Pobreza Infantil
Los campamentos para menores vulnerables, la única oportunidad de miles de niños de tener vacaciones
Son las 9:00 de la mañana y los 74 niños y niñas que pasan esta primera quincena de agosto en el campamento Nazaret, en pleno distrito madrileño de San Blas, se levantan para comenzar su día. Tras darse los buenos días, desayunan y comienzan la jornada participando en todo tipo de actividades. Aunque esta es una jornada típica en cualquier campamento, para estos menores supone un soplo de aire fresco, que de otra manera no tendrían unas vacaciones que disfrutar.
“La particularidad de este campamento es que va dirigido a niños, sobre todo del barrio de San Blas, que sabemos que viven una situación complicada”, explica a infoLibre Iria Barreiro, una de las vocales de la Junta Directiva de la Asociación Nazaret. “Durante el año la asociación reparte alimentos a más de 600 familias del barrio, así que muchos de los niños que vienen son beneficiarios de ese reparto o participan en nuestras actividades de ocio de los sábados o en el apoyo escolar. Son familias con muchísimas dificultades que no pueden permitirse un campamento ordinario”, añade..
“Un campamento como este cuesta entre 300 y 400 euros por plaza. Nosotros pedimos simbólicamente 200 euros, pero la realidad es que casi nadie puede pagarlos. Sí les pedimos, por compromiso, que aporten al menos 50 euros. Es un esfuerzo enorme para las familias, pero también las dignifica mucho, ya que muchas veces van pagando poco a poco y agradecen poder hacer ese esfuerzo y sentir que les están regalando unas vacaciones a sus hijos”, añade.
Además de estos niños, desde hace años la asociación también acoge a menores tutelados de la Comunidad de Madrid, como una forma de ofrecerles unos días fuera de la residencia en la que pasan todo el año. Este verano acogen a 25 de estos menores.Todos los días realizan todo tipo de tareas como hacer la cama, ordenar la habitación o lavar la ropa sucia, ya que “son hábitos que muchos de ellos no tienen adquiridos”, relata Barreiro. A partir de ahí, pasan el día con todo tipo de actividades como ir a la piscina, talleres de deporte, relajación, juegos, etc.
Uno de los aspectos en los que ponen especial énfasis es en la alimentación. “Tenemos una cocinera excelente y siempre hay cantidad suficiente, lo que a muchos les sorprende, sobre todo el desayuno”, asegura. “Les ponemos leche, zumo, fruta, cereales, galletas y embutidos. Hay niños que el primer día nos dicen que nunca habían visto un desayuno así. Recuerdo una niña que nos contó que en su casa desayunaba agua con cacao en polvo y aquí tomó leche por primera vez”, agrega.
En el campamento cuentan también con “días especiales”, en los que hacen excursiones a Terra Mítica y a la playa, además de organizar un mercadillo, en la que acumulan las donaciones de ropa, material escolar, productos de higiene, libros o juguetes que reciben durante el año y que los niños pueden ‘comprar’ con un dinero simbólico que se les entrega.
“En el campamento te das cuenta de la realidad que viven. Hay menores que llegan con muy poca ropa, por lo que el mercadillo les permite marcharse con prendas, una mochila, material escolar y otras cosas que necesitan”, relata. “También les impresionan las excursiones, porque para muchos es la primera vez que ven el mar o que visitan un parque temático”, pero el punto más importante es el plano emocional.
“Aquí descubren otra manera de relacionarse con los adultos. Muchos de estos niños han vivido abandono, maltrato o abusos y de repente descubren que un adulto no les grita, que no les pega, que los conflictos se resuelven de otra forma y que existen relaciones basadas en el cariño y el respeto”, explica la vocal.
“Cuando el campamento termina es duro para muchos de ellos. Los niños que viven en residencias no quieren volver y otros tampoco desean regresar a sus casas. Este año, por ejemplo, hemos conocido el caso de cinco niños del campamento que viven en la misma vivienda, aunque son hijos de tres madres diferentes. También hay menores que residen en infraviviendas. Para muchos, disponer de espacio, bañarse en una piscina o pasar unos días fuera de casa de vacaciones supone vivir experiencias muy poco habituales”, describe.
“La única oportunidad de salir de su entorno habitual”
Historias como las que se viven en el campamento de Nazaret se repiten por toda España, en un momento en el que el 34% de las familias españolas no pueden permitirse irse de vacaciones ni una semana al año, según la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025 del INE, y que el 29,2% de los niños, niñas y adolescentes está en situación de pobreza, según Unicef. Por esta razón, Save the Children ofrece este tipo de actividades en diferentes comunidades autónomas para así dar una oportunidad de que estos menores puedan salir de su rutina.
“Tenemos dos modalidades. Una son los campamentos de verano con pernocta, donde llevamos durante al menos una semana a chicos y chicas con los que ya trabajamos durante todo el año para que puedan disfrutar de actividades al aire libre, juegos y tiempo de ocio fuera de su lugar habitual de residencia. La otra son las colonias urbanas, que organizamos en los mismos espacios donde trabajamos con ellos durante el curso. Allí combinamos actividades de ocio, salidas a la piscina y también un pequeño refuerzo educativo y atención psicológica básica”, explica Raúl Arnaiz, director de programas domésticos de Save the Children en España, que añade que este año están participando más de 1.500 menores de entre seis a 17 años.
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La mayoría de estos niños llegan derivados por los servicios sociales o por sus propios centros educativos y “normalmente cuentan con dificultades económicas en el hogar, empleo muy precario o desempleo en las familias, ingresos muy reducidos y, en algunos casos, situaciones de desprotección o violencia. Son perfiles en riesgo de exclusión y familias que tienen unas condiciones de vida a veces muy precarias”, señala Arnaiz.
“Supone muchas veces la única oportunidad de salir de su entorno habitual y disfrutar de algo parecido a unas vacaciones de verano: hacer excursiones, ir al campo, ir a la piscina o simplemente romper con la rutina que tienen durante todo el año”, defiende el director. Para las familias no supone ningún tipo de gasto, ya que el proyecto se financia a través de acuerdos con diferentes empresas y así pagar los costes de las actividades y los sueldos del personal. Igual que en el caso de la asociación Nazaret, otra de las principales formas de financiación es a través de las donaciones de particulares.
La convivencia durante esos días también permite a los educadores conocer una faceta distinta de los menores. “En los campamentos convives con ellos las 24 horas y conoces otra dimensión de los niños y niñas que no ves durante el resto del curso. La verdad es que da gusto ver lo bien que están y lo bien que se lo pasan”, concluye Arnaiz.