Feijóo encadenado Víctor Guillot
El gran héroe americano nunca fue el profesor Ralph Hinkley con su traje extraordinario. El sueño del país capitalista por antonomasia lo encarnaban hombres hechos a sí mismos, capaces de alcanzar el éxito escalando desde abajo. Ese ideal nunca caló en la España que aplaude a los herederos del franquismo y su ‘emprendimiento’ a base de rentas inmobiliarias y vota a isabeles y juanmanueles. Excepciones haylas, como las meigas, pero el gran héroe patrio se peina el flequillo y presume de esforzarse poco y ganar mucho y eso es un hecho.
Lo que nunca imaginamos es que en la (autoproclamada) tierra de las oportunidades iba a producirse un giro hacia el cayetanismo que terminaría entronizando a hombres de grandes ambiciones ejecutadas con dinero ajeno. No se entiende de otra manera el ascenso a la categoría de susurrador de presidentes de un personaje como Peter Thiel. Hijo de emigrantes alemanes en EEUU, su biografía arranca de forma prometedora como ejemplo del camino al éxito desde la base, aupado por su esfuerzo y una idea brillante. No le hizo falta. Al más puro estilo ibérico, Thiel descubrió un camino más rápido y menos sacrificado: reunió el dinero de su familia y amigos y abrió con ellos su primer fondo de inversión. Si fuera español, Thiel habría abierto con sus amigos, también hijos de rentistas, su primer restaurante canallita. Hay que reconocer que, en esto, los estadounidenses siguen teniendo más ojo.
Thiel y Milei se reconocen mutuamente. Se miran y se entienden sin hablar. Son un hombre y un país que se miran a la cara y descubren que llevan mucho tiempo esperándose
Thiel escaló rápido al olimpo de los broligarcas: invirtió en la empresa de Elon Musk y desde ahí añadió importantes nombres a su agenda de contactos donando millones a causas republicanas y acompañando política y financieramente el ascenso de JD Vance. Hoy defiende que la libertad y la democracia ya no son compatibles, así que ha hecho las maletas y ha trasladado a su familia a la Argentina de Milei, donde no ha de preocuparse más por esa cuestión. El Financial Times cuenta que se ha comprado una mansión en Palermo Chico y ha matriculado a sus hijos en un colegio bonaerense, fascinado por el ejercicio libertario del presidente argentino.
Thiel y Milei se reconocen mutuamente. Se miran y se entienden sin hablar. Son un hombre y un país que se miran a la cara y descubren que llevan mucho tiempo esperándose. Hay algo fabuloso en la escena en la que un magnate que aboga por la libertad de mercado extrema se encuentra con el hombre que ha prometido destruir al Estado desde el corazón mismo del Estado. El millonario mide la promesa ideológica del palacio presidencial de Argentina mientras el anfitrión ensaya el viejo papel de territorio disponible para el desembarco del capital tecnológico que busca espacios sin legislación para seguir creciendo y haciendo ricos a los mismos de siempre.
No me parece casual que Thiel explore los confines australes del planeta en busca de la desregulación que ansía. En esta misma semana, el estado de Florida ha demandado a la OpenAI de Sam Altman por anteponer el beneficio a la seguridad y ocultar riesgos serios de ChatGPT, sobre todo para menores, en la que puede ser la primera gran demanda contra las empresas que hacen dinero con la IA. Es, quizá, lo que deseaba Milei: una gran campaña jurídica que, sin pretenderlo, convierta a Argentina en el nuevo El Dorado.
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