Seamos responsables Luis García Montero
Cuando hablamos de volcanes, la imaginación popular se llena de ríos de fuego, explosiones atronadoras y cielos oscurecidos por cenizas. Pero existe un peligro silencioso, capaz de recorrer más de 100 kilómetros a la velocidad de un tren de mercancías y sepultar todo lo que encuentra a su paso. Se llama lahar, y aunque suene a palabra exótica, es una de las amenazas geológicas más mortíferas del planeta.
Un lahar no es más que una corriente de agua mezclada con cenizas, barro, arena y fragmentos de roca volcánica que desciende por las laderas de un volcán. Pero no se dejen engañar por su apariencia de simple riada: tiene la consistencia del cemento húmedo y puede arrasar puentes, casas y carreteras como si fueran castillos de naipes. Su velocidad puede superar los 40 kilómetros por hora en terrenos llanos y alcanzar los 160 kilómetros por hora en pendientes pronunciadas. No es agua sucia: es un muro de lodo y piedras que no perdona.
La gran pregunta es: ¿de dónde sale tanta agua en un volcán? La respuesta tiene tres vías posibles. La primera, y más conocida, ocurre durante una erupción: el calor extremo funde la nieve y el hielo de las cumbres nevadas, liberando de golpe millones de metros cúbicos de agua. La segunda es más prosaica pero igual de peligrosa: lluvias torrenciales que saturan los depósitos volcánicos no consolidados y los movilizan ladera abajo. La tercera, menos frecuente, es el colapso de lagos formados en el cráter o de presas naturales de materiales volcánicos.
La historia ha dejado ejemplos tan trágicos como aleccionadores. El más conocido ocurrió la noche del 13 de noviembre de 1985, cuando el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, entró en erupción. No fue una explosión especialmente violenta, pero su calor derritió parte del glaciar que coronaba la montaña. En cuestión de minutos, el agua, el lodo y las rocas se precipitaron por el valle del río Lagunillas. Uno de esos lahares viajó más de 50 kilómetros y alcanzó la ciudad de Armero, sepultándola bajo una capa de barro. Entre 23.000 y 25.000 personas perdieron la vida. Entre ellas, la pequeña Omayra Sánchez, cuya imagen atrapada entre los escombros se convirtió en el símbolo de una tragedia que pudo evitarse con mejores sistemas de alerta.
Armero fue un aviso cruel: el riesgo volcánico no se limita al cráter ni a las faldas de la montaña. Los lahares se canalizan por valles y cauces fluviales, y pueden afectar a poblaciones que ni siquiera ven el volcán desde sus ventanas. Por eso, los mapas de peligrosidad, la vigilancia sismológica y los sistemas de evacuación no son un lujo: son herramientas de vida o muerte.
Un lahar no es más que una corriente de agua mezclada con cenizas, barro, arena y fragmentos de roca volcánica que desciende por las laderas de un volcán, pero tiene la consistencia del cemento húmedo y puede arrasar puentes, casas y carreteras como si fueran castillos de naipes
Y aquí es donde el cambio climático irrumpe en escena, no para provocar erupciones, sino para hacer más probables y más peligrosos estos lahares. La ecuación es sencilla pero devastadora.
Primero, el calentamiento global está acelerando el retroceso de los glaciares en las cumbres volcánicas. Al fundirse el hielo, no solo desaparece el escudo que cubría el volcán, sino que se forman nuevos lagos en las alturas. Un deshielo repentino durante una erupción —o incluso el simple colapso de uno de esos lagos— podría generar lahares de un volumen similar al que arrasó Armero. De hecho, los científicos calculan que si solo se fundiera el 10% del hielo actual del Nevado del Ruiz, se generaría un lahar tan grande como el de 1985.
Segundo, el cambio climático está haciendo más frecuentes e intensas las lluvias torrenciales. Esto significa que incluso un volcán sin actividad eruptiva reciente puede generar lahares devastadores simplemente porque una tormenta tropical moviliza los depósitos volcánicos acumulados en sus laderas. Ciudades como Arequipa, en Perú, viven con esta amenaza constante durante la temporada de lluvias.
Tercero, el aumento de las temperaturas altera los ecosistemas de las laderas volcánicas. La pérdida de vegetación y la mayor porosidad del suelo hacen que el agua de lluvia se infiltre más rápidamente y desestabilice el terreno con mayor facilidad. El escenario está servido para que cualquier precipitación intensa desencadene una riada de barro y rocas.
La ciencia, afortunadamente, ha avanzado mucho desde la noche de Armero. Hoy disponemos de tecnología para monitorizar la actividad volcánica en tiempo real, detectar movimientos de tierra y prever la formación de lahares. Pero la tecnología no sirve de nada si no va acompañada de inversión, de planes de ordenación territorial que impidan construir en zonas de riesgo y de una población educada para saber qué hacer cuando suena la alarma.
El lahar es un recordatorio de que la naturaleza no entiende de fronteras ni de promesas políticas. Es un fenómeno natural que, impulsado por el cambio climático, se está volviendo más impredecible y potencialmente más letal. La lección de Armero no puede caer en el olvido. Porque el volcán no solo grita con explosiones; también amenaza con silencios de barro que bajan ladera abajo. Y en ese silencio, la prevención es nuestra única voz.
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José González Arenas es secretario de Medio Ambiente del PSOE de Córdoba.
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