El futuro de Cataluña

El 'procés' catalán agudiza la división de la izquierda

Anna Gabriel (CUP) durante una sesión en el Parlament.

Ángel Munárriz

El proceso independentista catalán, desencadenante de la mayor crisis política de la historia reciente de España, ha deparado como consecuencia lateral una agudización de las diferencias, divisiones y contradicciones en el seno de la izquierda. O, para ser más precisos, de las izquierdas, porque son tantas y tan profundas las divergencias en la forma de encarar el procés y la cuestión nacional que ni siquiera cabe hablar de un solo gran bloque plural de izquierda, sino de múltiples proyectos claramente diferentes e incluso antagónicos. Mientras las posturas de PP y Ciudadanos –con sus matices y modulaciones– tienden a confluir, las izquierdas se atomizan.

El tablero de las fuerzas que se autoubican en la izquierda, desde el rupturismo antisistema hasta el reformismo progresista, parece sacudido por un vendaval. El PSOE, hasta hoy el partido mayoritario del hemisferio izquierdo, se ha quedado solo en la defensa del artículo 155. El breve acercamiento entre los socialistas y Podemos tras la conquista de la secretaría general del PSOE por parte de Pedro Sánchez se ha interrumpido. Pablo Iglesias ha vuelto a situar al partido del puño y la rosa en el bloque del PP. Ambos partidos ni siquiera comparten espacios de diálogo sobre Cataluña, la cuestión territorial española y la hipotética reforma constitucional.

A las barreras entre partidos se suman barreras internas. Jordi Ballart, alcalde de Terrassa, dimitió y rompió el carnet del PSOE tras el encarcelamiento del exvicepresidente Oriol Junqueras y de siete exconsellers. Nuria Parlón, alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, ya abandonó la ejecutiva de Pedro Sánchez tras el apoyo al 155 del secretario general, que sufre para hacer compatible su apoyo al Gobierno con el "no es no" que articuló su campaña durante las primarias.

En Podemos Carolina Bescansa ha criticado abiertamente la estrategia de Iglesias, en la primera gran marejada interna tras Vistalegre II. Iglesias, cuestionado por criticar más duramente a Mariano Rajoy que a Carles Puigdemont, ha tenido que afrontar varios incendios con origen en el fuego catalán. El secretario general situó "políticamente fuera de Podemos" a los anticapitalistas por haber reconocido la "nueva república catalana". Y adoptó medidas fulminantes contra la dirección de Podem, liderada por Albano Dante Fachin, por haberse situado a favor del bloque independentista en su choque con el Estado. Incluso en el seno de la coalición Unidos Podemos hay discrepancias de fondo. No es difícil apreciar en Alberto Garzón, coordinador federal de IU, un mayor énfasis en el cuestionamiento de las bases del procés que en Pablo Iglesias. Los une la defensa de un referéndum pactado, una receta que están encontrando dificultades para explicar a su electorado menos complaciente con el independentismo.

ERC, favorito en las encuestas de las elecciones autonómicas del 21 de diciembre, ha extremado su crítica a los socialistas y a Podemos por apoyar o no oponerse con suficiente vigor a la respuesta que el Gobierno y los órganos judiciales están dando al procés. El diputado de ERC Gabriel Rufián, que cree que Cataluña es víctima de un nuevo "23-F", ha acusado al PSOE de "colaboracionismo", un término que arrastra las más tremendas connotaciones. Tanto ERC como la CUP han puesto además en el punto de mira a los comuns de Xavier Domenech –su previsible candidato– y Ada Colau, a los que acusan de ambigüedad y tibieza, cuando no de trabajar para "el bloque del 155". Y la izquierda nacionalista, que a lo largo de la legislatura ha subordinado el programa social a la agenda nacional, encumbra la postura de Dante Fachin.

Cada día salta un puente y se levanta un muro. El debate se ha cargado de palabras rotundas, sobre las que no caben medias tintas: bandera, identidad, patria, historia, traición... Es el terreno en el que peor se mueve la izquierda. "No hay ninguna bandera de izquierdas en la causa independentista", reitera Pedro Sánchez en sus actos para socavar a Podemos. Como respuesta, el partido morado y los independentistas se escandalizan al ver a Miquel Iceta y Josep Borrell coincidir con dirigentes del PP en la última manifestación convocada por Societat Civil Catalana, a la que también asistieron miembros de partidos de ultraderecha. Ciertamente el terremoto político catalán ha dejado imágenes inauditas. Un ejemplo: Francisco Frutos, ex secretario general del PCE, tomando la palabra contra el nacionalismo en un clima de apoteosis rojigualda. El patio progresista, habitualmente revuelto, está ahora más convulso que nunca.

Infolibre repasa en cinco claves la conmoción de la izquierda en torno a una pregunta recurrente del debate ideológico español: ¿Se puede ser nacionalista y de izquierdas?

  1. Una fórmula arraigada en las comunidades históricas

"Sí, se puede ser nacionalista y de izquierdas. Y sí, es coherente", contestan por escrito los investigadores Antonia María Ruiz, Luis Navarro y Manuel González, del grupo Demospain de la Universidad Pablo de Olavide. Sus respuestas parten de los resultados del proyecto Nacionalismo español: discursos y praxis desde la izquierda, que ha explorado las claves históricas que han alejado a la izquierda del nacionalismo español, teñido de elementos "autoritarios, nativistas y de uniformidad" más próximos al campo derechista. Ante la "apropiación" de la simbología española por parte de la derecha, ha sido más frecuente la aproximación de sectores progresistas a nacionalismos periféricos en base al relato de "nación oprimida", explican. "La izquierda tenía así la oportunidad de atacar al nacionalismo opresor, representado por los grandes imperios, con el nacionalismo liberador, simbolizado por las naciones oprimidas. Esta idea narrativa se ha continuado hasta la actualidad, incluso dentro de una democracia", añaden.

A pesar de su arraigo en las comunidades históricas –o precisamente a causa de dicho arraigo–, el nacionalismo y el independentismo han seguido levantando sospechas en buena parte de la izquierda española. Las razones teóricas se amontonan en las estanterías del marxismo. El comunismo ha desconfiado de raíz de una ideología que, sobre la base de invocaciones históricas o esencialistas, puede preparar el terreno para que un visionario sitúe como máxima aspiración del pueblo los intereses nacionales, orillando la lucha de clases y allanando el camino al autoritarismo. Al mismo tiempo, ha envidiado su capacidad de seducción, basada en una argumentación más sencilla, emotiva y efectiva. También ha sido persistente causa de crítica al nacionalismo su vecindad con la religión cuando trata de dar respuesta al deseo innato de formar parte de una colectividad llamada a un destino común. "Históricamente", resumen los tres investigadores, "la izquierda se ha sentido incómoda con el nacionalismo al considerarlo una estrategia burguesa para dividir al proletariado".

Pero lo cierto es que nada de esto ha valido para desactivar el atractivo del nacionalismo entre la izquierda ni en Cataluña, ni en el País Vasco, ni –en menor medida– en Galicia. ¿Por qué? Porque "la idea que rechaza la izquierda es la nativista, la que define al nacional en función de su lugar de nacimiento y otras características étnicas", responden. Y ése no es el caso –afirman– de los nacionalismos periféricos españoles, menos aún de los que se consideran de izquierdas, que combinan la reivindicación nacional con la social. Sin embargo, la antipatía de amplios sectores de la izquierda española hacia el nacionalismo persiste. Ruiz, Navarro y González comprobaron en una treintenta de entrevistas a cuadros medios de partidos de izquierdas de toda España realizadas para el estudio Patriotas sociales cómo predomina la impresión de que el independentismo catalán es una "estrategia burguesa" para "dejar de pagar impuestos a España", así como "una cortina de humo" para no hablar de "injusticia social" o de "corrupción". Es indudable: el filtro del nacionalismo –o de la ausencia del mismo– afecta a la mirada de la izquierda.

  2. Primero soberanía, luego izquierda

Dos voces del nacionalismo gallego –Antón Sánchez, de Anova, y Rubén Cela, del BNG– defienden que las reivindicaciones nacionales y sociales pueden convivir e incluso reforzarse mutuamente. La nación no sería más que un referente más o menos mítico que sirve para construir la legitimación de un poder político. Este poder político puede ser reaccionario o progresista, laico o clerical, democrático o despótico. No habría, pues, una asimilación del nacionalismo con la izquierda o con la derecha, porque el nacionalismo sería un continente, no un contenido. Y en Galicia, su contenido sería de izquierdas. "Para nosotros la cuestión nacional es indisoluble de la mejora del bienestar material. Creo que no se puede ser de izquierdas en Galicia sin reconocer su posición subordinada en el Estado", señala Antón Sánchez, portavoz nacional de Anova, integrada en En Marea, para quien cualquier marco político aceptable "pasa por el derecho a decidir de todas las naciones", por ejemplo a través de un modelo confederal de asociación libre. ¿Esta pretensión diferenciadora no aleja al nacionalismo de izquierdas de la clase obrera de toda España, de Almería a A Coruña pasando por León? Según Sánchez, nada obstaculiza una "solidaridad entre naciones practicada por las clases populares". "Pero para ser solidarios primero tenemos que ser sujetos de soberanía", recalca.

A Rubén Cela, secretario del área internacional del Bloque Nacionalista Galego (BNG), le sorprende la pregunta sobre una posible contradicción entre nacionalismo e izquierda. "Para mí lo contradictorio es ser marxista en una nación sin Estado y no ser nacionalista. No sólo es compatible, es imprescindible. En contextos de opresión, la concreción de la lucha de clases es de los pueblos oprimidos contra los opresores", dice. Cela cree que la izquierda española se ha conformado con una visión "prostituida" del pensamiento marxista sobre la nación, reducida a la frase-cliché de que "el proletariado no tiene patria". "Eso es ignorar que el nacionalismo en una nación oprimida es de por sí revolucionario, porque si consigue decidir por sí misma siempre va a ser favorable a las mayorías sociales. Además el nacionalismo es antitético de la fase actual del capitalismo. Realmente lo que pone hoy día en jaque en el mundo a la globalización económica y cultural son los movimientos nacionales. Lo único", afirma Cela.

El dirigente nacionalista parte de la base de que el Estado oprime a Galicia. Y censura con contundencia lo que considera una represión injustificada del proceso independentista catalán. Ante dicha represión, afirma, gran parte de la izquierda española no está plantando cara. "El procés es el único elemento de ruptura real con el tan cacareado régimen del 78, es lo único que hace temblar los poderes del Estado, la Iglesia, la burguesía, todo. Es el mayor enemigo del statu quo. Ante eso a mí me daría vergüenza ser militante del PCE y ver a Paco Frutos compartir manifestación con Vox", afirma Cela, que cree que "atribuir el procés a un movimiento de la burguesía es no enterarse de nada". "Puede haber apoyos de la pequeña burguesía, o de la Iglesia, pero considerarlo un movimiento reaccionario es una aberración". Antón Sánchez, de Anova, también cree que el supuesto liderazgo burgués del procés es una falacia. "Tiene una base popular democrática y cívica. Hay un pueblo fuertemente organizado liderando el proceso", afirma.

Cela cree que el procés ha desvelado el engaño de que "sin armas todo era posible", como se decía sobre el nacionalismo vasco en tiempos de ETA. "La izquierda española debería plantearse qué cauce democrático se le deja al soberanismo. Y también salir de la ceguera de no querer ver que una derrota del proceso soberanista en Cataluña supondría la derrota de muchas conquistas sociales", afirma. "Hoy día el nacionalismo es la antítesis del capitalismo y la globalización para las naciones sin Estado, pero también para naciones con Estado como Cuba o Venezuela. O Portugal. El Partido Comunista de Portugal sale con la bandera de Portugal muchas veces. Esto no es posible en España porque no es un Estado uninacional", añade. Cela opina que la Constitución "no es reformable, sólo superable", pero lo ve inviable con la actual correlación de fuerzas. "Lo que dicen PP, PSOE, Ciudadanos y en la práctica Podemos e IU es que el único sujeto de soberanía es el pueblo español. Y yo eso no lo comparto", concluye.

  3. Derecho a decidir, ¿pero qué decidir?

José Manuel Mariscal, ex secretario general del PCA, incurre en ese arraigado hábito comunista de citar con devoción discursos y escritos de antiguos dirigentes. Le gusta acudir a la "tradición comunista" para trazar argumentaciones. Y ahí encuentra una frase por donde empezar: "Paz entre los pueblos y guerra entre las clases". "Si hablamos de nacionalismo, empecemos preguntando qué significa soberanía dentro de la UE. Porque cabe preguntarse si los nacionalistas catalanes quieren un Estado para decidir dónde se fuma y dónde no, o si se pone o no dinero público para corridas de toros", afirma. A su juicio, lo prioritario para la izquierda debe ser la defensa de la "soberanía". "Es decir", añade, "el derecho a decidir qué se produce, cómo, quién y para quién, y eso es un debate que ni está ni se les espera". Y añade, en una crítica al procés: "La CUP apoya una ley de desconexión que vincula a la república catalana a los acuerdos con la Unión Europea, al euro, al pacto de estabilidad, a la primacía del pago de la deuda...".

Mariscal defiende sin dudarlo el "derecho de autodeterminación de los pueblos". Y al mismo tiempo cree que "España debe permanecer unida". Pero no por imposición, sino ofreciendo un proyecto colectivo que dé respuesta a las demandas de la mayoría. Como forma de Estado, defiende una república federal. Y ahí lamenta lo que considera una "traición" de ERC. "Nos han dejado solos a los republicanos españoles, poniendo por encima su supuesta independencia para propiciar una ruptura del régimen del 78 que no se ha producido. Han pensado en términos electorales y ahora vamos a peor", afirma. Mariscal cree que el nacionalismo catalán no ha sabido capitalizar la energía social existente. "Yo escucho a hombres y mujeres en Cataluña defender la independencia por las pensiones, los salarios... Y eso, en vez de atenderse, está siendo aprovechado por las clases pudientes", afirma Mariscal, que recuerda cómo el procés ha tenido el efecto colateral de desviar la atención sobre los recortes en Cataluña.

Es cierto –admite– que la izquierda independentista catalana ha conseguido tejer una red de cooperación que ya quisiera el PCE para sí. Pero se pregunta qué utilidad ha tenido. "Muy bien. Aspiramos a un tejido así en el conjunto de España. Colectivos sociales, tabernas, asociaciones de mujeres, sindicatos... Pero hay que preguntarse: ¿Para qué? ¿Al servicio de qué? ¿De qué ha servido en Cataluña?", pregunta Mariscal. La independencia es, a su juicio, un objetivo equivocado.

"Se está dando una escalada represiva y de recomposición del régimen, con aumento de pobreza y desigualdad. Y además toda la denuncia de esta situación va a ser difícil de colocar en la agenda política", afirma. A juicio de Mariscal, se ha producido una desvinculación de las reivindicaciones sociales y de soberanía. Y en paralelo el debate público se desliza por la pendiente de la intolerancia. "Lo que era el tono de la conversación ocasional de taberna se ha convertido en un nuevo discurso oficial que se suelta con la cabeza alta y agresividad", afirma. Esto es producto del choque de nacionalismos, según Mariscal, que invita a desplazar el eje de discusión hacia aspectos puramente materiales y a hacer pedagogía en términos de clase social.

  4. Un componente "supremacista"

Por la propia morfología del mapa ideológico español, la izquierda tiene un problema con el nacionalismo. "Los objetivos de la izquierda, por ejemplo la propiedad colectiva de los medios de producción, no delimitan la comunidad de solidaridad. Algunas izquierdas lo ponen en el Estado, mientras que las nacionalistas entienden que es Galicia, Cataluña, el País Vasco... Para éstas no es incompatible ser de izquierdas con pedir mayor financiación, pero para la izquierda estatal puede haber conflicto. ¿Mejores hospitales para los pobres en Sabadell que en Jaén? La izquierda estatal siempre dirá que el más rico debe pagar más. La izquierda nacionalista, no siempre. Este punto ciego se produce también en Europa, donde hay izquierdas que piden mano dura con el sur", señala Pablo Simón, profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III y editor de Politikon.

Simón alude al ensayo Grandes imperios, pequeñas naciones, de Josep María Colomer, para sostener lo que tantos observadores han dicho: la nación cotiza al alza como reclamo popular, mientras la clase va a la baja. El éxito de lo identitario se expresa en Donald Trump ("America first") y en el Brexit, fenómenos de encumbramiento de la exclusión, la xenofobia y el desprecio por los hechos. Críticos con el procés emparentan el independentismo catalán con éstas y otras manifestaciones de nacionalismo reaccionario, caso del lepenismo en Francia. "Lo identitario está rebotando con fuerza en paralelo a la creciente impotencia de los Estados para ofrecer proyectos emancipadores", en palabras de Simón, que cree que, a diferencia del discurso de clase, "el identitario ofrece un escenario ilusionante basado en la idea de que cuando se produzca la emancipación, habrá una ventana de oportunidad para hacerlo de otra manera, y lo haremos mucho mejor". Esta tesis voluntarista, que se da en Cataluña, "tiene un componente supremacista", señala Simón, al igual que la idea de la "irreformabilidad de España, que no tiene sentido porque las instituciones catalanas están tan mal gobernadas como las del resto de España". "Se oye mucho que los españoles están incapacitados para pactar, que son de naturaleza violenta", subraya Simón, que recuerda la alusión del ex vicepresidente Oriol Junqueras (ERC) en clave de diferencia genética.

El politólogo afirma que el discurso independentista se ha hecho "hegemónico entre la derecha mainstream liberal" gracias a algunos planteamientos –no todos– que firmarían nacionalismos reaccionarios europeos. "Ese cartel de CiU que decía que la Cataluña productiva mantiene a la España subsidiada es coincidente con lo que plantea la Liga Norte. También está esa idea paternalista de que los independentistas han intentado reformar España, pero al ver que es imposible han decidido marcharse", subraya Simón.

No son pocas las voces de la izquierda que sostienen que cualquier proyecto progresista debe mantenerse a distancia del independentismo, también en el caso catalán. Nuria Suárez, portavoz de la organización Recortes Cero y firmante del manifiesto contra la "estafa democrática" del procés, se adscribe a una línea de pensamiento que considera el procés "profundamente reaccionario y excluyente". "Consiste en una declaración unilateral de independencia contra dos tercios de la sociedad catalana, teniendo en cuenta además que entre los que están en contra se encuentran la mayoría de los trabajadores. No hay que olvidarlo: éste es un proceso que proviene de las clases con mayores rentas", señala.

Esto debería mover a la izquierda, señala Suárez, a "desmarcarse totalmente" del proceso independentista. "Cuando Alfonso Alonso habla de extender el 155, no engaña a ningún sector de la izquierda. Pero sí cuando el nacionalismo levanta la bandera de la democracia e invoca ese supuesto mandato del pueblo catalán, ignorando que el 60% no estamos de acuerdo. ¿Qué se supone que somos? ¿No somos pueblo catalán? ¿Somos de otro escalafón?", se pregunta. A juicio de Suárez, la falta de contundencia de sectores de la izquierda al oponerse al procés debilita su credibilidad a la hora de censurar el reaccionarismo centralista encabezado por el Gobierno.

  5. Contra la premisa de la unidad

"¿Que dice el PSOE que no se puede ser nacionalista y de izquierdas? Pues que se quiten la E del nombre, ¿no? El PSOE no tiene un proyecto para irrigar aguas en Mauritania, tiene un proyecto para España. Podemos no es un partido para Bulgaria, sino para España. Pues también hay partidos para Cataluña. Así de simple". Antonio Baños, que fue cabeza de lista de la CUP en las últimas elecciones autonómicas y dimitió durante las negociaciones con Junts Pel Sí, mantiene un cerrado apoyo al procés, que acompaña con una "profunda tristeza" por la postura de la izquierda española. "Ese discurso de que esto es cosa de la burguesía... ¡No tiene sentido! Vamos a ver, el partido mayoritario ahora, y el primero en las encuestas, es Esquerra. ¿Qué pasa? Que eso no entra en el relato fácil de la burguesía catalana y los pujoles, así que no se dice", protesta.

Para la izquierda española, dice Baños, hay "dos pueblos catalanes". "Uno es el que sale a la calle el 15-M, donde por cierto yo estuve allí, que sería el bueno y el valiente. Y el otro es el que quiere la independencia, que es malo y etnicista. Pues no", afirma. Sus palabras inciden en el "derecho a decidir libremente en Cataluña". A esto se le suele oponer una afirmación, que de hecho está en la base legal y política de la negación de su derecho de autodeterminación: Cataluña no es una nación oprimida, ni está colonizada por una fuerza extranjera, ni se le niega la posibilidad de expresar su propia cultura, ni es comparable a Palestina o al pueblo mapuche. "Me hace gracia esta idea de que si tienes algunos derechos, no los pidas todos. Si ya puedes hablar catalán, ¿qué más quieres? No me vale. Imagina un razonamiento así con los gays, o con las mujeres", afirma, aclarando que no es un paralelismo provocador, sino una invitación a la reflexión.

Baños cree que un Estado catalán sería sencillamente mejor que el actual Estado español. ¿Las razones? "Son dos. En primer lugar nacería de una ruptura. Y en segundo lugar, sería nuevo. Una Constitución nueva permitiría introducir derechos que no están en la Constitución española. Además tendría una mayoría de izquierdas. Esto se dice poco, pero la mayoría ahora mismo en Cataluña es claramente de izquierdas. El problema del nacionalismo es cuando lo capitaliza la derecha, pero aquí en Cataluña tiene un componente claramente antifascista, y de hecho ha introducido la cuestión de los refugiados como elemento fundamental", señala el periodista y escritor.

Baños niega que en esta pretensión anide un sentimiento de superioridad con respecto a España. "Nosotros rompemos con el régimen del 78 en Cataluña porque somos catalanes, estamos aquí. Rompemos con los expoliadores y con los oligarcas. Ojo, también con los catalanes. Lo que querríamos es que todos rompieran, claro", dice. Baños quita hierro al factor identitario. ¿Se siente sólo catalán, español y catalán? "Yo me siento muy mayor", se ríe. "Cataluña no determina mi identidad, ni me define estrictamente. Yo me siento de los Monty Python, y del blues", explica con ironía. "Lo importante no son las identidades, sino las soberanías. A mí la unidad de España me da igual, no me interesa. Me interesa la prosperidad, la justicia de su gente. ¿Por qué tiene que ser la unidad de España la premisa de todo?", concluye.

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