Ceuta en clave de seguridad Jesús A. Núñez Villaverde
Se acabó mirar al suelo. Se ha acabado el tiempo de mirar la punta de los pies. Hay que levantar la cabeza. Y, sobre todo, mirar lejos.
Vivimos obsesionados con la actualidad. Con la declaración de esta mañana, el escándalo de esta tarde y la polémica que habrá muerto mañana. Hemos convertido la información en una especie de máquina tragaperras: metemos nuestra atención, tiramos de la palanca y esperamos que salga indignación. A veces sale miedo. Casi siempre alguien cobra.
La actualidad está sobrevalorada porque confunde movimiento con dirección. Sabemos perfectamente qué ha ocurrido durante las últimas seis horas y cada vez entendemos menos qué está ocurriendo durante los próximos 20 años. Y eso empieza a ser peligroso. Porque mientras discutíamos sobre quién dijo qué, el mundo cambió. La crisis desatada en Oriente Medio y el conflicto alrededor del Estrecho de Ormuz han acelerado algo que ya estaba en marcha: el nacimiento de un nuevo orden internacional. El viejo mundo tenía muchas hipocresías, pero al menos fingía respetar unas reglas. El nuevo parece haber decidido ahorrarse incluso esa molestia.
El derecho internacional continúa existiendo. Está en los tratados, en los discursos y en las fotografías de las cumbres. El problema es que cada vez aparece menos en el campo de batalla. Estamos entrando en un mundo donde el poder vuelve a pesar más que la norma, los recursos más que los principios y la geografía más que los comunicados. Y Europa tiene un pequeño problema. Se había acostumbrado a vivir como si la Historia hubiese terminado. No terminó. Simplemente estaba tomando café.
Europa representa aproximadamente el 5% de la población mundial y concentra una parte extraordinaria del gasto social del planeta. Hemos construido algo excepcional: sociedades donde enfermar no significa arruinarse, estudiar no depende exclusivamente del patrimonio familiar y hacerse viejo no equivale necesariamente a caer en la pobreza.
Nos quejamos mucho de Europa. Es una vieja costumbre europea. Pero sigue siendo probablemente el mejor lugar del mundo para nacer sin saber previamente cuánto dinero habrá en tu cuenta bancaria. Por eso despierta admiración. Y también deseo. Y también recelo. Sería infantil pensar lo contrario. El problema es que mantener ese modelo cuesta dinero. Mucho dinero. Y durante décadas lo financiamos gracias a una combinación extraordinariamente favorable: energía relativamente barata, comercio global, estabilidad geopolítica, protección militar estadounidense y materias primas disponibles.
Esa combinación se está terminando. El conflicto alrededor del Estrecho de Ormuz puede convertirse en uno de los grandes terremotos económicos de nuestra época. Ahora empezamos a ver cómo se retira el agua. Y cuando el mar se retira demasiado deprisa conviene no quedarse en la playa haciendo fotografías. Lo peor puede estar todavía por llegar. Energía más cara. Fertilizantes más caros. Transporte más caro. Alimentos más caros. Productos básicos más caros. Y cuando los alimentos suben en París tenemos inflación. Cuando suben en países donde una familia dedica la mitad de sus ingresos a comer, tenemos otra cosa. Tenemos hambre. Después llegan las revueltas. Después los gobiernos caen. Después llegan las guerras. Y después llegan las personas caminando hacia algún lugar donde todavía se pueda vivir. Ese lugar se llama Europa.
Por eso deberíamos empezar a exigir algo extraordinariamente revolucionario a nuestros gobernantes. Que piensen. No en las próximas elecciones. No en el próximo titular. No en el próximo vídeo de 20 segundos. En los próximos 20 años. Desde el ayuntamiento más pequeño hasta Bruselas deberíamos ordenar nuestras prioridades alrededor de tres palabras. Seguridad. Sostenibilidad. Soberanía.
“Seguridad”, porque ya hemos descubierto que depender completamente de otros era una magnífica idea mientras todo iba bien. El problema de las magníficas ideas es precisamente ese. Funcionan hasta que dejan de funcionar. Europa necesita una defensa integrada. No 27 ejércitos comprando sistemas distintos, con cadenas logísticas distintas, doctrinas distintas y burocracias extraordinariamente compatibles a la hora de organizar congresos sobre interoperabilidad. Una defensa europea. De verdad.
Tenemos población, industria, tecnología y recursos económicos suficientes para construirla. Juntos, los países europeos disponen de una capacidad económica y presupuestaria militar comparable a las mayores potencias del mundo. Lo que nos falta no es dinero. Es decisión. Los conflictos del futuro, además, no siempre llegarán en forma de tanques. Llegarán mediante ciberataques. Desinformación. Sabotaje. Presión energética. Interferencia tecnológica. Fragmentación social. Manipulación política. Y movimientos migratorios utilizados como herramienta de presión. Las guerras híbridas tienen una ventaja extraordinaria para quien las practica: permiten atacar a un país mientras se sigue negando que exista una guerra. Europa debe aprender esa lección deprisa.
“Sostenibilidad”, no por romanticismo. Por supervivencia. La transición energética ya no es solo una cuestión climática. Es una cuestión estratégica. Cada kilovatio que producimos nosotros es un kilovatio que no tenemos que pedir fuera. Debemos favorecer el autoconsumo, aprovechar nuestros recursos, electrificar nuestra economía y reducir progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles. Y también tendremos que abandonar algunos debates infantiles. La energía no entiende de ideología. Un electrón producido por una placa solar no es progresista. Uno producido por una central nuclear tampoco es conservador. Son electrones.
Europa necesita un equilibrio inteligente entre renovables, almacenamiento, redes interconectadas, hidráulica y la capacidad nuclear que ya existe. Francia dispone de uno de los mayores parques nucleares del mundo. España tiene uno de los mejores recursos solares de Europa. El norte dispone de viento. Otros países tienen hidráulica. La inteligencia consiste en integrarlo. No en discutir durante 20 años sobre quién tiene la energía moralmente más simpática.
Sostenibilidad significa también recuperar algo que nuestros abuelos entendían sin necesidad de una estrategia europea de 400 páginas. Consumir lo que tenemos. Producir cerca. Desperdiciar menos. Y aceptar que quizá no necesitamos comer cerezas en febrero. La civilización occidental probablemente sobrevivirá.
“Soberanía”. Esta es la palabra incómoda. Porque durante muchos años confundimos globalización con neutralidad. Pensábamos que las plataformas tecnológicas eran simplemente empresas. Que las cadenas de suministro eran simplemente comercio. Que los sistemas de pago eran simplemente servicios. Que el almacenamiento de datos era simplemente informática. No lo son. Son poder.
Europa necesita construir sus propias infraestructuras digitales, sus plataformas de inteligencia artificial, sus sistemas de comunicaciones, su capacidad de computación y sus cadenas estratégicas de suministro
Europa necesita soberanía tecnológica, energética, industrial, alimentaria y financiera. Necesita construir sus propias infraestructuras digitales, sus plataformas de inteligencia artificial, sus sistemas de comunicaciones, su capacidad de computación y sus cadenas estratégicas de suministro. Porque depender completamente de terceros cuyos intereses son diferentes de los nuestros no es cooperación. Es vulnerabilidad. Y cuando esa dependencia alcanza cierto tamaño deja incluso de ser vulnerabilidad. Se convierte en subordinación. Pero la soberanía europea exige algo más difícil. Integrarnos de verdad.
No podemos proclamar una ciudadanía europea común mientras mantenemos diferencias económicas que hacen que un médico pueda cobrar varias veces más cruzando unas fronteras que oficialmente ya casi no existen. No podemos hablar de destino común y mantener 27 cajas fuertes. Si queremos una Europa política tendremos que avanzar hacia una Europa fiscal. Eso significa compartir riesgos. Compartir inversiones. Compartir deuda cuando sea necesario. Y algún día tendremos incluso que atrevernos a discutir aquello de lo que nadie quiere hablar: una verdadera integración de nuestros sistemas sociales y de pensiones. Porque una nación —y Europa tendrá que decidir algún día si quiere parecerse a una— no consiste en tener una bandera bonita y una melodía que nadie sabe tararear. Consiste en compartir destino.
Nos acercamos a años difíciles. Habrá quien responda buscando culpables. Es lo más barato. Otros propondrán levantar muros. Es lo más fácil. Y algunos seguirán discutiendo sobre la polémica del martes mientras el mundo cambia delante de sus narices. También es una opción. Pero Europa tiene otra. Puede decidir convertirse finalmente en aquello que durante 70 años ha dicho que quería ser. Una potencia democrática. Una sociedad próspera. Un espacio soberano. Un continente capaz de defender su modelo sin pedir permiso. Durante demasiado tiempo hemos pensado que Europa era inevitable. No lo es. Nada importante lo es.
Las civilizaciones también desaparecen. Normalmente no porque alguien las conquiste de golpe, sino porque un día descubren que dejaron de tomar decisiones mientras todavía podían hacerlo. Si no queremos que Europa termine convertida en un bonito sueño que nuestros nietos estudien en los libros de Historia, ha llegado el momento.
Seguridad.
Sostenibilidad.
Soberanía.
Y levantar de una vez la mirada del suelo.
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José Manuel Nevado, exdirector de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.
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