Nuestro Federico, hoy
El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera.
Ha costado muchísimo que nuestro país comprenda que la cultura es clave para lo que se diría “hacer país”, es decir, una marca que distinga nuestras tradiciones y una manera de hablar de los temas que nos interesan y con los que nos sentimos identificados. Ya lo comprendió así Lorca.
Si tu lees a Federico García Lorca, que escribió en los años 30, encuentras a un artista muchísimo más avanzado en discurso, en formas, en lenguaje teatral
Nuestra dictadura nos llevó a una sequía creativa enorme. No olvidemos que muchísimos y muchísimas intelectuales, artistas, tuvieron que huir para no ser asesinados, asesinadas por su ideología, tal como le pasó a Lorca. Miles de españoles y españolas obligadas a abandonar nuestro país tras la Guerra Civil. De la misma manera, dicen que el Winnipeg, barco que venía desde Chile a buscar mano de obra barata en los huidos de la dictadura, se encontró a personas tan interesantes, que se las llevaron a Santiago de Chile y su llegada subió el nivel cultural de aquel país.
Aunque a la llegada a Valparaíso se encontraron con carteles que decían “no queremos rojos aquí”, con rumores de que los refugiados traían el tifus, acababa de empezar la II Guerra Mundial y allí los esperaban el presidente, Pedro Aguirre Cerda, y el ministro de sanidad, Salvador Allende. España se quedó sumida en el vacío intelectual, y aquellas personas que no pudieron huir, o que decidieron quedarse, tuvieron que practicar el silencio total si no querían sufrir las consecuencias de su ideología, ellos, ellas o sus familias...
Todas estas circunstancias, sin duda, influyeron en el desarrollo de nuestro teatro. Algunos o algunas escritoras que se quedaron aquí tuvieron que adaptarse a escribir de una forma que no criticara la dictadura, o al menos no abiertamente, en unas formas convencionales que no hirieran a las clases que vivían bien en el régimen.
También, pero esta es mi opinión, el “juicio” hacia los demás, el “qué dirán”, era una cosa muy importante en nuestra España de entonces, con una gran secuela en nuestra educación, y eso también influyó en nuestra manera de desarrollar el teatro, a veces sin riesgos, sin querer despertar reticencias, sin formas muy “revolucionarias”.
Asesinaron a Lorca, uno de nuestros grandes poetas, pero jamás han logrado matarlo. Sus obras, sus poemas, sus entrevistas, sus charlas sobre teatro... siguen vigentes, palabra por palabra
Pero, si tú lees a Federico García Lorca, que escribió en los años 30, encuentras a un artista muchísimo más avanzado en discurso, en formas, en lenguaje teatral. Mucho más avanzado que la mayoría de los autores (y lo digo en masculino porque, en realidad, prácticamente solo se conocían hombres) que escribían para el teatro en España en los tiempos de la dictadura. Y en él encuentras temas y reflexiones de enorme contenido social: siempre del lado de las mujeres, por ejemplo, del lado de los necesitados, de los repudiados...
"... Quiero huir, quiero no ver, quiero quedarme serena, vacía... ¿es que no tiene derecho una pobre mujer a respirar con libertad?" (Doña Rosita la soltera).
Me impactó Así que pasen cinco años, que tuve la ocasión de montar en 2008 en Caracas, con el TET (Taller Experimental de Teatro) —hoy llamado Centro de Creación Artística TET— una compañía cuyo germen era Jerzy Grotowski, porque sus fundadores habían estudiado con él en Polonia. Me impactó el acercamiento a esta obra del subsuelo, a ese plano onírico en el que las obsesiones se viven bajo la realidad, donde sus personajes se adentran en el inconsciente, pero en las que siempre hay esa crítica al mundo real, a unos conceptos que asesinan la felicidad de algunas personas: el protagonista homosexual sin decirlo (un tema constante en Lorca), una mujer invisible, inamada...
Y cuando, en 2005, monté La casa de Bernarda Alba, también experimenté como una especie de abducción lorquiana.
La obra maestra era él
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Un poeta como Lorca, asesinado por su ideología, dice mucho de un país, de algunas gentes de nuestro país. Siempre pensé que fue asesinado por su ideología y que pesó mucho su homosexualidad, claro, eso sí, pero finalmente, este país lo quiso convertir en un poeta “maricón” (utilizo el lenguaje de esta gente, por supuesto), o sea, un poeta “cursi”, con excesiva “sensibilidad”, en vez de ayudarnos a comprender los puñetazos de sus palabras, los conceptos revolucionarios que encerraban cada uno de sus poemas.
Asesinaron a Lorca, uno de nuestros grandes poetas, pero jamás han logrado matarlo. Sus obras, sus poemas, sus entrevistas, sus charlas sobre teatro… siguen vigentes, palabra por palabra. Porque su mirada nos recuerda la importancia de la memoria para seguir avanzando y creciendo como país.
"¿Cómo se llevaría el olor del mar a una sala de teatro, o cómo se inunda de estrellas el patio de butacas?" (Comedia sin título).