Palabras y aniversarios: 90 años desde que los golpistas desaparecieron y asesinaron a Federico
Se cumplen 90 años de la desaparición forzada y la ejecución de nuestro poeta más universal.
Este 18 de agosto hace 90 años que los golpistas desaparecieron y asesinaron a Federico García Lorca.
Insisto con la repetición porque en numerosos manuales de Lengua y Literatura, algunos libros, obras de teatro y películas se sigue utilizando el termino murió, como si a Federico no le hubieran asesinado y hubiera muerto de muerte natural.
Prácticamente nunca se le acompaña con las dos palabras que deberían ir pegadas siempre a su nombre: desaparecido forzoso.
Les ocurrió lo mismo a las, aproximadamente, más de 200 personas que fueron desaparecidas forzosamente entre la carretera de la muerte (la que une Víznar con Alfacar), Puerto Lobo y el barranco de Víznar, una zona a poco más de diez kilómetros de Granada en la que los fascistas desaparecieron los cuerpos de quienes defendían la democracia y la libertad entre finales de julio y noviembre de 1936.
Uso aproximadamente porque, al igual que en el resto del Estado, no sabemos cuántas personas fueron realmente asesinadas, ya que la ocultación y la falta de registro era una de las principales herramientas de los golpistas para hacer efectivo el avance de sus tropas, la dominación de los territorios, la construcción de un relato falso de guerra entre hermanos que sigue latente hoy y la pedagogía de la crueldad y del terror.
90 años después de su asesinato no entendemos cómo no se busca el cuerpo de Federico García Lorca, el símbolo de las, alrededor, de 114.000 personas desaparecidas en cunetas, montes, bosques y cementerios de nuestro país.
Yo sigo sin entender cómo hemos tenido que esperar tanto para buscar también a los demás.
El sociólogo Francisco de Asís Carrión, miembro del equipo científico de la Universidad de Granada que exhuma, entre otros lugares, en el barranco de Víznar, dice que “no entiende la tendencia a jerarquizar la importancia de los muertos”.
Supongo que esto ocurre porque, como decía Walter Benjamin, “es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que tienen nombre”.
Ojalá entonces que, con la llegada de los fastos del centenario de la Generación del 27, aprovechemos para hablar de las consecuencias del Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, la Guerra y los 40 años de Dictadura: la aniquilación del crisol cultural, educativo, científico, de progreso y de emancipación de las mujeres que sufrimos en nuestro país.
Ojalá que poner en el centro a Federico García Lorca, Jorge Guillén, Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda, María de Maeztu, Manuel Altolaguirre, Isabel Oyárzabal, Concha Méndez, Gerardo Diego, Elena Fortún, León Felipe y tantos, tantas, intelectuales patrios nos ayude a comprender la sangría que vivió nuestro país y que forma parte de nuestra identidad.
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Ojalá que se ponga en el centro el exilio, el silencio, el hambre, el terror.
Y que las celebraciones culturales que se están organizando alrededor del 90 aniversario de la desaparición forzada de nuestro Federico García Lorca, el centenario de la Generación del 27 y del Lyceum Club Femenino nos hagan mirar de frente al contexto en el que nuestro poeta fue ejecutado, igual que decenas de miles de personas, y donde otras tantas decenas de miles tuvieron que abandonar sus raíces, su país.
Ojalá que por fin se cumpla con la verdad, la justicia y la reparación y que nos sintamos orgullosas, orgullosos de que, como decía la hispanista y amiga del poeta Marcelle Auclair, "Federico es nuestra juventud".