'Los del túnel’ y la conmovedora humanización del españolito cuñado

Arturo Valls y el resto del elenco de la película 'Los del túnel'.

En su prólogo para Una risa nueva —aquel ensayo que en 2010 lanzaba tan valiosas claves para descifrar el posthumor cuando este no había estallado del todo en España—, Jordi Costa también se permite hacer consideraciones algo más generales sobre el género, acudiendo a un momento tan fundacional como el inicio de Luces de ciudad. Este clásico de 1931 abría con Charles Chaplin siendo sorprendido encima de una estatua recién inaugurada, abochornando a los asistentes al acto y logrando que todo fuera todavía más ridículo a medida que trataba de corregir la situación. “La comedia siempre acaba resolviéndose (haciéndose) en el cuerpo del cómico”, sintetiza Costa.

La ubicación chocante del cómico ha sido desde siempre una estrategia primordial y da igual la mutación vagamente posmoderna de la que hablemos: pocas cosas violentan más que “el cómico que parece haber sido desplazado de su hábitat natural para ser integrado en un discurso ajeno”. Es la razón de que, desde aquella vez que Chaplin apareciera donde no debía estar, sean múltiples los ejemplos de películas que han jugado con la imagen que del cómico hubiera podido interiorizar el público hasta entonces. A veces, llegando a perder el interés por hacer reír, como Jim Carrey en El show de Truman, Adam Sandler en Embriagado de amor o Bill Murray en Lost in Translation.

Suele pasar que los cómicos tienen un talento innato para el drama, y también que de vez en cuando algún cineasta espabilado puede exprimir este don de forma que ampare una intencionalidad más seria, incluso crítica. Acudiendo a la comedia española del último medio siglo, el caso de Juan Antonio Bardem brilla con luz propia. Los últimos compases del franquismo confluyeron dentro del cine con el landismo, como una mezcla de voto de humildad (el españolito paleto), cooptación de tibias pulsiones liberales (las suecas, las alemanas) y excepcionalidad turística (Spain is different), de forma que al pobre Alfredo Landa no le quedara otra que ser totalmente funcional al régimen.

Hete aquí, entonces, que llegado 1977 y justo antes de las primeras elecciones democráticas de España, Bardem colocó a Landa al frente de El puente, que a priori se ajustaba tanto a sus comedias picarescas como al tipo de personajes que solía interpretar. Y Landa seguía siendo divertido, claro, con su desorientación y sus rabietas. El problema es que todo transcurría en un escenario que buscaba reflejar la realidad sociológica española, de forma que el actor tuviera que lidiar con su miseria y negociarla con la de otros como él, al extremo de acabar afiliándose a un sindicato y todo.

Una jugarreta tan brillante y rotunda, finalmente, como para que fuera difícil desarrollar una tradición a partir de ella —a Landa no le hizo demasiada gracia, además—, si bien todavía es posible reencontrarse con el legado de El puente de vez en cuando. Especialmente si hablamos de cómicos que se las apañan para ejercer de sinécdoque nacional. Cómicos como Arturo Valls.

Bienvenido, Míster Cuñado

Cuando alrededor de 2012 y 2013 —en paralelo a esos memes de Julio Iglesias de los que tanto nos arrepentimos ahora— se popularizó del todo el término “cuñado”, las revistas de tendencias tenían a su disposición varias imágenes para representarlo. Y una de ellas bien podía ser (a falta de la del Juancarlitros de Julián López) la de Jesús Quesada, el personaje de Arturo Valls en Camera Café. La caracterización de este irritante hombrecillo, siempre exhibiendo seguridad en sí mismo y abocado a opinar sin saber, partía del intuitivo hallazgo de un tipo de sujeto que todos teníamos la desgracia de conocer bien, que sobre todo tocaba soportar en las cenas de Navidad.

No es que Valls se aprovechara del todo de este hallazgo, pues a diferencia de Santiago Segura con Torrente —un papel tan idiosincrático como el de Jesús Quesada, que el cineasta siente la necesidad de encarnar una y otra vez—, este intérprete valenciano se prodigó sobre todo como presentador de televisión finalizada su andadura en Camera Café. Se mantuvo, de hecho, al margen de una conversación pública donde el dichoso término llegaba a alcanzar tanta fuerza como para, en palabras de Javi Sánchez, “cuñadizarse” él mismo. El cuñado siempre era el otro —muy a la manera en que hoy empleamos la palabra “charca”—, y su encaje social llegó al extremo de que, en abril de 2016, Pablo Iglesias hiciera uso de él para atacar a Albert Rivera en el Congreso.

Debió haber sido la defunción del término, explotado hasta perder toda mordiente, pero seguía siendo jugoso. Una tipología capaz de inspirar reconocimiento y, ya que no abierta simpatía, sí la misma agradable connivencia con la que el público podía enfrentarse a policías fascistas o a la esperpéntica fauna de La que se avecina, cuyo éxito permanecía constante. Ya que a mediados de la década pasada, gracias fundamentalmente a Ocho apellidos vascos, la comedia española pudo abrazar la solvencia industrial —esto es, un amasijo de fórmulas de éxito con el que fidelizar al público, al tiempo de degradar el género—, desde luego que iba a haber sitio para el cuñado en ella.

Pudo sacar beneficio, por ejemplo, Leo Harlem. El personaje listillo que había creado en sus monólogos desde otras coordenadas inequívocamente cuñadas, terminó saltando al cine —siendo El mejor verano de mi vida, de 2018, con su dimensión de comedia familiar, la gran inspiración de Segura a la hora de impulsar a continuación la diabólica maquinaria de Padre no hay más que uno, con el mismo Harlem como aliado—, pero, cosa curiosa, lo hizo cuando lo cuñado ya había sido convenientemente diseccionado en Los del túnel según las escuelas de Charlot y Bardem.

En 2016, dos antiguos guionistas de Camera Café, Pepón Montero y Juan Maidagán, recuperaron a Arturo Valls con la idea de revisar el personaje de Quesada. El actor, que al margen de su faceta de showman sentía una encomiable inquietud por el humor alternativo —dos años más tarde ayudaría a levantar Tiempo después, último film de José Luis Cuerda—, accedió con todas las consecuencias.

Después de la catástrofe

No llegaba a ser una idea transgresora. Si la comedia emana tanto del fracaso como de la sorpresa que motiva dicho fracaso, colocar al cuñado en un drama psicológico podía ser tan divertido como verlo pontificar en una sitcom. Bastaba con tener guionistas capaces —Montero y Maidagán lo eran sobradamente, como luego reafirmarían al triunfar con Poquita fe a la década siguiente— y, sobre todo, a un cómico sin miedo a los retos, dispuesto a jugar con su imagen y, más aún, con todo el imaginario que hubiera engrosado esa imagen. Valls lo ha seguido haciendo después de Los del túnel —en la excelente Camera Café, la película (2022) donde volvió a interpretar a Quesada sin maquillaje, y en la más bien menor Mala persona (2024)—, pero nunca con esta virulencia.

Y es que el punto fuerte de Los del túnel no reside tanto en estrechar el cerco sobre el cuñado prototípico (aquí llamado Toni), enfatizando intelectualmente su patetismo, como en situar a esta figura dentro de aquel “discurso ajeno” del que hablaba Costa, y ver qué pasa. En Los del túnel hablamos de cine de catástrofes, pero la parodia que plantean Montero y Maidagán es algo esquinada: el film que firma Montero como director empieza donde terminaría una historia de catástrofes cualquiera, una vez un grupo de individuos logra sobrevivir a un accidente multitudinario gracias a trabajar en equipo y descubrir un ignoto coraje. Los del túnel comienza con música épica, diálogos inspiradores que alientan a una nueva vida plena, e incluso un gran plano de grúa.

La jugada, a partir de ahí, se fundamenta en explorar qué sucede con estos supervivientes una vez se reincorporan a la vida cotidiana. ¿Estarán a la altura de lo aprendido en el túnel al borde de la muerte, lograrán que ahora su existencia sea auténticamente significativa? Se trata de un ejercicio de mordaz deconstrucción, que bien puede ironizar sobre los excesos del cine de Hollywood y que remitiría a la ingeniosísima Extraterrestre que Nacho Vigalondo había estrenado cuatro años antes; aquí atendiendo a las invasiones alienígenas, y compartiendo a un estelar Raúl Cimas como bravucón que parece haber visto demasiadas películas estadounidenses.

El Julio que interpreta Cimas en Los del túnel, líder del grupo durante su aventura y ahora líder del grupo de WhatsApp con el que los supervivientes siguen haciendo una suerte de terapia triunfal, contrasta ferozmente con la actitud de Toni. Un hombre mediocre y egoísta que una vez sale del túnel ha de enfrentarse al abismo depresivo, incapaz de encajar con esas personas que han “mejorado” gracias a la experiencia, mientras percibe la falta de sentido de su vida actual.

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La comedia de Los del túnel no deja de ganar oscuridad al suspender cualquier certeza: desde luego que el afán de superación del que alardea el grupo es de lo más pueril —Cimas es la prueba obvia, aunque no habría que olvidarse de Natalia de Molina queriendo escribir un libro sobre lo que compartieron—, y que la miseria de Toni puede legitimarse como un lamento honesto y familiar. Como una suerte de rechazo a los eslóganes terapéuticos —en 2017 ya plenamente insertados en el debate público— que tampoco esquiva un patetismo propio, representado por ese casete de los Pecos que el protagonista está condenado a escuchar cada vez que conduce su coche prestado.

Con una escritura afiladísima y un montaje implacable, Los del túnel logra algo tan poco frecuente como escarbar en el corazón de la sociedad sin decantarse por postulados apocalípticos —ayuda a ello tanto el matizado trabajo de Valls como, sobre todo, la luz de Nuria Mencía interpretando a su bondadosa pareja—, mientras dialoga fértilmente con su cultura. No solo humaniza al cuñado para preguntarse quién es realmente el cuñado, sino que se burla del tópico de que las crisis pueden estimularnos como seres humanos —anticipándose a ese ominoso “saldremos mejores” que tanto escuchamos durante la pandemia— en pos de una forma más reflexiva de compartir nuestras vidas.

Una que, en las postrimerías de la Gran Recesión y en vísperas de crisis ulteriores, parece oportuno recordar. Y, sobre todo, hacerlo en el marco de una comedia auténticamente inquisitiva, alejada de corsés comerciales y complicidades con la ultraderecha. Es la comedia que el cine español, en pocas pero extraordinarias ocasiones, ha logrado alumbrar en las primeras décadas del siglo XXI, y logrará prosperar mientras los cineastas se la sigan tomando con toda la seriedad que requiere.

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