‘El ser querido’, la mejor película de Sorogoyen es una angustiosa demolición del genio creador masculino
“¿Qué sabes del Sáhara Occidental?”, pregunta el protagonista de El ser querido en la primera secuencia, y la pregunta retrotrae acusadoramente a citas cinematográficas recientes. Si la pregunta se la hiciera a Christopher Nolan solo podría justificar mediante el cinismo el haber rodado parte de La Odisea en territorios ocupados por Marruecos, desoyendo la indignación saharaui y contradiciendo, de paso, toda la defensa sobre la hospitalidad y la convivencia con la que su guion releía a Homero. Si la pregunta, a cambio, apelara a Oliver Laxe, quizá se diera una respuesta más verborreica. Por suerte ya sabemos cuál es, gracias a una entrevista que le hizo El País.
¿Cómo justifica el director gallego haber rodado Sirat con el apoyo del gobierno de Marruecos mientras invisibilizaba la responsabilidad de España a través de una vaga exhortación a la espiritualidad? Con “ambigüedad”, defiende. “Mi película acoge un dolor que no tiene bandera ni raza ni género ni clase social”. En fin. Ya sabemos cómo se las gasta Laxe, y lo curioso es que, frente a su miopía interesada y la de Nolan, parece que el director protagonista de El ser querido sí tiene principios. Va a rodar una película histórica sobre la cuestión, y en pleno rodaje le veremos defender el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui frente a un actor marroquí.
Esteban Martínez tiene unas opiniones firmes, reminiscentes al activismo del actor que lo interpreta (Javier Bardem) e indicando una creatividad comprometida, politizada. Lástima que a lo largo del rodaje de este film ficticio que centra El ser querido (por título Desierto) descubramos que esos principios no están alineados con algún tipo de bondad. Esteban Martínez es un tipo tirando a asqueroso. Nada agradable (no necesita serlo), pues sobre todo es alguien convencido de un talento propio que al trabajar deviene autoridad férrea: la voluntad de guiar al equipo con mano de hierro. Virilidad a prueba de bombas en la que el compromiso político solo es una faceta de tantas.
Nos viene a la cabeza entonces aquella disyuntiva tan famosa de Jean-Luc Godard, lo de que “no se trata de hacer cine político, sino de hacer cine políticamente”. Esteban Martínez sumerge su rodaje en tal estado de tensión y miedo como para que importen poco las declaraciones, firmas o manifestaciones por una buena causa que pueda suscribir fuera de él, tan poco como la ideología que acaben promulgando las imágenes convocadas. Pero viendo El ser querido, y al margen del ingenio godardiano, sobre todo nos viene a la cabeza Valor sentimental. La película de Joachim Trier también presentaba a un veterano cineasta (aquí Stellan Skarsgård) queriendo confundir sus faltas personales con el arte. Para ello atrapaba a su propia hija en el proceso.
Exactamente igual que pasa en El ser querido. Es, no vamos a disimularlo, la desagradable losa con la que lidia Rodrigo Sorogoyen en su última película. Skarsgård y Renate Reinsve dan relevo a Bardem y a Victoria Luengo como Emilia, otra hija distanciada con la que su padre se reencuentra para ofrecerle un papel decisivo en su nueva película. El mismo Sorogoyen ha tenido que puntualizar desde entonces —puesto que él también ha pasado por Cannes como hizo Trier el año pasado, que ya es mala suerte— que Valor sentimental y El ser querido son distintas desde el punto en que una retrata los preparativos de la película ficticia, y otra se centra en su rodaje.
De Noruega al desierto
Añadiríamos entonces que no es así del todo —la primera secuencia consiste en la oferta que le hace el padre a su hija y tiene un reflejo evidente en otra de Valor sentimental—, que poco ha de importar por cuanto El ser querido es inmensamente superior a la propuesta de Trier, y en definitiva que el tema tratado es tan jugoso que, por similar que sea el planteamiento, ampara que cada cineasta con personalidad se lo lleve a un terreno intransferible. En el caso de Sorogoyen nos hallamos ante otra oportunidad de explorar las claustrofóbicas dinámicas de un dúo de personajes: una preocupación recurrente que en el marco de las relaciones de pareja empezó con Stockholm allá por 2013 y vivió una prueba de fuego en su última serie, Los años nuevos.
Sorogoyen, casi siempre junto a Isabel Peña (aquí de nuevo coguionista), ha acostumbrado a cultivar esta preocupación mediante el diálogo. Pero no lo ha hecho como una expresión de fluidez al estilo Richard Linklater (referente inconfeso de Los años nuevos junto a un compañero de generación como es Jonás Trueba) sino, más bien, de determinismo. Determinismo es justo lo que encontramos en El ser querido más que un conflicto como tal, pues ya desde esa primera secuencia donde el empeño de Esteban se estrella contra el rencor de su hija el film establece, de forma despiadada, que tal será la tónica y no hay nada que hacer. Que cada nueva interacción estará marcada por un acercamiento, un atisbo de esperanza, un choque y finalmente otra separación.
En contra de lo que pueda parecer, no es el mismo tipo de determinismo que exhibía algo como Stockholm o los primeros trabajos de Sorogoyen, pues ahí los personajes eran vehículos para el impacto narrativo en lugar de, como ocurre en El ser querido, entes pacientemente construidos que se limitan a transitar por un espacio de asociación. El rodaje de Desierto, al que Esteban y Emilia permanecen atados —no tanto por necesitar secretamente la reconciliación familiar, sino por atender a sus objetivos profesionales— teje un paisaje en suspensión donde todo avanza sin que en realidad avance nada, superponiendo imágenes y ecos a un drama personal que se diluye.
La decisión más llamativa de El ser querido consiste en el intercalado de distintos formatos al plasmar los desencuentros de Esteban y Emilia. Blanco y negro, cuatro tercios, caóticas relaciones de milímetros. Transmite capricho, arruina parcialmente la inmersión naturalista que suele buscar Sorogoyen con unos diálogos y actores tan bien dirigidos, y sin embargo podrían ser un eco de la confusión del dúo de El ser querido. Conscientes secretamente de que pende un abismo entre ellos —el metraje no hará otra cosa que darle virulentos detalles a su oscuridad—, los personajes se encomiendan al cine, a todo lo que el cine podría hacer por sus vidas terrenales, de manera que sus rostros y acciones se fragmentan en imágenes cinematográficas desbocadas, incrementando tanto la distancia de su separación como la complejidad de las capas acumuladas.
Todo este ruido imposibilita la conexión padre-hija y ese ruido —el sublime influjo del cine— equivale a la imagen individual, primigenia, que reclama Esteban para sí. Un director sin duda talentoso, al parecer con dos Oscars, de carisma magnético —la bestia interpretativa que late en Bardem pocas veces ha tenido una oportunidad tan espectacular para brillar—, que incluso tiene la cabeza políticamente bien amueblada. Es, y nadie en la película mostraría incomodidad por la etiqueta, un genio. Los genios iluminan nuestro mundo, aunque no necesariamente tengan que rendirle cuentas a las inclemencias más incómodas (más personales) de su mundanidad.
Contra el genio varonil
El genio maldito, el arte cipotudo, es en El ser querido una imagen tan tóxica como la fe en que el cine sublime la vida. Es el escollo que, alineado con la fe susodicha —una de la que Emilia trata de autoconvencerse sin parar, teniendo que oír constantemente que “no parece disfrutar” con su rol de actriz—, condena a los protagonistas al aislamiento, y trae consigo los elementos más lúcidos del film de Sorogoyen. Estos no son necesariamente discursivos —aunque desde luego el film, como pasó en As bestas, está muy cómodo verbalizando su denuncia de los desmanes de la masculinidad—, sino que emanan directamente de ese espacio que han construido Sorogoyen y Peña. Ese espacio que es un rodaje progresivamente catastrófico pero que, por otro lado, también es un lugar donde normalmente nos hemos sentido cómodos los cinéfilos: el cine dentro del cine.
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Nada mejor que el cine dentro del cine para que todas contradicciones se evaporen, para que la ambivalencia absorba cualquier reproche. El cine es lo más grande que hay y nadie lo puede negar; en la misma medida, quizá toda la retórica del genio atormentado sea tan desagradable como finalmente necesaria. Frente a estos atajos —atajos en los que, ejem, Valor sentimental chapoteaba sin rubor—, El ser querido opone el suspense típico de Sorogoyen. La incomodidad y angustia que tan bien telegrafía su cine, a través del montaje y la percusión de la palabra, pueden estallar incluso grabando la escena más anodina —así ocurre en los minutos más intensos del film—, y convertir este ejercicio meta no tanto en un círculo vicioso como en una encrucijada asfixiante.
Cautivos del mal, fue el genial título español con que se estrenó cierto clásico de cine dentro del cine de Vincente Minnelli. Y de eso va todo, aunque sea un cautiverio en el que Sorogoyen tampoco se quiere recrear, ni esgrimir un tremendismo proporcional al del iracundo Esteban. Así que El ser querido halla la mesura —así como una belleza recóndita— en su retrato de las circunstancias de un rodaje cualquiera. Un rodaje con sus problemas y pataletas, pero un rodaje cualquiera.
Descartando todo romanticismo, deteniéndose en las dinámicas de los departamentos, en las rutinas y experiencias de relajación comunitaria —que también las hay, como ejemplifica una lánguida escena al ritmo de Él Mató a un Policía Motorizado—, para darle oxígeno al drama central, y acotar desde otro ángulo por qué, pese a todo, seguimos deseando ser prisioneros. Por qué no dejamos de buscar esa vida ansiada, ese ser querido cuyo amor nunca habrá de correspondernos del todo.