Mires pande mires to es mortífero

Me lo dijo hace cincuenta años por lo menos el viejo anarquista tío Bulla. Creo que aquí mismo lo he contado alguna vez. Le gustaban las frases rimbombantes. Cualquier anécdota la convertía en una sentencia de conclusión inapelable. Cuando llegaba a casa, con la mula enganchada al carro, le decía a su mujer: “Carmen, cuando entre en casa con el vehículo rodante, aparta por favor todos los objetos que surjan a su paso”. Y cosas así. Hará medio siglo, o casi medio siglo, me lo dijo: “Mires pande mires to es mortífero”. Como si fuera ahora mismo. Un visionario, el viejo tío Bulla. Esa sabiduría de quienes nunca han pisado una escuela, pero han hecho de la vida un auténtico master que para sí quisieran algunos sinvergüenzas que andan por ahí presumiendo de lo que no tienen ni tendrán en su vida: cultura y decencia.

Lo que ayer era noticia, será mañana carne de hemeroteca. Lo que está pasando ya es ayer. El famoso eslogan “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” está ahora más vigente que nunca. Mañana ya no quedarán ni los restos. La maldita pandemia ha dejado de ser maldita, como lo fueron y siguen siendo los paseos borrachos de Baudelaire, las sentadas que se pegaba en los cafés de París esa escritora injustamente olvidada que fue Jean Rhys o aquella otra que se llamó —aunque lo sepa poca gente— Unica Zürn y se había empeñado en que las ventanas eran para atravesarlas y estamparse contra el empedrado de la calle. El malditismo de algo o de alguien dura hasta que se convierte en noticia colectiva. La pandemia maldita ha perdido la mascarilla pero ha llenado de millones de euros los bolsillos de dos chorizos que se ríen de la justicia como se ríen de los muertos que fueron cayendo mientras ellos hacían el negocio de sus vidas. Pero es que un rato antes de ese choriceo surgía como noticia el del hermano de Díaz Ayuso y sus trapicheos para comprar mascarillas con cargo al gobierno autonómico. Un trapicheo que llenó sus bolsillos como después —también con las mascarillas y los test de antígenos como protagonistas— harían los colegas Luis Medina y Alberto Luceño a través de un primo del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Hermanos, primos… aquí todo va de familias, como si estuviésemos en las montañas de Sicilia rodando la enésima parte de El padrino: el hermano de la presidenta, el primo del alcalde, los amigos del hermano y del primo… Y por si faltaba algo para redondear la sentencia del tío Bulla va y llega la guerra de Ucrania. ¿Hay quién dé más? Esto parece el juego de un casino. Y como en ese juego, hay un claro resultado: siempre gana la banca.

Hermanos, primos… aquí todo va de familias, como si estuviésemos en las montañas de Sicilia rodando la enésima parte de 'El padrino': el hermano de la presidenta, el primo del alcalde, los amigos del hermano y del primo…

Pero hay aún una novedad importante que podemos añadir a ese panorama desolador: las elecciones presidenciales francesas. A mí me cogió allí ese domingo y los días que vinieron luego. La desolación era absoluta. El dilema viene ahora: qué votar entre la derecha y la extrema derecha en la segunda vuelta. Años ya que lleva la izquierda debatiéndose en esa duda existencial. No es el mismo caso, claro, pero ¿se imaginan ustedes —si son de izquierdas— teniendo que elegir entre el PP y Vox? Pues eso. Los resultados franceses han pasado la frontera y aquí ha vuelto el protagonismo de la extrema derecha. Nunca lo había perdido, pero ahora ha tomado más fuerza: cuando las barbas de tu vecino veas afeitar… pues eso. Me hace gracia —una gracia más triste que la noble sonrisa de un payaso— que nos rasguemos las vestiduras aludiendo a la amenaza que supone Vox para la democracia en nuestro país. Pero si la democracia —hablo de la nuestra, de nuestra democracia— ha venido engordando a Vox desde hace la tira de tiempo. Casi nadie la llamaba extrema derecha. Mucho menos, fascista. Se la llamaba derecha extrema. El lenguaje es importante. Blanquea el horror demasiadas veces. Ahora ya se habla de extrema derecha claramente. Algo avanzamos. Bueno, Feijóo no, el nuevo líder del PP la sigue llamando como lo que son Vox y el PP: amigos para siempre, como cantaban Los Manolos. Muchos medios de comunicación son de esa cuerda. Casi todos. Estamos en pleno apocalipsis, dicen sus voceros. España necesita quién la salve. La patria está en peligro. Los que salvaron a la patria de caer en las garras de la Segunda República la volverán a salvar para que el gobierno socialcomunista no la deje hecha unos zorros. Ojalá esos salvadores hicieran algo para salvarnos de los primos y hermanos que se llenan los bolsillos de euros y de muertos y se ríen a carcajada limpia de una justicia que saben de su parte.

Es casi imposible asimilar todo a la vez lo que nos pasa. Las noticias se amontonan y resulta difícil gestionarlas con una mínima lucidez para que la que ayer era importante lo siga siendo un minuto más tarde. No damos abasto para que lo malo de ayer no se convierta en olvido al día siguiente. ¿Qué pasa con el rey emérito huido de la justicia?, por ejemplo. Lo último que sabemos es que volverá a España sin problemas cuando quiera y que su familia lo ha visitado amorosamente en sus dominios de Abu Dabi. Al final es como si todo fuera una burbuja en que se disuelve sin dejar rastro lo que nos convertía el sueño en una pesadilla insoportable. Al final es como si no hubiera nada que no podamos soportar. Aguantamos lo que nos echen. Nos tragamos los sables del mago que confunde cínicamente la realidad con el ilusionismo. La sensación —que es ya más que una sensación— de que a los malvados nunca les pasa nada nos lleva a las puertas del fascismo: alguien vendrá que arregle tanto despropósito. Es entonces cuando los mismos pirómanos que incendian todos los días la esperanza democrática surgen con sus mangueras para apagar el fuego. En España está pasando con el PP y Vox. En Francia, Macron ha engordado igualmente a la extrema derecha. Y no sólo con sus políticas neoliberales para robarle votos a esa extrema derecha, sino piropeando sin rubor a Marine Le Pen públicamente sin que se le moviera una ceja. Aquí los chorizos seguirán a sus anchas. Dudo que la justicia vaya a por ellos. Entre los chorizos y una buena parte de la justicia: amigos para siempre.

Mires pande mires to es mortífero. Cuando veo lo que está pasando con la guerra en Ucrania, me vienen a la cabeza los versos de Carmen Castellote, poeta tan inmensa como desconocida, niña del exilio en Rusia y ahora en México con sus noventa años llenos de vidas. Llegará un día no muy lejano en que esa guerra, con tanto dolor acumulado desde hace dos meses, será —ya casi lo está siendo— uno más de los múltiples episodios que nos llenan de desasosiego. Entre hermanos, primos, políticos chorizos, medios surgidos de las cloacas y jueces de su cuerda, la guerra se irá domesticando en nuestras conciencias. Aquí los versos implacables de Carmen Castellote que antes les contaba: “Ya nadie habla de la guerra, / ¿Qué hago con los muertos?”. Con los muertos y con los vivos, Carmen. También con los vivos…

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro es Algo personal (Piel de Zapa, 2021).

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