El cambio climático dibuja un nuevo mapa de las enfermedades transmitidas por mosquitos y bacterias

Un mosquito y gráfico del aumento de las temperaturas en España por años.

Europa acumula ya este verano más de 160 casos de virus del Nilo Occidental repartidos en siete países. 94 en Italia, 42 en Grecia, 16 en España, siete en Macedonia del Norte, cinco en Rumanía, dos en Francia y uno en Alemania. A ello se suman otras enfermedades como el chikungunya o el dengue, que en España ya acumulan 108 y 124 casos importados respectivamente y que cada vez son más habitual en territorios donde el aumento de las temperaturas favorece la presencia de los mosquitos que las transmiten.

El punto en común de estas enfermedades es que son transmitidas por la picadura de mosquitos, cuyos patrones de distribución y actividad están cambiando. “Lo que más estamos viendo ahora mismo es el impacto sobre los insectos y otros artrópodos. Si aumenta la población de estos vectores, también aumenta la probabilidad de que haya ejemplares infectados y, por tanto, la posibilidad de transmisión a las personas. Eso no significa que todas las picaduras provoquen una enfermedad, pero sí aumenta el riesgo”, explica a infoLibre Gema Fernández, portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC).

Aunque las altas temperaturas son uno de los factores que explican estos cambios, desde el ámbito científico advierten de que no hay que caer en discursos simplistas que reducen el fenómeno a la idea de que “a más calor, más mosquitos”.

"Hay que desmontar un poco ese mito, porque en principio es así, pero no es tan fácil", describe Frederic Bartumeus, investigador ICREA en el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CSIC) y codirector de la aplicación Mosquito Alert. Explica que “los mosquitos tienen óptimos térmicos, necesitan unas condiciones concretas de temperatura y humedad para sobrevivir y reproducirse. Cuando el calor es extremo y se combina con sequía, su actividad disminuye”.

De hecho, durante las sucesivas olas de calor registradas este verano en Cataluña, los investigadores han observado un descenso de las poblaciones. “Paradójicamente, un otoño lluvioso podría favorecer un repunte mayor que el propio verano”, destaca Bartumeus, que añade que el principal efecto del cambio climático “no será necesariamente un aumento constante del número de mosquitos, sino una modificación de sus patrones de actividad”.

“Esto provocará que los picos de abundancia se desplacen del verano al otoño o que tengamos actividad de mosquitos en diciembre porque el invierno tarda más en llegar, mientras que el verano sea demasiado extremo para ellos”, explica.

Otro de los factores que influyen en la distribución de estos insectos es la geografía, lo que estaría favoreciendo su expansión en países del centro y norte de Europa y que, si las temperaturas siguen aumentando, podría provocar el fenómeno contrario en parte del Mediterráneo debido al exceso de calor y la escasez de agua. “Si hablamos del centro o norte de Europa, el cambio climático sí puede permitir que especies que antes apenas encontraban condiciones adecuadas ahora las tengan durante más meses. Pero España ya parte de un clima donde siempre ha habido mosquitos; aquí el exceso de temperatura puede incluso dificultarles la vida”, resume.

Un factor que tampoco puede ignorarse para entender el crecimiento de estas enfermedades es la movilidad global. Muchos de estos virus llegan a Europa a través de viajeros infectados procedentes de América Latina, Asia o África y, cuando un mosquito local pica a esa persona, puede iniciarse una cadena de transmisión autóctona.

“La movilidad humana ha cambiado muchísimo en los últimos diez o 15 años y eso también explica el aumento del riesgo”, relata Bartumeus, que pone como ejemplo una de las investigaciones que ha llevado a cabo, cuya principal conclusión es que la expansión del mosquito tigre por España ha estado estrechamente relacionada con el tráfico por carretera. “Su expansión está muy asociada a la movilidad en coche de los españoles y a las principales carreteras. El mosquito se mete en los vehículos y puede colonizar nuevas ciudades mucho más rápido de lo que lo haría volando”.

A su proliferación también se suman las alteraciones en las migraciones de las aves. Fernández explica que España es un importante punto de paso para aves procedentes de África y que estos animales pueden transportar garrapatas infectadas, que posteriormente transmiten virus a la fauna silvestre. "Al final, cuanto mayor es la población de mosquitos y garrapatas, mayor es también la probabilidad de que existan ejemplares infectados. Es una cuestión de probabilidad", resume la especialista.

“Lo que necesitamos es monitorizar los cambios”

El Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) advierte de que los efectos del cambio climático sobre la salud no se limitan a los mosquitos. El aumento de las temperaturas incrementa también el riesgo de intoxicaciones alimentarias por la proliferación de bacterias, favorece infecciones como la vibriosis tras el baño en aguas costeras de baja salinidad y prolonga la temporada de actividad de las garrapatas, responsables de enfermedades como la de Lyme o la encefalitis transmitida por estos parásitos. “Ante un cambio climático que incrementa el espectro de amenazas para la salud pública, hay una necesidad creciente de colaboración estratégica entre los sectores humano, ambiental y animal”, subraya la agencia europea.

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“Las altas temperaturas también favorecen la proliferación de bacterias en los alimentos y de microorganismos del género Vibrio, presentes en aguas salobres, que pueden provocar infecciones cutáneas y cuadros graves en personas vulnerables”, describe Fernández. No obstante, matiza que, por ahora, “en España no estamos viendo un aumento significativo de infecciones por estas bacterias”, ya que se centra más en países del norte de Europa, aunque considera necesario mantener la vigilancia.

En la misma línea, el Ministerio de Sanidad considera que la participación ciudadana es fundamental para detectar precozmente estos cambios. Aquí toma protagonismo la aplicación Mosquito Alert, que se nutre de los avisos enviados por los propios ciudadanos sobre la presencia de mosquitos invasores y contribuye a complementar los sistemas tradicionales de vigilancia.

Para Bartumeus, el seguimiento de millones de observaciones realizadas por la población permitirá comprender mejor cómo evolucionan estas especies en un escenario climático cambiante. “Lo que necesitamos es monitorizar los cambios. El riesgo va a cambiar, la cuestión es cómo va a cambiar. Y para responder a eso necesitamos más datos y más ciencia”, concluye.

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