Ceuta, ¿cómo abordar esta crisis? Pilar Velasco
Durante el mes de agosto, el paso de miles de personas por la frontera de Ceuta ha sido, junto con los incendios, el tema prioritario de todos los informativos. Sin embargo, me ha sorprendido que no hubiera referencias al paso de frontera que realizaron más de 450.000 españoles hacia Francia en febrero de 1939. Salvando las notables diferencias, siempre es necesario recordar lo que vivió nuestro pueblo hace casi 90 años. Viendo las imágenes de la playa del Trampolín, vienen a la mente las de Argèlès-sur-Mer o Saint-Cyprien. Cabe, pues, una reflexión a la luz de los datos de ambas efemérides.
En primer lugar, el número. Si en Ceuta pasó una cantidad de gente equivalente a su población, en 1939 pasaron más del doble del censo existente en los Pirineos Orientales en aquella época. Hasta el 28 de enero, la frontera había estado cerrada, lo que había provocado una gran aglomeración en los puestos fronterizos, con la circulación detenida ante un fuerte contingente militar y policial francés. Luego, según las crónicas periodísticas, en 15 días pasaron casi medio millón de personas de todas las edades. Tan solo por La Junquera/Le Perthus, cruzaron la frontera 250.000 personas, 4.000 vehículos y 15.000 cabezas de ganado. Otros pasos también importantes fueron Port-Bou/Cerbère, con más de 100.000, o la zona de Puigcerdá/Bourg-Madame, con 60.000. Otro paso fue el de La Vajol/Les Illes, por donde cruzó el presidente de la República, don Manuel Azaña, con su séquito y algunos ministros, así como el de Cataluña, Lluís Companys, o el de Euzkadi, José Antonio Aguirre. El jefe del Consejo, Negrín, pasó pero desandó el camino para volver a entrar en Francia por Le Perthus, para luego volar a Madrid para seguir con la lucha.
También hay una gran diferencia en la composición de las personas: si en Ceuta han sido primordialmente jóvenes de ambos sexos, en febrero de 1939 pasaron a Francia, además de un cuarto de millón de soldados (que fueron, evidentemente, desarmados), gente de todo tipo, entre los que se contaban muchos ancianos, mujeres y niños. Es curiosa la nota de l’Indépendant que, el 29 de enero de 1939, indica que por la frontera de Prats de Molló/La Preste habían pasado, en un solo día: 121 oficiales, 121 carabineros, 755 guardias de asalto, 98 milicianos, 61 brigadistas internacionales, 234 civiles y (¡ojo con la distinción!), cuatro médicos, tres profesores y un judío (un detalle que es toda una premonición). 1.398 personas en un solo día.
También podemos comparar las actitudes de los países de origen. Mientras en Ceuta ha habido, como mínimo, pasividad, los fugitivos de la II República fueron ametrallados durante su penosa migración
Para la recepción de estos fugitivos, la legislación tampoco era comparable: en Francia se aplicaba la legalidad del llamado Decreto-ley de los indeseables (dictado inicialmente el 2 de mayo de 1938 para controlar a los alemanes que huían del nazismo, evitando posibles espías o saboteadores), que posteriormente, por decreto del 12 de noviembre, permitía internarlos en “centros especiales”. En la Francia de 1939, todo extranjero era sospechoso de ser enemigo de una República atemorizada por una avalancha humana que se agolpaba a sus puertas y que consideraba rojos de izquierdas. El Gobierno había virado a la derecha tras la caída de la segunda presidencia de Léon Blum, el 10 de abril de 1938.
También podemos comparar las actitudes de los países de origen. Mientras en Ceuta ha habido, como mínimo, pasividad y muy posiblemente connivencia con quienes empujaban a la gente a marchar, los fugitivos de la II República fueron ametrallados durante su penosa migración, no para impedir que marcharan, sino para acabar con sus vidas.
Cabe reseñar que, en numerosas declaraciones de la derecha, el tema de Ceuta se ha tratado como un mero hecho de números, obviando la legislación garantista vigente, que el Gobierno intenta hacer prevalecer. Sirvan de reflexión las palabras (aunque suenen a cínicas, relevantes) del ministro del Interior francés en la Cámara de Diputados, el 14 de marzo de 1939: “Hay madres y niños, hay viejos y enfermos, hay civiles y militares. Hay de todo. Hay héroes y desertores, buena gente y villanos (¡Muy bien, muy bien!, en el banco de la derecha). Hay gente honesta y deshonesta, inocentes y bandidos; hay madres que agonizan; hay heridos que sangran por sus muñones, dejando ver la gangrena a través de precarios vendajes. Todo ello, confundido y mezclado, formando una amalgama inseparable…”
“Y toda esta humanidad de pesadilla ha venido a parar y a estrellarse contra la barrera que hemos levantado desde el 28 de enero en nuestra frontera…”
“Si no queremos, toda esta masa hambrienta y miserable no pasará; no atravesará la barrera de hierro y fuego que nosotros podemos generar. Pero ante las ametralladoras, entre ellas y el gesto de estos rostros amedrentados que imploran, está la cara tranquila, dulce y grave de Francia, de la Francia de San Vicente de Paúl y de los Derechos del Hombre, que es la misma de siempre, a través de todas las edades y de todo el mundo (aplausos)”.
“Y esta Francia dice a sus fusiles: ¡Apartaros! Asumo esta miseria. Me parecería un insulto a esta Asamblea si les pidiera si hay alguien aquí que hubiera preferido que Francia hubiera dejado hablar a las ametralladoras (fuertes aplausos en la izquierda, la extrema izquierda y algunos otros bancos)”.
“Así pues, todo el mundo se afana; todos los franceses y francesas no se cansan ni se cansarán de cumplir con su deber de caridad y humanidad”.
Aunque las imágenes de los campos de las playas francesas no dejan duda, sí que algo de ello hubo: solo desde el puesto fronterizo de Cerbère, por donde entró Antonio Machado, hubo de inmediato expediciones a diversas poblaciones del norte de Francia, unos 3.000 hacia cada uno de los departamentos del Cher, Loir-et-Cher y Loiret. Un 10% de los entrados por allí. ¿Podría España permitirse un porcentaje similar en el caso de Ceuta?
El citado fragmento del experimentado político podría suscitar infinidad de reflexiones sobre el posicionamiento obtuso de las derechas actuales, por no mencionar la visita de un líder de pasado ruin, a la que han seguido agresiones netamente fascistas. Será tema de otro artículo. Pero el fragmento sí deja entrever, por debajo de la fatigosa retórica, la conciencia de que se trata de seres humanos (y el olvido de ello en numerosos casos por parte de estas derechas cada vez más extremas). Lo mismo podríamos aplicar a los fugitivos de Sudán, de Libia y, como no, a los habitantes de Gaza y de Cisjordania. Son personas, como la niña que evocó Artur Bladé, testigo de la Retirada, durante la cual ejerció de enfermero:
“Un día pasaron tres aviones que bombardearon el cruce de la carretera de Ripoll a Capdevánol, donde había una concentración de fugitivos. Los muertos fueron enterrados en Capdevánol y los heridos trasladados a nuestro hospital. El doctor Navés, desesperado, como nunca lo había visto, tuvo que operar a algunos en condiciones muy precarias. Uno, inoperable, era una niña de tres o cuatro años, rubia, de ojos enormes y cabello rizado como el de una muñeca. Parecía no tener nada, salvo una pequeña mancha negra en la barriguita, cerca del hígado. No quería comer ni beber y murió como un pajarito”.
Sí, era una niña, como aquellas a las que ahora la derecha se opone a acoger: con nombre y apellidos y con la ilusión de un futuro mejor que ella ya no pudo tener. Un ser humano.
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Antoni Cisteró es sociólogo y escritor. Es autor de 'Participar hoy. Notas para una participación eficaz' y miembro de la Sociedad de Amigos de infoLibre.
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