Cómo conseguir territorios más resistentes a los incendios (que vendrán) Cristina Monge
En mis años como director de instituto, cuando me reunía con las familias en momentos especiales, como el inicio o final de curso, suelo decir que la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos es que estén ahí. Que estén en reuniones como esa, al pie, constantes y vigilantes ante el viaje que queda por delante.
La figura del padre ha sido, desde los albores de la literatura occidental, esa especie de brújula moral que necesitan los más pequeños; un punto de luz que acompaña a quien siempre fue el sostén de la crianza, la madre, y, a menudo, una ausencia que organiza el relato y le da cierto sentido trágico.
En La Odisea, la embriagadora última película de Nolan, esa presencia (o ausencia) unas veces es tenue y otras desbordante. A muchos, el relato nos suena a nuestra infancia. Este eje emocional sostiene la película y la proyecta hacia una reflexión amplia sobre lo que realmente heredamos de nuestros progenitores: qué significa ser padre en un mundo que parece haber olvidado la importancia de la transmisión, del sentido, los hechos y las palabra que pasan de una generación a otra.
La historia del cine reciente ha tendido a desplazar la figura paterna hacia los márgenes, a convertirla en un símbolo de conflicto o en un mero dispositivo narrativo. Ya en ocasiones se nos ha mostrado como un mito hiperbólico; lo vimos, por ejemplo, en la espléndida Big Fish, de Tim Burton.
El padre sobre el que cantaba Homero es también un mito, una narración exagerada. Su función es literaria, no real: es un relato que el hijo debe descifrar para comprender su identidad. Nolan hereda de las historias de los aedos griegos algo esencial: el padre como viajero, como guardián del relato, como quien sostiene el hilo que permite a los hijos orientarse en un mundo que se desmorona. Ulises no es solo el héroe que regresa; es el padre que lucha por recuperar el lugar que su ausencia (buscada o provocada) ha erosionado.
En La Odisea de Nolan, el viaje del protagonista es también un viaje hacia la paternidad entendida como responsabilidad narrativa, social y cultural: ser padre es contar, es transmitir, es dejar un mapa. Y ese gesto se sigue oyendo cada vez que en las aulas se recuperan estas historias legendarias, a través de asignaturas desplazadas ante el empuje de la tecnología o el emprendimiento. Ocurre con Literatura Universal, Latín o Griego.
La escuela, que debería ser el espacio donde los jóvenes se hacen las grandes preguntas de la humanidad, se ha convertido en demasiadas ocasiones en un territorio donde lo urgente devora lo importante. La desaparición progresiva del mundo clásico es una amputación simbólica. Sin esos relatos fundacionales, sin esos padres literarios que nos enseñaron a nombrar el mundo, los estudiantes quedan abandonados, como el Telémaco del relato homérico.
En un tiempo en que la educación parece obsesionada con lo útil, conviene recordar que lo verdaderamente útil es aquello que nos permite comprender quiénes somos
La película de Nolan, sin pretenderlo, nos recuerda que la ausencia del padre no es solo un drama íntimo de heridas sociales. Cuando falta un padre, el viaje vital se vuelve incierto. La adolescencia, que ya es de por sí una travesía turbulenta, necesita referentes que no siempre encuentra. Y aquí la literatura, incluso en su estado residual, sigue dándonos mensajes.
La literatura es, en esencia, una conversación entre padres e hijos. Cada texto clásico es un padre que habla, que advierte, que acompaña. Cuando enseñamos La Odisea, Edipo Rey, La Eneida o Hamlet, no estamos transmitiendo contenidos: estamos ofreciendo modelos de conflicto, duda, identidad, pérdida y reconciliación. Estamos dando a los jóvenes palabras para nombrar lo que sienten y mapas para orientarse.
En La Odisea de Nolan el protagonista se enfrenta a un mundo que se desmorona, pero su brújula es la relación con su hijo. Esa relación dota de sentido a su travesía. En la escuela ocurre algo similar: cuando un alumno encuentra una figura adulta que le acompaña —un padre, una madre, un docente que protege—, su viaje se transforma. La presencia adulta no garantiza el éxito, pero sí la posibilidad de construir un relato propio.
Ver la película también me ha invitado a reflexionar sobre la distancia. El padre que se aleja para proteger, para buscar un futuro, para sostener la vida, es un arquetipo que la literatura ha explorado desde hace milenios. Pero hoy, en un mundo hiperconectado y paradójicamente desatento, la distancia adopta nuevas formas: padres ausentes por exceso de trabajo, por precariedad, por desconcierto, por miedo. Padres que abandonan a los hijos a su suerte. La escuela recibe a esos huérfanos que buscan un lugar donde anclar su identidad.
Aquí la literatura vuelve a ser esencial. Aunque el sistema educativo la relegue, su capacidad de ofrecer sentido permanece intacta. La literatura es el padre que nunca falta, el que siempre está disponible, el que habla desde décadas de distancia y aun así nos comprende. El padre que siempre quisimos.
Quizá por eso La Odisea de Nolan no deje a nadie indiferente: nos recuerda que el viaje del padre es también el del hijo, y que ambos necesitan encontrarse en nuevas historias. En un tiempo en que la educación parece obsesionada con lo útil, conviene recordar que lo verdaderamente útil es aquello que nos permite comprender quiénes somos.
La película nos devuelve a la raíz: sin relato no hay identidad; sin padre (real o literario) no hay brújula; sin leyendas no hay futuro. En la escuela, donde cada alumno emprende su odisea, la literatura sigue como esa herencia del padre: un faro que ilumina el camino, incluso cuando todos insisten en apagarlo.
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Albano de Alonso Paz es catedrático de Lengua y Literatura, profesor y Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.
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