Buzón de Voz

21-D: seis apuntes y una primera conclusión

La mayor crisis de la democracia en 39 años ha vuelto a la casilla de salida. El independentismo repite mayoría absoluta en el Parlament y Ciudadanos se convierte en el partido más votado en Cataluña a costa de un PP que prácticamente desaparece. Los resultados de este 21-D son un mazazo para el dontancredismo ejercido por Mariano Rajoy, pero sobre todo demuestran la magnitud de un problema político que se complica aún más por la actuación judicial contra Puigdemont y otros dirigentes soberanistas. El plebiscito sobre la independencia y el 155 deja absolutamente abierto el conflicto.

1.- Ciudadanos ha logrado en Cataluña cosechar lo que el PP ha venido sembrando durante años. No sólo consigue la proeza de que un partido españolista sea más votado que cualquier formación catalanista, sino que la victoria de Inés Arrimadas tendrá consecuencias a escala estatal, porque permite a Albert Rivera quedarse con el reloj de oro de Mariano Rajoy: el discurso del nacionalismo español. Esa bandera (enorme bandera), junto a la supuesta recuperación económica, constituía hasta ahora el principal motor electoralista de Rajoy, que no puede competir con el partido naranja sobre regeneración, anticorrupción, modernidad, liberalismo, etc. Creía que podía competir y ganar a la hora de representar el patriotismo frente al separatismo. Pero esa fortaleza queda muy en entredicho tras el 21-D. No es que a Rajoy le importara un mal resultado en Cataluña. Lo tiene descontado desde que decidió utilizar la respuesta al soberanismo para ganar votos en el resto de España. Pero quedarse en la irrelevancia absoluta precisamente en el territorio donde se ha suscitado la mayor crisis de la democracia es un batacazo que no sólo se lleva por delante al candidato García Albiol sino que deja temblando el liderazgo del propio Rajoy, por el momento incontestado en sus filas.

2.- La lógica alegría naranja (alimentada durante toda la campaña por la mayoría de los medios estatales) no debería ocultar el motivo fundamental de esta cita electoral. Y el resultado lo que demuestra es una estabilidad marmórea del independentismo como bloque. La suma de JuntsperCat, ERC y la CUP obtiene prácticamente el mismo porcentaje de votos que en las dos anteriores elecciones y, lo que es aún más importante: renovar su mayoría absoluta en el Parlament. Si antes ya era una osadía insultante, ahora resultaría obsceno adjudicar la fuerza del soberanismo catalán a una especie de engaño colectivo. Quienes han votado independentismo conocen perfectamente la salida de empresas, la falta de reconocimiento internacional y los oscuros vaticinios para la economía catalana. Si todos esos factores podían tener alguna influencia en sus convicciones, parece claro que ha pesado tanto o más la indignación contra la intervención del Estado y contra las decisiones judiciales que han llevado a la cárcel a varios de sus referentes políticos mientras otros huyeron a Bruselas.

3.- Es cierto que dentro del bloque independentista han surgido divisiones y enfrentamientos que no harán fácil la formación de gobierno. Le ha ido mejor a Puigdemont con su autoexilio belga que a Oriol Junqueras desde la cárcel. Para ser investido de nuevo como president, Puigdemont tendría que regresar sabiendo que irá a prisión, y los votos tanto de encarcelados como de prófugos serán necesarios para revalidar el Govern. Se mezclan las decisiones políticas y personales, porque hacer correr la lista supone cargar con las responsabilidades legales sin escudo parlamentario. En cualquier caso, a todos les interesa mantener un bloque compacto que planteará una negociación bilateral con el Gobierno y en la que intentarán incluir la liberación de sus presos. Teniendo mayoría y ejerciendo de nuevo el Govern, el eco internacional de esas reclamaciones será potente.

4.- Pese a ese éxito indiscutible del independentismo, el resultado confirma que sigue sin tener una mayoría social que aporte legitimidad a su permanente intento de representar “la voz de un pueblo”. Lo cual debería llevar a sus representantes a renunciar al camino unilateral de la República catalana. La CUP mantiene su exigencia de avanzar en la unilateralidad, pero Puigdemont y Junqueras ni siquiera necesitan a los cupaires para formar gobiernocupaires, puesto que los síes necesarios suman 66 (JxCat más ERC) frente a los 65 votos de los grupos no independentistas. Ha sufrido un descalabro al caer de diez a cuatro escaños, pero la CUP no es un partido político al uso, y le importa menos el número de actas en el Parlament que su capacidad para marcar la agenda o para impulsar movilizaciones populares.

5.- Esta vez las expectativas han jugado en contra del PSC. Se le vaticinaba una fuerte subida, o en todo caso la posibilidad de jugar un papel clave en la gobernabilidad catalana. Ni una cosa ni la otra. Un mal resultado para Iceta pero también para Pedro Sánchez. Ser la muleta imprescindible del Gobierno para aplicar el 155 y ver cómo los frutos de tan arriesgado paso los recoge Ciudadanos es duro. Algo tendrá que ver con el hecho de que Sánchez recuperó el liderazgo aupado por las bases (también del PSC) reivindicando el “no es no a Rajoy” y a los pocos meses aceptó asociarse con el PP. Ese ejercicio, justificado en la responsabilidad de Estado, supone una quiebra en la coherencia del eje del discurso de Sánchez. Intentará sin duda compensar el desgaste con el impulso de la comisión territorial y de la reforma constitucional, por el momento visiblemente ninguneada por sus propios compañeros del 155 y directamente rechazada por Unidos Podemos y los nacionalistas.

6.- La fuerte polarización de una campaña que no podía ser “normal” (con candidatos encarcelados o fugados) ha pasado factura a las posiciones que pretendían ser bisagras para el entendimiento. No lo ha logrado Iceta, pero tampoco los Comuns de Xavier Domènech, Colau y Pablo Iglesias. Estas elecciones se jugaban en dos ejes: soberanismo-constitucionalismo y derecha-izquierda. Si en el primero se ha mantenido la fortaleza del independentismo, en el segundo se ha debilitado la izquierda, que una vez más sufre ante la utilización demagógica del patriotismo.

El reconocimiento inmediato de su fracaso por algunos de los principales afectados da idea del terremoto que este 21-D puede suponer. Y sería deseable que los supuestos ganadores tampoco perdieran de vista la realidad de los datos. El independentismo puede presumir de estabilidad, pero no tiene mayoría social. Quizás lo que Jordi Amat denomina “la mutación del catalanismo” haya tocado techo. Eso dependerá también de que Albert Rivera no cometa el error de pensar que la victoria de Arrimadas garantiza una solución de la crisis territorial. Si hubiera que anticipar una conclusión de lo ocurrido desde aquella escandalosa sesión del 6 de septiembre en el Parlament hasta hoy, podría ser la que ya hace años se adivinaba: para resolver un problema político no basta la aplicación de la ley. Ni siquiera del hasta ahora inédito 155.

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Este artículo ha sido actualizado en la mañana del viernes para matizar el punto 4 en lo referido a los votos independentistas de cara a la investidura, cuya mayoría respecto a los no independentistas ni siquiera haría imprescindible el apoyo de la CUP. (Otra cuestión es la situación legal de los huidos a Bruselas y su presencia o no en la votación).

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