuando un bloque de roca y hielo se desprendió al norte del macizo del Langtang Lirung, a 5.200 metros de altitud, y se estrelló 1.200 metros más abajo en el río Lhende Khola. Este río marca una de las fronteras naturales entre Nepal y el Tíbet, bajo control chino desde 1950. El impacto fue equivalente a un seísmo de magnitud 5,2 en la escala de Richter. Tras quedar bloqueada durante unos minutos, la corriente de millones de metros cúbicos de sedimentos, rocas y restos vegetales se precipitó a 150 km/h por los afluentes del Bhote Koshi y del Trishuli.
Presas y centrales solares, casas y puentes, torres de alta tensión y carreteras, árboles y mercados, autobuses escolares y excavadoras: se lo llevó todo, nada resistió. “Este suceso es espantoso”, afirma Rahul Basu, director de la ONG medioambiental Goa Foundation. “Se trata del derrumbe repentino de la desembocadura de un glaciar y de la ladera de una montaña, probablemente saturada de agua, lo que provocó la licuefacción del terreno y un deslizamiento aguas abajo”.
Un vídeo, que ha dado la vuelta al mundo, muestra el puesto fronterizo de Gyirong —el equivalente tibetano del puesto fronterizo nepalí de Rasuwa Gadhi-Kerung— como la primera infraestructura engullida por el furioso estruendo del torrente de lodo. La información, filtrada por Pekín, confirman siete fallecidos, y la mayoría de los 554 desaparecidos son excursionistas, así como peregrinos extranjeros.
En el lado nepalí, la Cruz Roja ha contabilizado más de 100.000 personas afectadas. Supervivientes aturdidos cuentan ante las cámaras que subieron a toda prisa por el bosque, encontraron refugio en túneles en construcción o se aferraron a las paredes rocosas y a los troncos de los mangos.
Al acercarse la luna llena de agosto, había largas colas de excursionistas recorriendo los senderos que rodean el Everest. Gracias a los guías locales, los grupos de fieles hindúes, budistas y jainistas realizaban este viaje de su vida, similar a la peregrinación a La Meca de los musulmanes. Su destino sagrado es el lago Manasarovar y el monte Kailash, morada de la pareja divina Shiva y Parvati. Muchos nunca regresaron.
Todos los accesos y vías de comunicación están cortados a lo largo de decenas de kilómetros: solo se puede llegar en helicóptero a la zona del desastre. Syabrubesi y Timure, pueblos de paso en la ruta comercial que une la capital, Katmandú, con la frontera tibetana, han quedado arrasados. En los distritos de Rasuwa y Nuwakot han desaparecido las localidades de Trishuli, Dewighat y Betrawati, al igual que muchas otras aldeas.
Arjun Poudel, periodista del Kathmandu Post y originario de un pueblo de la región, recuerda el bazar de Betrawati y la parada de autobús donde sus padres solían esperarle. Con sus templos dedicados a Ram y Krishna, cuenta que a las fiestas de este pueblo tradicional newar venía mucha gente de lejos. Cuando por fin consiguió ponerse en contacto con una cuñada, ella le respondió que “ya no quedaba nada y casi nadie”.
El reportero, de 44 años, no quiere creerlo. “Sole y Tupche se encuentran a 100 metros del lecho del río. Nunca, desde que hay memoria —desde hace siglos, al menos por lo que sabemos—, una crecida había alcanzado tal nivel, y nunca he visto que el río nos arrastrara. Allí tengo primos, vecinos, amigos de la infancia. Todos aquellos a quienes he querido, aparte de mi propia familia, son de allí”.
El papel del calentamiento global
Las violentas avalanchas, a veces acompañadas de roturas de lagos glaciares, han venido remodelando el Himalaya, según se ha documentado durante décadas. Rahul Basu compara más bien lo que ocurrió el pasado miércoles con el tsunami excepcionalmente letal en el que perdieron la vida un cuarto de millón de personas en la costa asiática en diciembre de 2004: “Con el calentamiento global y el deshielo del permafrost —el suelo que permanece congelado permanentemente—,todos estos fenómenos se intensificarán. La mayoría de ellos comienzan en altitud y crean torrentes gigantescos, similares a tsunamis, en valles fluviales estrechos y escarpados, sin ningún tipo de aviso previo.”
En todo el Himalaya, las infraestructuras y edificios construidos a toda prisa en las laderas de las montañas, a lo largo de los cursos de agua, amplifican el grave balance humano. La cordillera del Himalaya, más joven y más dinámica que los Alpes, se formó a raíz del pliegue provocado por el hundimiento continuo de la placa tectónica india bajo la placa euroasiática. Los sismólogos advierten de que esta energía acumulada no se ha liberado desde hace cientos de años, y que un potente terremoto pondría en peligro tanto a las comunidades de montaña como a las superpobladas megaciudades de Delhi, Daca, Lahore o incluso Kabul.
Con el calentamiento global y el deshielo del permafrost —el suelo que permanece congelado permanentemente—, todos estos fenómenos se intensificarán
El doble terremoto que devastó el centro de Nepal en la primavera de 2015 dejó grabada esta angustia en la mente de todos. Perdieron la vida al menos 9.000 personas, entre ellas 300 residentes y viajeros sepultados bajo una avalancha de escombros cuando una parte del macizo de Langtang se derrumbó, esta vez por su vertiente sur. Este mismo valle ya se vio azotado por graves inundaciones el año pasado y recibió el golpe de gracia en la reciente catástrofe. Nada más cesar las réplicas, hace una década, varias empresas, principalmente chinas, se propusieron el reto de transformar este terreno hostil en un cruce fronterizo.
Mediapart había documentado (ver aquí) la laboriosa reconstrucción de Langtang, reflejo del desarrollo a marchas forzadas en el país de las nieves. Desde la década de 1960, Pekín busca explotar todos los recursos tibetanos mediante la construcción de presas, minas y centrales geotérmicas, así como la construcción de carreteras y vías férreas.
La guerra del agua
La economía nepalí se basa ahora en gran medida en la exportación de la electricidad producida por sus ríos. Al igual que Bután, estas tierras enclavadas quieren sacar partido de su posición estratégica entre la India y China. Sus grandes vecinos rivales han construido, anunciado o planificado más de 400 proyectos hidroeléctricos en el Himalaya.
El Himalaya constituye la principal fuente de los sistemas fluviales del continente. Este “depósito de agua de Asia” alimenta el Indo, el Ganges, el Brahmaputra, el Yangtsé y el Mekong. Más de dos mil millones de personas en ocho países dependen de él para el riego agrícola y la producción de energía.
“El Himalaya, junto con la meseta tibetana, se considera el tercer polo del planeta —junto con el Ártico y la Antártida—. Este calentamiento hace presagiar, a largo plazo, la desaparición de numerosos glaciares, con consecuencias para la disponibilidad de agua río abajo”, advierte Rahul Basu.
En julio de 2025, Pekín inició oficialmente la construcción de la megapresa de Medog, en el cañón del río tibetano Yarlung Tsangpo, rebautizado como Brahmaputra a su entrada en la India y, posteriormente, como Jamuna en Bangladés. Se prevé que este complejo proporcione una capacidad eléctrica tres veces superior a la de la presa de las Tres Gargantas. El proyecto, que está llamado a convertirse en el mayor del mundo, se encuentra además sobre una falla sísmica activa. La India y Bangladés, azotadas por inundaciones o sequías cada vez más intensas según las estaciones, temen que China ejerza un control efectivo sobre todas estas fuentes de agua.
En este contexto, en el que los recursos quedan acaparados en embalses que asfixian la flora y la fauna, o se evaporan en esta región que se calienta más rápido que en cualquier otro lugar, están surgiendo además centros de datos en Tailandia, China y la India que consumen muchísima agua. Paralelamente a las guerras del petróleo, se libra la carrera por el oro azul.
Nepal, un país cubierto en su mitad por bosques, cuyos 30 millones de habitantes producen apenas el 0,1 % del total mundial de emisiones de gases de efecto invernadero, es, sin embargo, uno de los países más vulnerables al caos climático y al gran juego de los imperios. Las imágenes de satélite que muestran la formación gradual de otros dos lagos glaciares a punto de desbordarse en el Langtang ponen de relieve la necesidad acuciante de una cartografía de las zonas de riesgo y de un sistema de alerta transparente y transnacional.
Nepal, un país que apenas produce el 0,1 % del total mundial de emisiones de gases de efecto invernadero, es, sin embargo, uno de los países más vulnerables al caos climático y al gran juego de los imperios.
Más de 800 muertos y 3.000 desaparecidos, nuevo balance de la fatal riada en Nepal
Ver más
La tragedia podría obligar a los pueblos a reubicarse en las mesetas, a lo largo de las crestas, como era costumbre hace tan solo dos generaciones. Quienes lo han perdido todo podrían engrosar las filas de jornaleros en alguna de las innumerables obras del Himalaya que hacen vibrar las montañas sin cesar.
Tres días después de la catástrofe, la mayoría de los escasos cadáveres trasladados al depósito de cadáveres del hospital de Katmandú están demasiado desfigurados para que las familias puedan identificarlos. Otras víctimas aparecen flotando a 400 kilómetros al sur, en territorio indio. Zakir Kibria, analista bangladesí afincado en Katmandú, escribe: “Los nepalíes del Khumbu y los bangladesíes de Barisal ven cómo suben esas mismas aguas. Hemos pasado siglos trazando líneas en mapas, construyendo naciones de papel y orgullo. Pero el ciclo del agua es el gran igualador del planeta. Vasudhaiva Kutumbakam (el mundo es una única familia). Ahora todos estamos río abajo”.
Traducción de Miguel López