...Pero si Israel no reconoce a Palestina

La penúltima de las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es ligar un acuerdo económico, energético (y potencialmente militar) sobre energía atómica con Arabia Saudí a que este último país reconozca a Israel, siguiendo la estela de los Acuerdos de Abraham.

Los Acuerdos de Abraham, diseñados, entre otros, por el sionista y cuñado de Trump, Jared Kushner, establecen el reconocimiento de Israel por parte de diferentes Estados árabes (Baréin, Sudán, Emiratos Árabes Unidos y Marruecos) a cambio de a) normalizar los acuerdos comerciales y militares existentes y futuros que realicen; y b) dejar que el capítulo de relaciones entre israelíes y palestinos se ventile directamente, con la vigente correlación de fuerzas y la continua y profunda colonización israelí sobre lo que queda de Palestina y otros territorios árabes.

Es decir, que los palestinos ni siquiera cuenten con ese respaldo moral de esos Estados árabes aliados de Estados Unidos e Israel.

La pretensión del presidente Trump interesadamente olvida o rechaza dos hechos relevantes:

  1. Arabia Saudí, públicamente, junto con el resto de los Estados Árabes y otros países, presentó en el año 2002 la llamada Iniciativa Árabe de Paz, también conocida como Plan de Beirut (por ser la capital donde se realizó la Cumbre de la Liga de Estados Árabes). En ella se planteaba el pleno reconocimiento de Israel por parte de todos los Estados Árabes (no solo los que ahora han aprobado los Acuerdos de Abraham) a cambio de que Israel reconociera al Estado palestino en las demarcaciones de Gaza y Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este. Israel nunca lo aceptó la propuesta y ha seguido colonizando territorio palestino y sirio.
  2. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que previamente había apostado por un sólo Estado en los límites de la Palestina histórica, en su Congreso de Argel, en 1988, ya reconoció a Israel, en las fronteras anteriores a la guerra de 1967, lo que suponía aceptar un territorio incluso superior al previsto en el plan de partición de 1947 y coherente con el posterior plan saudí.

Mientras tanto, la colonización y destrucción de Palestina a manos israelíes se sigue realizando sin sanciones Occidentales, de los países del Acuerdo de Abraham y del resto de la comunidad internacional

Pero Israel nunca ha reconocido a Palestina. Sí a la organización OLP, pero nunca a Palestina. Para los desmemoriados, en la Conferencia de Madrid de 1991, por imperativo israelí, los palestinos tuvieron que formar parte de una delegación conjunta jordana-palestina. Incluso en los Acuerdos de Oslo, suscritos por la OLP, Israel aceptó la creación de una denominada Autoridad Palestina, pero nunca reconoció un Estado palestino y fue aplazando su puesta en marcha, prevista para cinco años después de la firma de aquellos acuerdos en la Casa Blanca. Desde el principio, antes y después de la firma, incluso con la supuesta paloma del primer ministro israelí Yitzhak Rabin, continuó la política de hechos consumados mediante la ampliación de los asentamientos, sin sanciones por parte de Occidente.

Estos dos elementos —el reconocimiento condicionado por parte de los Estados árabes y de los palestinos a cambio de un Estado palestino, y el desprecio estadounidense (e israelí) hacia esa propuesta— muestran, una vez más, la parcialidad de todas las administraciones de Washington. Nunca Estados Unidos ha presionado para que Israel reconozca a Palestina. En el mejor de los casos, sus portavoces sostienen que Israel —cuyos gobiernos rechazan cualquier Estado palestino— debe "negociar" directamente con los palestinos, mientras su ejército y los colonos siguen expulsando y matando a quienes quieren vivir dignamente en su propia tierra.

En estas circunstancias, la pelota está en el tejado de Arabia Saudí. Ya ha habido varios órdagos geoestratégicos que han afectado a esta monarquía absolutista: desde la acción de las milicias palestinas del 7 de octubre de 2023, cuando se especulaba con un posible reconocimiento saudí de Israel siguiendo los pasos de otros Estados del Golfo; hasta su entrada en los BRICS en enero de 2025, tras varias dilaciones, lo que supone un mayor margen de autonomía frente a Estados Unidos, pese al histórico acuerdo que garantizaba la supervivencia de la monarquía a cambio del uso del dólar en las transacciones petroleras. También cabe mencionar el pacto de defensa entre Arabia Saudí y Pakistán, país con armas nucleares financiado en parte por Riad, firmado en septiembre de 2025, que considera cualquier ataque contra uno de los dos países como un ataque contra ambos; y, finalmente, el ataque unilateral de Estados Unidos e Israel contra Irán, que pone en peligro la principal fuente de ingresos y la estabilidad saudí, dado que las represalias iraníes pueden dirigirse contra cualquier Estado de la región que facilite apoyo logístico a esos ataques, incluidas refinerías e infraestructuras petroleras.

El acuerdo atómico de la Administración Trump con Arabia Saudí nos parecería una vuelta a una casilla anterior en las relaciones entre ambos países. Se puede apreciar la asimetría de cláusulas con respecto a las que Irán suscribió con los Estados Unidos de Obama, y la carencia existente de control sobre el Israel atómico. Pero, presumimos que el peso del lobby pro Israel hegemónico ha sido tan relevante para Trump que, a última hora, ante el riesgo de perder una votación en las cámaras legislativas estadounidenses, ha puesto una condición que, de momento, Arabia Saudí no puede aceptar sin caer en la mayor de las contradicciones y arruinar su supuesto liderazgo, ya puesto en duda por los Emiratos, Qatar y potencias asiáticas como India.

Mientras tanto, la colonización y destrucción de Palestina a manos de Israel continúa sin sanciones occidentales, de los países firmantes de los Acuerdos de Abraham ni del resto de la comunidad internacional.

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Santiago González Vallejo es cofundador del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe.

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