crisis migratoria

Una pulsera para dejar la calle: la desesperada carrera de los migrantes por entrar en un campamento de Ceuta

Cientos de migrantes hacen cola frente al campamento de Loma Colmenar tras ser expulsados por la policía para evitar avalanchas.

Da igual que la policía dispare pelotas de goma o que, de tanto en tanto, golpee con sus porras o empuje con sus escudos. Tampoco parece importar que los vecinos de las cercanías del principal asentamiento de asistencia humanitaria del Estado en Ceuta, el de Loma Colmenar, traten de impedir a gritos —alguno incluso blandiendo un palo— que los cientos de personas que durante semanas se han instalado con sus catres, alfombras, cartones y mantas en las calles y placetas de este humilde núcleo de viviendas sociales vuelvan a hacerlo. La desesperación hace que estas personas huyan calle arriba o en dirección a la frontera de El Tarajal. Pero, cuando se relaja la tensión policial, comprueban que, en el escaso territorio de la ciudad autónoma, no tienen adónde ir y regresan al campamento en busca de una plaza.

La tensión a las puertas de este asentamiento, instalado y equipado por el Ministerio de Inclusión, dirigido por Elma Saiz, el pasado 17 de agosto y ampliado desde entonces de forma progresiva, se disparó a primera hora de la mañana de este lunes. Tras habilitar espacio para 400 personas más, se abrieron las puertas, lo que generó un tumulto entre los varios cientos de migrantes que desde hacía semanas pernoctaban y pasaban el día en los alrededores. Cuando el personal que gestiona el centro impidió el acceso a más personas, se produjeron altercados y peleas que obligaron a cortar la carretera de acceso al barrio y al Hospital Universitario de Ceuta, el principal de la ciudad. Los antidisturbios emplearon la fuerza para dispersarlos y evitar que nadie entrara por la fuerza.

Poco después, hacia mediodía, varios furgones de la policía recorrieron las tres calles paralelas que conforman el barrio de los pisos de colores, junto a este aparcamiento convertido en instalación de acogida masiva, para desalojar a las personas que intentaban volver a refugiarse en sus callejuelas. Empujados por varios vehículos policiales, flanqueados por agentes a pie que blandían sus porras, los jóvenes corrieron loma abajo hasta la carretera que conduce a la frontera con Marruecos. Después, al menos tres cuadrillas de la empresa de limpieza de Ceuta ocuparon el lugar para recoger y arrojar a un camión todos los enseres que los migrantes habían dejado atrás: los cartones y telas con los que habían construido chabolas, sábanas y mantas con las que se cubrían, ropa, alfombras o sillas que habían recogido de los contenedores de basura.

"No deberían haberlos echado", dice Isabel, una de las capatazas de los equipos de limpieza, mientas fotografía cómo ha quedado el entorno después del desalojo. "Deberían dejarlos aquí para que sean ellos, los inmigrantes, quienes recojan y echen al camión todo lo que han dejado por aquí", añade. "Después, nosotros podemos regar toda la zona y desinfectarla, pero no hay derecho a que tengamos que recoger toda esta suciedad", afirma. Tras la limpieza, los agentes acordonaron el acceso a las callejones y placetas del barrio para impedir que los migrantes volvieran a entrar. Decenas de vecinos de esta barrio popular, de mayoría musulmana, se apostaron junto a las cintas de plástico e increparon a cada persona que intentaba regresar.

Pero toda esta hostilidad contra los miles de personas que vagan por Ceuta desde hace ya un mes –11.300, según el Gobierno de la ciudad; 5.000, según el Ejecutivo central; y entre 8.000 y 10.000, según las ONG sobre el terreno– no impidió que la desesperación les empujara de nuevo a las puertas del campamento en cuanto la policía lo permitió. Desde las tres de la tarde de este lunes, unas 300 personas permanecían frente a la barrera, sentadas en cuclillas y con sus bolsas en la mano. Algunos se protegían la cabeza del sol con paraguas o cartones. Dos jóvenes, a la desesperada, intentaron forzar la entrada, pero los vigilantes de seguridad lo impidieron rociándolos con espray de defensa. A unas decenas de metros del acceso, varios de sus compañeros trataban de aliviarles los efectos echándoles agua en la cara. A medida que la fila crecía y algunos trataban de adelantarse ocupando la calle, los antidisturbios volvieron a intervenir, provocando la huida de muchos de ellos, que pocos minutos después regresaban de nuevo.

El objetivo es conseguir una pulsera con el logotipo de la asociación Engloba –con sede en Almería y especializada, entre otros ámbitos, en la respuesta humanitaria inmediata a personas migrantes–, encargada de gestionar el campamento dependiente de Inclusión. Obtenerla ha permitido a muchos de los que han vivido tirados en las chozas de la playa de El Trampolín, en los portales de las barriadas de El Príncipe o Sidi Embarek o en las chabolas del polígono de El Tarajal dormir, después de más de cuatro semanas, en una litera. También les garantiza poder asearse y comer tres veces al día. Algunos de los que consiguen el brazalete lo muestran con orgullo a sus amigos, que permanecen fuera. Otros ocultan el número que los identifica. Es el caso de Chaib, un joven tunecino de 21 años que accede a enseñarlo sin poder contener su felicidad.

Además de ampliar Loma Colmenar, el Gobierno ha abierto este lunes nuevos emplazamientos humanitarios. Varias de las mujeres y niñas que habían sido acogidas en los asentamientos organizados por los vecinos en las barriadas de Sidi Embarek y El Príncipe fueron a las tres nuevas carpas levantadas en un picadero de la Hípica, junto al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), que también ha sido ampliado. El domingo, varios trabajadores se afanaban en colocar en el interior de las tres estructuras metálicas cubiertas de lonas blancas decenas de literas para las recién llegadas.

Ceuta desplaza a miles de migrantes en la calle a los barrios periféricos y pobres de mayoría musulmana

Ceuta desplaza a miles de migrantes en la calle a los barrios periféricos y pobres de mayoría musulmana

En total, las plazas de acogida que tiene ya dispuestas el Gobierno ascienden a 3.300, según afirmó la mañana de este lunes el presidente del Ejecutivo en una entrevista en la Cadena SER. Alojar a estas personas en dichos emplazamientos es fundamental para filiarlas y determinar si son menores, solicitantes de asilo o personas en situación irregular que cruzaron la frontera sin autorización por motivos económicos y que, previsiblemente, serán expulsados.

Frente a la entrada de Loma Colmenar, Hassán, de 34 años y procedente de Rabat (Marruecos), sudoroso y cansado, se muestra convencido de que quienes entren en el recinto obtendrán, casi con toda seguridad, su traslado a la península. Cuando le explican que no será así y que lo más probable es que, después de un tiempo, vuelva a Marruecos con una orden de expulsión, se resiste a aceptarlo. "Soy carpintero y estoy muy cualificado. Me he formado durante años", dice. "Estoy seguro de que me van a dejar pasar porque, además, yo no quiero quedarme en España; lo que quiero es ir a Francia. He oído que allí necesitan carpinteros porque ningún francés quiere serlo", añade.

La desesperación acumulada tras semanas malviviendo en chozas o vagando de un lado a otro para conseguir comida es lo que mantiene a estas personas en la cola pese a las cargas policiales y al rechazo de algunos vecinos. Pero fueron los rumores, la desinformación y los bulos los que impulsaron a muchos a llegar a nado a este lado de la frontera.

Más sobre este tema
stats