Las cuentas que no se quieren ver (y II) Verónica López Sabater
Mi abuelo, Esteban Estévez Santos, hijo de Isidoro e Isabel, nació el 29 de noviembre de 1917. Tal como indicaba la ficha policial de la Sección Político-Social, que obtuve en el Centro Documental de la Memoria Histórica (CDMH) de Salamanca, era “Natural de Robledo de Chavela (Madrid). Profesión mecánico. Afiliado a la U.G.T. Soldado de la 31 Brigada Mixta”.
En el expediente de su Procedimiento Sumarísimo (celebrado en 1942), cuya copia me envió el Archivo General e Histórico de Defensa, consta que fue “Llamado a su quinta a finales de 1936 o principios de 1937, fue destinado a la 31ª Brigada, pasó por el frente de Aragón, por Llardecans, y finalmente por los talleres del 15º Cuerpo de Ejército en Cornudella (Tarragona)”.
Muchos años después de su juicio militar, el abuelo Esteban le contó a mi padre (Jesús Estévez del Sarro) que combatió a las órdenes del comandante Manuel Tagüeña y fue mecánico y conductor en su Estado Mayor, cruzó los endebles puentes del Ebro al volante de un camión bajo el fuego enemigo y, tras descolgarse de su división en un combate en los túneles de Xeste, se reenganchó a otro grupo con el que se pasó a Francia en la retirada final del ejército republicano.
También le dijo que cruzó la frontera por Le Perthus, uno de los pasos fronterizos por los que se produjo la mayor parte de la retirada en enero-febrero de 1939, y que estuvo internado en el campo de Saint-Cyprien, uno de los primeros campos de playa construidos junto a Argelès-sur-Mer para absorber la avalancha de refugiados. Después regresó a España en octubre de 1939, pasando por los campos de Figueras, Cervera y Hortas, y por un año en Batallones de Trabajadores, hasta ser liberado en octubre de 1940.
Entre la fecha de su salida hacia Francia (sin concretar) y su regreso a España en octubre de 1939 hay unos ocho meses que en su declaración ante el tribunal militar fascista mi abuelo pareció resumir en una sola frase: “ante el avance de las Tropas Nacionales se internó en Francia, regresando a España por el mes de octubre de 1939”.
No podía ser de otro modo: cualquier detalle sobre su participación en la guerra y el exilio habría sido, ante ese tribunal, una prueba más en su contra. El abuelo calló ante el tribunal y ante casi todo el mundo, cada historia que después le fue contando a retazos a su hijo en sus infinitos viajes al volante de un camión al que mi padre se subió con él (para cargar los sacos) con 14 años y del que ya no se bajó hasta jubilarse con 73.
En esas conversaciones entre padre e hijo, le relató cómo muchos de sus compañeros en el campo de concentración de Saint-Cyprien, desesperados de sed por la falta de agua potable, bebían directamente del mar en pequeños pozos que excavaron en la arena de la playa. Muchos murieron de ese modo después de haber sobrevivido a años de guerra.
No fue un caso aislado: en los primeros campos de concentración establecidos en las playas del Rosellón no había barracones, ni letrinas, ni agua potable. Cercados con alambre de espino sobre la propia arena, los españoles (nuestros compatriotas de aquel entonces) murieron por miles durante esos meses a fuerza de pasar sed, hambre, frío y enfermedades.
También le contó que los oficiales republicanos españoles presentaron una queja ante los oficiales franceses a cargo de los campos y acordaron usar los camiones que los propios españoles habían llevado consigo en su retirada para ir a buscar comida y agua para los internos. Mi abuelo (mecánico y conductor) participó en la reparación de los vehículos y se encargó de conducir un camión en el que deliberadamente dejaba sacos de comida sin atar, para que cayeran cuando aceleraba en un bache del camino al almacén, donde sus compañeros pudieran recogerlos.
Llegó a ser chófer del jefe del campo y sacó escondidos en el coche a muchos compañeros que iniciaron así (ilegalmente) su exilio en Francia por miedo a ser fusilados si volvían a España. No hace mucho, hablando de estas cosas, mi padre recordó que, en las navidades de su infancia, llegaban a su casa muchos 'crismas' desde Francia; “claro”, dijo, comprendiendo de quién eran en el mismo momento de contármelo.
El 12 de noviembre de 1938 (meses antes de que llegara la gran oleada de la retirada republicana), el gobierno francés de Daladier, viendo ya las primeras llegadas de españoles, promulgó un decreto ley que hablaba de “extranjeros indeseables” y anunciaba una acción “metódica, enérgica y rápida” para librar al país de “elementos demasiado numerosos que circulan y actúan desafiando las leyes”.
Cuando la gran retirada llegó, en enero y febrero de 1939, ese decreto de noviembre de 1938 permitió detener e internar a la población española huida de España, no por haber cometido algún delito, sino por el riesgo que, se suponía, representaba su mera presencia en Francia.
La prensa conservadora francesa completó el vocabulario necesario para justificar estas medidas. Le Petit Parisien describió una “avalancha de comunistas analfabetos”. Se usaron también, en la prensa y en los despachos oficiales, términos como “invasión”, “plaga” y “elemento peligroso para el orden público”.
Esa descripción de los llegados como un gran peligro del que era necesario protegerse no se quedó en el papel. Se tradujo, con extraordinaria rapidez, en la construcción de una infraestructura física y burocrática. Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Le Barcarès se construyeron en semanas, directamente sobre la arena, cercados con alambre de espino. La propia administración francesa los llamó, en sus documentos internos, “campos de concentración”. No es un término retrospectivo ni una exageración de los supervivientes: es el que se usaba en los documentos oficiales del Estado.
Nada más cruzar la frontera, la administración separaba a los hombres de las mujeres, y a los oficiales de la tropa. Cada persona dejaba de ser un ser humano con una historia y pasaba a ser una casilla dentro de una clasificación administrativa. Solo en 1939 se realizaron alrededor de 200.000 fichas individuales de refugiados españoles. Cada ficha recogía filiación política, presunta “peligrosidad”, procedencia, etc. Estos datos registrados decidirían, años más tarde, a quién se liberaba o a quién se enviaba en barco a un destino aún peor en Argelia o en trenes de ganado, hacia los campos del este como el de Mauthausen.
En apenas un año, Francia había construido (y su opinión pública había considerado “aceptable”) un sistema completo de restricción de derechos para esos “extranjeros indeseables”: una red de campos para aislar físicamente a las personas pertenecientes a esa categoría, un fichero para identificarla y la suficiente dotación de efectivos policiales y militares, entre los que destacaban los tiradores de las tropas coloniales de Senegal, para vigilarla.
Poco después, en junio de 1940, con la derrota militar de Francia frente a Alemania, el nuevo régimen colaboracionista de Vichy que alcanzó el gobierno no tuvo que importar la maquinaria represiva alemana: lo cierto es que ya la encontró en funcionamiento. En el mismo campo de Vernet d'Ariège, los mismos funcionarios que vigilaban a los “indeseables” españoles pasaron a vigilar también a los nuevos detenidos franceses.
Le Barcarès se convirtió tras el armisticio en punto de concentración de compañías de trabajadores extranjeros, con miles de españoles obligados a trabajar para el esfuerzo de guerra alemán; algunos de ellos acabarían deportados a Mauthausen. Rivesaltes, instalado en 1939 como centro militar, se convirtió después en antesala de los campos de exterminio para las familias judías francesas que su compatriota Vichy perseguía, capturaba y entregaba a los nazis.
Ante las imágenes de los campamentos en la playa del Trampolín de Ceuta, aquellos campos franceses en las playas del mismo mar han vuelto a mi memoria. Hoy no estamos a las puertas de una guerra mundial, pero si no vemos que algo está pasando será porque no queremos verlo
El propio vocabulario continuó casi sin retoques. El mismo término “indeseable”, que en 1939 se le aplicó a mi abuelo Esteban, se utilizaba en 1942 (estando ya mi abuelo en Madrid) para judíos o sindicalistas franceses. La categoría social creada no cambió: solo se amplió el número de personas a las que resultaba “aceptable” perseguir.
Desde hace un par de días, ante las imágenes de los campamentos en la playa del Trampolín de Ceuta, aquellos campos franceses, en las playas del mismo mar, han vuelto a mi memoria. Hoy, afortunadamente, no estamos a las puertas de una guerra mundial, pero si no vemos que algo está pasando será porque no queremos verlo: si los actuales gobiernos de Vichy continúan en alza y llegan mañana al poder por toda Europa, encontrarán las fronteras de lo “admisible” y lo “indeseable” donde se las hayamos dejado hoy.
Defender los derechos humanos de los extranjeros en Ceuta es hoy muy complicado; lo siento así cuando escucho, en una mesa a la que yo mismo estoy sentado junto a personas a las que aprecio, expresiones como “esto es una invasión”, “a los MENA nos los comemos seguro” o “si tanto te gustan, llévate uno a casa”. Pero es importante tener claro que tal vez un día (como ya ocurrió en Francia) la clave semiótica deje de estar en “extranjero” y pase a estar en “indeseable”. Para las fuerzas que empujan hoy en día los vientos del retroceso, los menores españoles no acompañados tampoco creo que les resulten “deseables”, y si toleramos que saltarnos las leyes más universales sea hoy “aceptable” para los de fuera, no será difícil que lo sea también mañana para los de dentro.
En este retazo de nuestra historia compartida, la dignidad de lo humano se atrincheró temporalmente en la Maternidad suiza de Elne, localidad próxima a Perpiñán por la que imagino que mi abuelo tuvo que pasar en su camino a Saint-Cyprien.
Elisabeth Eidenbenz, maestra y enfermera suiza de solo 24 años, había llegado a España en 1937 como parte de la ayuda humanitaria durante la guerra civil. Cuando se produjo la “invasión” de los refugiados españoles improvisó un centro de acogida para las mujeres embarazadas que malvivían en los campos cercanos.
Entre 1939 y 1944 nacieron allí 597 bebés, que fueron atendidos con higiene estricta, alimentación suficiente, un ambiente emocionalmente seguro y la dignidad propia de los seres humanos. Inicialmente asistió los partos de 400 refugiadas españolas; más tarde, nacieron allí también unos 200 bebés de mujeres francesas perseguidas por ser judías, gitanas o cualquier otra forma de resultar “indeseable” a los ojos de los nazis.
Las habitaciones de la maternidad llevaban nombres de ciudades españolas: Barcelona, Bilbao, Madrid. El paritorio, donde nacieron casi 600 vidas rescatadas de una muerte segura, se llamaba, casualmente, Marruecos.
La maternidad fue finalmente clausurada por la Gestapo en 1944. Imagino que los nazis le debieron de decir a Eidenbenz aquello de “si tanto los quieres, llévatelos a tu casa”.
Referencias de consulta.
________________________________
Miguel Ángel Estévez es profesor de Psicología Social en la Universidad Complutense de Madrid y coordina actualmente la atención psicosocial en las visitas de familiares a los trabajos de exhumación de víctimas de la Guerra Civil y la represión de la dictadura franquista en el Valle de Cuelgamuros.
Lo más...
Lo más...
LeídoTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirlaDel Bienquerer
Pasos de vida
El placer de matar a una madre: la novela que ilumina la violencia psiquiátrica y el robo de bebés
¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.