Tienes que mirar Aroa Moreno Durán
Durante años, las primarias se presentaron como la gran promesa de regeneración democrática en España. Un mecanismo moderno, abierto, capaz de conectar a los partidos con su militancia y de oxigenar estructuras que muchos consideraban envejecidas. Sin embargo, la experiencia acumulada —y especialmente la del PSOE— obliga a revisar críticamente ese entusiasmo inicial. Lo que nació como un instrumento para ampliar la participación ha terminado, en demasiadas ocasiones, reforzando liderazgos personalistas, debilitando los contrapesos internos y erosionando la pluralidad que históricamente había caracterizado a los grandes partidos de gobierno.
La paradoja es evidente, las primarias, concebidas para democratizar, han contribuido a concentrar el poder. Y lo han hecho en un contexto donde los partidos no son organizaciones privadas, sino instituciones reconocidas por la Constitución de 1978 como pilares de la participación política. Cuando su equilibrio interno se rompe, no solo se resiente la vida orgánica, se resiente el propio sistema democrático.
El relato inicial de las primarias es tentador. La militancia decide. Las bases recuperan protagonismo. Se rompe la lógica de las baronías y se abre paso una nueva cultura política. Pero ese relato, tan atractivo como simplificador, ha ocultado una realidad menos luminosa: para que unas primarias funcionen como un mecanismo democrático real necesitan una maquinaria interna capaz de garantizar igualdad de oportunidades, neutralidad institucional y transparencia. Y eso, en la práctica, rara vez ocurre. Las primarias entre Almunia y Borrell en 1998, que ganó Borrell con el 55% de los votos, fueron un espejismo, pues el aparato del partido se encargó de eliminar a Borrell, con la ayuda, nada despreciable, de algún medio de comunicación.
En el PSOE, las primarias han servido para legitimar liderazgos fuertes, pero no para fortalecer la deliberación interna. La militancia vota, sí, pero lo hace en un ecosistema donde el control de los recursos, la visibilidad mediática y la capacidad de influencia del aparato inclinan la balanza desde el primer momento. La competición es desigual por diseño. Y cuando la desigualdad se normaliza, la participación deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en un ritual de confirmación.
El PSOE fue durante décadas un partido de equilibrios, territoriales, ideológicos, generacionales. Esa arquitectura interna, con todos sus defectos, garantizaba una cierta pluralidad y obligaba a los liderazgos a negociar, pactar y convivir con sensibilidades diversas. Era, en términos republicanos, un sistema de contrapesos.
Las primarias han alterado ese ecosistema. El líder elegido directamente por la militancia emerge con una legitimidad incontestable, superior incluso a la de los órganos del partido. Y esa legitimidad, lejos de fomentar la deliberación, tiende a neutralizarla. El debate interno se interpreta como deslealtad. Las corrientes se diluyen. Los órganos intermedios pierden capacidad de influencia. El partido se reconfigura alrededor de una figura central, no de un proyecto colectivo.
Este desplazamiento no es menor. Supone pasar de un modelo republicano, basado en la pluralidad y la negociación, a un modelo cesarista, donde el liderazgo se ejerce de forma vertical y sin contrapesos efectivos. Y ese cesarismo, aunque se vista de participación, termina empobreciendo el discurso político y alejando al partido de sectores sociales que antes se sentían representados, jóvenes, trabajadores precarios, personas con dificultades económicas. La identidad se difumina porque ya no se construye desde la diversidad interna, sino desde la centralidad del líder.
Las primarias generan una ilusión poderosa en que la militancia decide. Pero esa ilusión se desvanece cuando se observa quién controla los tiempos, los recursos, los mensajes y las estructuras. La competición se convierte en un plebiscito sobre una figura, no en un debate sobre un proyecto. Y cuando la política se reduce a una disputa personal, el programa se vuelve accesorio.
Además, la apertura formal del proceso facilita la entrada de actores externos, económicos, mediáticos, territoriales, que ven en las primarias una oportunidad para influir en la orientación del partido. Estos grupos de presión suelen alinearse con el candidato que ofrece mayor estabilidad a sus intereses, no necesariamente con el que mejor representa a la militancia. El resultado es un liderazgo reforzado por apoyos que no siempre responden al interés general del partido ni de las personas.
Para que unas primarias funcionen como un mecanismo democrático real, necesitan una maquinaria interna capaz de garantizar igualdad de oportunidades, neutralidad institucional y transparencia. Y eso, en la práctica, rara vez ocurre
La Constitución de 1978 otorgó a los partidos un papel central en la articulación de la democracia, como se ha dicho. No son meras plataformas electorales, son instituciones que deben canalizar la participación, elaborar propuestas y representar la pluralidad social. Cuando las primarias debilitan su estructura interna y concentran el poder en una sola figura, se rompe ese equilibrio constitucional.
El riesgo no es solo orgánico. Es sistémico. Un partido sin contrapesos es un partido más vulnerable a los cambios en sus apoyos, más dependiente del liderazgo del momento y menos capaz de ofrecer estabilidad institucional. Y en un contexto de polarización creciente, esa fragilidad se convierte en un problema para el conjunto del sistema democrático.
El debate sobre las primarias no puede seguir planteándose en términos a favor o en contra. La cuestión es mucho más compleja. Las primarias pueden ser un instrumento valioso, pero solo si se integran en un modelo que garantice igualdad de oportunidades, transparencia y contrapesos internos. Sin esos elementos, se convierten en un mecanismo que debilita a los partidos y refuerza dinámicas cesaristas.
España necesita un nuevo consenso sobre el funcionamiento interno de los partidos. Un acuerdo que reconozca su papel constitucional y que establezca reglas claras para preservar su pluralidad, su estabilidad y su capacidad de representar a la sociedad. No se trata de volver al pasado, sino de construir un modelo que combine participación con responsabilidad, apertura con garantías, liderazgo con contrapesos.
En última instancia, la política debe responder a una exigencia básica, resolver problemas. Y para resolverlos necesita partidos capaces de debatir, de escuchar, de integrar sensibilidades diversas y de elaborar propuestas sólidas. La pluralidad no es un obstáculo, es una condición de calidad democrática.
Las primarias, tal como se han aplicado, han generado más ruido que debate, más personalismo que proyecto. Es hora de repensarlas. No para eliminarlas, sino para devolverles su sentido original: ser un instrumento al servicio de la democracia interna, no una coartada para reforzar liderazgos sin contrapesos.
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José María de la Riva es profesor de Geografía y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid con el PSOE.
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