"Te creo", el punto de partida para reparar el daño de la violencia sexual en la infancia

Un niño camina de la mano de un adulto.

A Anna Currilla no la creyeron. Los abusos contra ella comenzaron cuando ni siquiera era capaz de comprender el significado de la violencia, mucho menos aquella que procedía de quien debería velar por su seguridad. Las agresiones ejercidas por su padre comenzaron a los tres años y se prolongaron hasta poco antes de cumplir la mayoría de edad. Se reconoció como víctima siendo adolescente, pero los suyos apartaron la mirada. Solo cuando alguien le tendió la mano comenzó a cicatrizar la herida. 

Es ahí precisamente hacia donde apunta Alexandra Membrive: a la escucha, la comprensión del entorno y el abrazo de quienes están al lado. Lo sabe porque ella misma lo experimentó también. Sufrió abusos sexuales entre los siete y los nueve años por parte de un conocido de la familia, pero aquella violencia quedó enterrada en su memoria hasta que de adulta supo ponerle nombre a su malestar. Hoy es psicóloga especializada y coincide en que un "te creo" es el punto de partida para sanar. "No sabes cómo se aligera la mochila cuando escuchas esa frase", asiente al otro lado del teléfono. "Ahí empieza el camino de la reparación".

Creer a los menores

Muchas víctimas se dan de bruces directamente con la incredulidad, la minimización o la falta de apoyo por parte de su entorno una vez revelan las agresiones, especialmente si el autor pertenece al ámbito familiar. "Si estoy pidiendo ayuda y no me creen, ¿cómo voy a tirar para adelante con ese dolor?", se pregunta Membrive.

En el camino hacia la recuperación entra en juego lo que la psicóloga denomina factores de riesgo, elementos clave como la convivencia con el agresor, la edad a la que comienza el abuso o la duración de la violencia. "Muchas víctimas no tienen las herramientas para decir que no, se genera entonces una indefensión y una inmovilidad crónica" que además aumenta la posibilidad de que haya "múltiples victimarios" a lo largo del tiempo, expresa. 

Los estudios internacionales estiman que cerca de la mitad de las personas que sufrieron abusos sexuales en la infancia experimentan posteriormente otra forma de violencia sexual. Así lo indica el análisis La prevalencia de la revictimización sexual, cuyos autores concluyen que el 47,9% de las víctimas de abuso sexual infantil soportaron después otra forma de agresión contra su libertad sexual. 

"Cuando hay una respuesta negativa ante la revelación, se te queda grabado en el cuerpo", lamenta Membrive. No resulta extraño que la familia entre en una suerte de "distorsión cognitiva que la lleve a ponerse al lado del victimario", un fenómeno que se une al "adultocentrismo" que sitúa a los niños como sujetos que tienden a "inventar o imaginar" este tipo de situaciones. "Si algo de eso pasa, la violencia se cronifica", añade. 

"Revelar algo que nos genera tanto dolor, vergüenza, culpa, frustración y miedo no es nada fácil. Muchas víctimas se mueren con el secreto", completa Currilla. Así que es fundamental "arropar, no preguntar, dar espacio a que la víctima se desahogue sin sentirse juzgada", plantea la superviviente. Insiste en este extremo porque así fue como se sintió ella cuando supo ponerle palabras a sus vivencias. En aquel momento emergió no solo la incredulidad, sino también la negación. Incluso los elogios hacia el agresor, una persona "respetable para la sociedad", rememora la superviviente. "Así lo dijo mi hermano al saber que mi violador era nuestro padre". 

Aplacar la culpa

Membrive convivió con la herida durante años. No supo identificar su origen hasta bien entrada la adultez, porque "muchas veces no te acuerdas, lo borras", especialmente cuando los abusos suceden a edades muy tempranas: "Tu cuerpo recuerda, pero tú no". Cuando llega el momento de la "aceptación, es como reconciliarse con una misma", asiente. La reconciliación es fundamental para todas aquellas personas que sienten culpa, un elemento común entre quienes sufren abuso sexual infantil. "La culpa es muy automática, la sientes desde pequeñita". Según la Fundación ANAR, el 20,8% de las víctimas presentan problemas psicológicos como ansiedad, miedo, vergüenza o culpa.

En ese marco, "aceptar que has vivido una situación vulnerable" forma parte de la ruptura con el "ciclo de la violencia", una suerte de "punto de inflexión que ayuda a comprender" y a situar la responsabilidad en la persona agresora. Membrive cree fundamental, en este punto, el apoyo psicológico. Pero suceden dos fenómenos: muchas víctimas no acuden a terapia hasta la edad adulta y además la especialización es escasa. ANAR advierte de que el 70,3% de las víctimas atendidas en su fundación no había recibido tratamiento psicológico, un porcentaje que se dispara hasta el 79,5% en el caso de las personas menores de nueve años.

"Una vez que es revelado algo tan duro, se debe trabajar en terapia lo antes posible", coincide Currilla. "Cuanto antes se trate, menos secuelas deja, aunque la huella sea de por vida". Con el tiempo y el trabajo en consulta, la superviviente fue capaz de identificar esas secuelas que ella misma experimentó, sin saber muy bien que procedían del mismo episodio traumático. "Identificaba el rechazo a los hombres sobre todo con características parecidas a las de mi padre, vómitos, pesadillas, ataques de pánico o miedo a la oscuridad, pero desconocía que podía derivar en problemas intestinales o migrañas crónicas", describe. Hoy es capaz también de reconocer las consecuencias en el plano sexual, social y laboral. "Lo que para otra persona es una tontería, para nosotras puede reavivar un fuego que creíamos apagado". 

El proceso de recuperación implica no solo el reconocimiento de una situación dolorosa y estigmatizante, sino la asunción de que la herida puede volver a supurar en momentos críticos, explica Membrive. La psicóloga reconoce la complejidad en la recuperación, pero recuerda que si las víctimas "han podido sobrevivir en silencio, ahora tienen ante sí mismas el camino del conocimiento y la sanación para entender que han sido fuertes". 

La responsabilidad colectiva

Violeta Assiego, abogada y exdirectora general de Derechos de la Infancia y la Adolescencia, añade un ingrediente clave: la responsabilidad institucional. Cuando los abusos proceden del entorno, el principal paso tiene que ver con "evitar la revictimización y la violencia institucional en caso de que la víctima cuente lo que le ha sucedido". En ese sentido, coincide la abogada, "la reparación consiste en creer" y en ofrecer las garantías necesarias para que el menor "no salga más dañado del proceso", como ocurre con las madres protectoras, cita la jurista. 

Se trata, por tanto, de que las instituciones garanticen una "actuación diligente desde que se verbaliza" el episodio violento, pero también "velar porque se aplique la norma y porque no se produzca esa revictimización". En este punto resulta clave "el apoyo psicológico y el acompañamiento en todos los planos", más allá de "citas y trámites puntuales, tan vinculados al proceso penal". 

El sistema de Barnahus, introduce como ejemplo, resulta modélico, pero se inscribe estrictamente en el ámbito penal y las secuelas trascienden de lo judicial, "permanecen en la edad adulta, así que las ayudas también deben ir más allá". Assiego habla de apoyo material, ayudas, supervisión médica y acceso al empleo, teniendo en cuenta que "esas secuelas están dificultando la normalidad" en lo que respecta a un desarrollo vital pleno. 

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En cuanto a los delincuentes sexuales, cabe preguntarse si hay alternativas de reinserción más allá del reproche penal. "Ahora mismo el enfoque con los agresores se aborda dentro de las instituciones penitenciarias y es muy deficitario", abunda la abogada, quien plantea la justicia restaurativa como una vía a explorar, "huyendo de la lógica punitiva para problemas extraordinariamente complejos". 

En algunos territorios existen, desde hace un lustro, los conocidos como Círculos de apoyo y responsabilidad, una iniciativa importada de Canadá y que consiste en la articulación de grupos que supervisan y acompañan a condenados por delitos sexuales cuando quedan en libertad, para evitar la reincidencia y garantizar su reinserción. Además de los programas dirigidos a personas ya condenadas, algunos países han desarrollado iniciativas para prevenir el abuso sexual infantil antes de que se cometa. En Alemania, Reino Unido, Irlanda o Estados Unidos, existen recursos que ofrecen atención confidencial y gratuita a personas que buscan ayuda para no delinquir.

Assiego recuerda que la garantía de no repetición, en todo caso, tiene que ver con evitar el daño "para el conjunto de la sociedad", lo que implica necesariamente "inversión en prevención y sensibilización", siempre desde la escucha activa a las víctimas. Una atención que debe llegar desde todos los ámbitos: "Si la sociedad realmente nos apoyara, las cosas cambiarían", sentencia Currilla.

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