Menos plazas y más terrazas: cuando la ciudad mercantiliza la convivencia

Terrazas vacías en la Plaza Mayor de Orense.

En un momento en el que el uso del espacio público se ha convertido también en un terreno de disputa, resulta especialmente pertinente la mirada de M.ª Mercedes Pereira Rubio (La Guaira, Venezuela, 1996), investigadora predoctoral en la Universidad de Almería especializada en convivencia multicultural y cohesión social. Como ella misma señala, “cada decisión sobre cómo utilizar una plaza, una calle o una acera implica elegir qué actividades se favorecen o no, quién o quiénes pueden permanecer en esos espacios y quién acaba siendo desplazado de ellos”

Plazas y bares han funcionado históricamente como espacios de encuentro informal. ¿Qué papel juegan hoy como lugares de socialización en las ciudades? ¿Y en los pueblos?

Las plazas y los bares han sido históricamente los espacios por excelencia de socialización informal en nuestras ciudades y pueblos. Son lugares en los que se construyen relaciones de confianza, se generan sentimientos de pertenencia y se tejen redes comunitarias fundamentales para prevenir el aislamiento y la soledad. Sin embargo, en las últimas décadas asistimos a transformaciones muy profundas que están afectando a esta función social. Por un lado, el espacio público se ha ido regulando y mercantilizando cada vez más. Muchas plazas han dejado de concebirse como lugares de ocio, encuentro y convivencia espontánea para convertirse en espacios más controlados, donde encontramos prohibiciones constantes y una reducción progresiva de las actividades cotidianas que tradicionalmente les daban vida como las prohibiciones de jugar con la pelota, de pasear el perro o peticiones de silencio. Cuando los niños tienen cada vez menos posibilidades de jugar en la calle o cuando algunos usos vecinales se perciben como problemas, estamos limitando una parte fundamental de la vida urbana: la cotidianeidad del habitar. A esta situación se suma el impacto de procesos como la gentrificación y la turistificación. Muchos barrios han perdido a vecinos y vecinas con más de treinta años de antigüedad y han visto desaparecer parte de su comercio tradicional y de sus espacios de encuentro. Cuando los vecinos que han construido la memoria colectiva de un lugar son desplazados, no solo se pierde la población, también desaparecen los vínculos afectivos, las relaciones de ayuda mutua y formas de convivencia y vecindad que tardaron décadas en consolidarse. Creo que también es importante diferenciar entre pueblos y ciudades. No necesariamente porque en los pueblos exista hoy una vida social más intensa, ya que, al fin y al cabo, el uso constante de los móviles y la realidad paralela en redes sociales han transformado las formas de relacionarnos en todos los territorios. Sin embargo, sí es cierto que muchos pueblos conservan una estructura urbana que puede favorecer un poco más el encuentro cotidiano y a la proximidad vecinal.

Se habla del bar como tercer lugar” y de la plaza como espacio público por excelencia. Si estos espacios se transforman o pierden accesibilidad, ¿qué tipo de ciudad tendremos? 

Si estos lugares pierden su accesibilidad o desaparecen, pienso que avanzaremos hacia ciudades cada vez más fragmentadas social y espacialmente. Tendremos barrios donde las personas comparten espacio físico, pero apenas mantienen relaciones entre sí; ciudades donde el encuentro espontáneo será sustituido por experiencias planificadas y medidas por su capacidad de consumo. Pienso que esta es la dirección hacia la que nos empuja la lógica urbana neoliberal. Una ciudad orientada a la rentabilidad económica del suelo y del espacio público, donde los lugares de convivencia se transforman en espacios de consumo y donde el derecho a estar acaba subordinado a la capacidad de gasto o compra. El riesgo es construir ciudades de élites, accesible para unos pocos, mientras que las rentas más bajas son progresivamente desplazadas e invisibilizadas. Cuando esto ocurre aparecen los “barrios vacíos”, espacios que pueden estar físicamente llenos de edificios, turistas o actividad económica, pero carecen de vida comunitaria. Se debilitan las relaciones vecinales, desaparecen los comercios de proximidad, los restaurantes y bares tradicionales, se pierde la memoria colectiva y la ciudad deja de funcionar como un lugar de encuentro para convertirse en un escenario de tránsito para el consumo, en la acepción más amplia del término.

Cuando desaparecen estos espacios comunes o se vuelven excluyentes, ¿dónde se reconfiguran hoy las relaciones sociales? ¿Hay alternativas reales o se empobrece el tejido comunitario?

Cuando esto ocurre, pienso que las relaciones sociales no desaparecen, sino que se transforman: se privatizan, se digitalizan y, en cierta medida, se empobrecen. Por un lado, una parte importante de ellas se ha desplazado a los entornos digitales: las redes sociales como Instagram, Facebook, X o Tiktok; plataformas de streaming, comunidades virtuales en YouTube o espacios vinculados al metaverso. Aunque estas herramientas facilitan la comunicación y permiten mantener contacto y vínculos a distancia, difícilmente pueden sustituir la riqueza de los encuentros presenciales y de esas pequeñas acciones cotidianas que favorecen la construcción de vínculos sólidos y comunes hacia un mismo espacio compartido. Por otro lado, muchas interacciones sociales se han trasladado a espacios privados ligados al consumo como las grandes franquicias o los centros comerciales, como he mencionado. Para mí, el problema es que estos espacios funcionan bajo una lógica distinta a la del espacio público, puesto que el acceso, la permanencia e incluso la experiencia que ofrecen están condicionados en mayor o en menor medida por la capacidad de consumir. 

Cuando las relaciones sociales dejan de construirse en espacios abiertos, accesibles y diversos asistimos al empobrecimiento progresivo del tejido comunitario. Se debilitan las relaciones de proximidad, la “familiaridad pública”, es decir el reconocimiento mutuo cotidiano que se concreta en saludos puntuales “Hola/Buenos días o Adiós vecino/vecina”, que por más superfluo que pueda parecer, contribuyen a mantener y a generar sentimientos de pertenencia y confianza entre quienes comparten mismo espacio. 

Creo que las alternativas más reales pasan por mantenernos vinculados a nuestros barrios, desarrollar mayor conciencia espacial y reapropiarnos colectivamente de los lugares que habitamos. No me refiero únicamente a los espacios diseñados per se para ello, sino también a otros lugares que pueden convertirse en un punto de encuentro: cualquier acera, los portales, intersecciones, callejones sin salida, calles poco transitadas...

¿Hay nuevos terceros lugares”? Al hilo de esto, ¿Internet o las redes sociales son ese nuevo tercer lugar? 

Sí, aunque me parece importante hacer una pequeña diferenciación conceptual. Cuando hablamos de "tercer lugar" aludimos al término que propuso el sociólogo urbano Ray Oldenburg. Para él, los terceros lugares son aquellos espacios, donde las personas se encuentran de manera informal y construyen vínculos sociales. Tradicionalmente, los bares, cafeterías, plazas, bibliotecas o centros comunitarios han desempeñado esa función. No obstante, desde la geografía encontramos una visión diferente en la obra de Edward Soja, quien desarrolla el concepto de Thirdspace o "tercer espacio". Soja no se refiere únicamente a un lugar físico de encuentro, sino al espacio vivido, aquel que combina lo material y lo simbólico, las experiencias cotidianas, las emociones, las identidades y las relaciones de poder que atraviesan un territorio. En este sentido, el tercer espacio va mucho más allá de un bar o una plaza, porque incluye la manera en que las personas experimentan y dotan de significado a los lugares.

Respecto a internet y las redes sociales, creo que pueden entenderse parcialmente como nuevos terceros lugares en el sentido planteado por Oldenburg. Son espacios donde las personas socializan, crean comunidades, comparten intereses y establecen relaciones que, en algunos casos, llegan a ser muy significativas. Sin embargo, también presentan características que los diferencian profundamente de los espacios presenciales. En las redes sociales las formas de interacción, de reconocimiento, de conflicto e incluso de ejercicio del poder funcionan de manera distinta a las relaciones cara a cara. El anonimato, la viralidad, la sobreexposición o el poder de los algoritmos condicionan la manera en que nos relacionamos. Por eso, más que considerarlas una sustitución de los terceros lugares tradicionales, yo me inclinaría por pensar que estamos ante una nueva categoría de espacios de socialización, una especie de "cuarto lugar" híbrido entre lo físico y lo digital. No obstante, pienso que las redes sociales pueden ampliar nuestras posibilidades de relación, pero difícilmente pueden reemplazar aquello que ocurre cuando compartimos una plaza, una calle o un bar. La ciudad sigue necesitando de espacios donde los cuerpos, y no solo las pantallas, puedan encontrarse.

¿Hasta qué punto procesos como la gentrificación o el turismo están homogeneizando estos espacios y cambiando quién los habita y cómo se usan? ¿Qué papel juega la aparición de gastrotabernaso gastrobaresfrente al bar tradicional?

Ya no es un secreto que la gentrificación y la turistificación están transformando profundamente los espacios de encuentro tradicionales. Como he mencionado anteriormente, muchos centros urbanos están experimentando lo que algunos expertos denominan barrios vacíos: espacios que mantienen una intensa actividad económica y una gran afluencia de visitantes, pero donde cada vez viven menos residentes permanentes. En estos procesos, el aumento del precio de la vivienda y de los alquileres comerciales provoca la desaparición progresiva de negocios históricos, comercios de proximidad y espacios de sociabilidad vinculados a la vida cotidiana del barrio. En su lugar aparecen establecimientos orientados a nuevos perfiles de consumidores, turistas o residentes con mayor capacidad adquisitiva. El resultado es una progresiva homogeneización del paisaje urbano: da igual que estemos en Málaga, Sevilla o Lisboa, porque comenzamos a encontrar las mismas franquicias, los mismos conceptos gastronómicos y una oferta cada vez más estandarizada. Hace unos meses escuché el pódcast "No es turismofobia, es urbanofilia" del periódico El País, y me pareció una expresión muy acertada. Creo que resume bien lo que está ocurriendo en muchas ciudades. No se trata de rechazar el turismo en sí, sino de defender el derecho de los vecinos a seguir habitando y construyendo comunidad en sus barrios

En esta línea, la aparición de estas nuevas experiencias gastronómicas puede interpretarse como un síntoma de transformación urbana. No creo que el problema sea la innovación gastronómica en sí, más bien es el hecho de que, en muchos casos, estos modelos sustituyen a establecimientos que cumplían una función social además de comercial. El bar tradicional no era únicamente un negocio; era un lugar de encuentro intergeneracional donde se construían relaciones vecinales, se intercambiaba información y se fortalecían los vínculos comunitarios. Cuando estos espacios tradicionales desaparecen, cambia tanto la oferta de restauración como quienes pueden acceder a ellos. Los precios suelen aumentar, el público se vuelve más homogéneo y la actividad cotidiana del barrio tiende a orientarse más hacia el visitante que hacia el residente. La ciudad deja de ser un espacio para vivir y convivir y se convierte en un producto para consumir. Y cuando esto ocurre, perdemos parte de la identidad colectiva, de la memoria del lugar y de las relaciones sociales que dan vida a nuestros barrios.

La expansión de terrazas y la ocupación del espacio público, ¿responde más a decisiones políticas, a presión económica o a una falta de modelo de ciudad? ¿Dónde debería estar el límite?

Pienso que es una mezcla. El espacio público nunca es neutral. Como decía Max Weber que “si nada es política, entonces todo es política”. Cada decisión sobre cómo utilizar una plaza, una calle o una acera implica elegir qué actividades se favorecen o no, quién o quiénes pueden permanecer en esos espacios y quién acaba siendo desplazado de ellos. Las terrazas forman parte de nuestra cultura urbana y pueden contribuir a dinamizar el espacio público y favorecer la vida en la calle, además obviamente de generar actividad económica. El problema aparece, para mí, cuando esta lógica económica se convierte en el único criterio para gestionar la ciudad y el espacio común se privatiza. Cuando caminar por una acera o por una plaza se vuelve misión imposible 2.0 debido a la expansión de las terrazas, estamos ante un conflicto de usos que debe ser abordado desde una perspectiva integral. El espacio público debe ser un lugar de encuentro accesible para todas las personas, con independencia de lo que consuman o no. Para mí, el límite debe estar en el bienestar colectivo, en la calidad urbana y en la garantía de derechos. Así como defendemos el derecho a una vivienda digna, debemos defender igualmente el derecho a habitar barrios dignos, a disfrutar del espacio público y a desarrollar nuestra vida cotidiana en condiciones de igualdad. Las ciudades no pueden diseñarse únicamente para quienes invierten o consumen en ellas, deben pensarse, ante todo, para quienes las habitamos.

¿Qué papel juegan factores como la precariedad, los horarios laborales o el precio del ocio en esta transformación de los espacios comunes?

Un papel fundamental, como he ido señalando. La precariedad laboral, la incertidumbre económica o la dificultad de llegar a una conciliación real reducen significativamente el tiempo disponible para invertir en la vida social. Las personas que trabajan jornadas de 8 y hasta 10 horas llegan a casas agotadas, después de una jornada de productividad... ¿Qué tiempo les queda para disfrutar del espacio público? Muy poco. 

Por otro lado, junto a esto, otro gran condicionante es el encarecimiento del ocio. Actividades que forman parte de nuestra cotidianeidad, como salir a tomar algo, ir al cine o tapear, suponen hoy un gasto considerable para muchas familias. Como consecuencia, la socialización comienza a estar cada vez más condicionada por la capacidad económica de cada persona. Desde mi punto de vista, este es uno de los grandes riesgos de las ciudades contemporáneas: que el encuentro social se convierta en un privilegio en lugar de ser una práctica cotidiana accesible para todos. Cuando el ocio se mercantiliza y el tiempo libre escasea, los espacios de convivencia pierden protagonismo y se debilitan los vínculos comunitarios. Por eso creo que la defensa del espacio público es también una cuestión de justicia social, ya que hablar de convivencia urbana requiere hablar de derecho al tiempo. De nada nos sirve tener espacios de encuentro si las personas no tienen tiempo, estabilidad y recursos para poder habitarlos. 

¿Se está perdiendo la mezcla social (de edades, clases o perfiles) que tradicionalmente se daba en plazas y bares? ¿Qué consecuencias tiene eso para la vida urbana?

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Por supuesto. Se está produciendo una homogenización del territorio. Históricamente, las plazas, mercados de abastos o los bares han sido algunos de los pocos espacios donde personas de diferentes edades, clases sociales y trayectorias vitales podían coincidir de manera relativamente espontánea. Aunque la mezcla social no garantiza por si sola la convivencia multicultural, eran lugares donde la diversidad se experimentaba cotidianamente. Sin embargo, vemos que hay una tendencia a la fragmentación social de los espacios. Los procesos de gentrificación, el encarecimiento de la viviendas y la privatización de áreas urbana hacen que haya espacios orientados a públicos muy concretos. Barrios para clases sociales con rentas altas, zonas de ocio para determinados perfiles de edad, locales pensados para turistas específicamente… son espacios de exclusión. El resultado es la pérdida del encuentro entre personas diferentes, no solo entre transeúntes, sino entre residentes. Cuando dejamos de convivir con personas de distintas edades, orígenes, experiencias o posiciones socioeconómicas, se debilita nuestra capacidad de comprensión mutua. Y cuando lo diverso deja de formar parte de nuestra experiencia cotidiana, aumenta el riesgo de que prosperen prejuicios, estereotipos y discursos excluyentes, y, por tanto, un debilitamiento (cuando no pérdida) de la cohesión social. 

¿Es un fenómeno homogéneo o hay diferencias claras entre ciudades o países? ¿España mantiene rasgos propios en el uso del espacio público? 

Aunque se trata de una tendencia impulsada por la globalización, sus efectos no son homogéneos en todos los países. En el caso de España, creo que seguimos conservando algunos rasgos distintivos muy vinculados a la tradición mediterránea. Nuestra cultura urbana ha estado históricamente ligada a la calle, a la plaza y a un uso significativo del espacio público para socializar. A diferencia de otros contextos donde gran parte de la vida social transcurre en espacios privados, aquí todavía existe una fuerte tendencia a vivir la ciudad hacia afuera. Las condiciones climáticas que tenemos explicarían parte de esta realidad, ya que también influyen factores culturales relacionados con la importancia de las relaciones vecinales, familiares, la sociabilidad cotidiana y determinadas prácticas de convivencia que durante generaciones han tenido lugar en calles, plazas, mercados o bares. Sin embargo, sería un error pensar que estas características están garantizadas. Precisamente porque forman parte de nuestra identidad urbana, son también especialmente vulnerables a procesos de turistificación, gentrificación y mercantilización del espacio.

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