Nuevo ciclo político: bienvenidos a la plurinacionalidad Víctor Guillot
La Constitución española es una norma vigorosa. Llega viva, palpitante, a escaso año y medio de alcanzar los 50 abriles. El folio magno se aproxima al medio siglo sin saber muy bien, borrosa la memoria, para quién fue escrita. He aquí su principal incógnita. Lo que sí sabemos es que fue un artefacto jurídico poderoso, inteligente, de alma venidera, capaz de construir el andamiaje de una convivencia que hoy se sostiene en la plurinacionalidad no escrita, no dicha, si acaso susurrada al oído del pueblo, y que ahora conviene afirmar de forma explícita.
Se han cumplido ocho años de la primera moción de censura exitosa en el Congreso de los Diputados. Atendemos, estos días, al final de un ciclo político y al comienzo de otro que perfila sus propias coordenadas: más plurinacionalidad, un reforzamiento de las fuerzas del trabajo, una vivienda digna, una justicia más justa. La materia social de la que está hecho este país demanda un programa sobre el que caben todos los partidos que lograron sacar aquella moción de censura y la investidura de Pedro Sánchez en 2023.
¿Está la CE preparada para afrontar el nuevo ciclo político? La norma que recondujo al sistema España hacia la modernidad volvió a cumplir con su promesa —toda ley encierra una—, esta vez acoplada a una amnistía y dejando en el alero tantas otras promesas, como la vivienda. El texto fundacional vuelve a presentarse hoy como un documento indeleble, luminoso pero indefinido, abierto a la convivencia de un país de la periferia del sur de Europa, más transversal, plurinacional y abierto que nunca. Se abre a un nuevo ciclo y a una nueva conversación a la que llamamos democracia.
Debe quedar claro: la CE no es la piedra filosofal sobre la que está todo escrito. La Carta Magna votada en 1978 es, primordialmente, un manual de instrucciones que reconoce a los españoles su derecho a ser lo que quieran ser. A lo largo de estos últimos 50 años, se ha pretendido interpretar de forma restrictiva el texto constitucional como una foto fija, como el cierre jurídico definitivo a un periodo político que determina, incluso hoy, lo que hemos sido y lo que somos y… hasta ahí. Sin embargo, la Constitución Española es, afortunadamente, algo más, otra cosa: se trata de un inteligentísimo dispositivo jurídico lo suficientemente abierto como para permitir que sus ciudadanos renueven el sueño de su propio ser.
El nuevo ciclo (no confundir con las elecciones locales y generales) nos habla de esto. La CE es el manual que establece cómo ser plurinacionales, cómo ser más transversales, cómo dar más protagonismo a las periferias, cómo funcionar para ser la España de cada nueva generación, atendiendo a sus necesidades. Pensar que es el cofre donde se custodian las esencias de nuestro devenir es cercenar el futuro de las generaciones venideras que no votaron la constitución de 1978. Ello no impide que este manual sea poderoso. Es un libro abierto y se expresa sin necesidad de cerrar la geografía política con una nómina de naciones y nacionalidades; lo hace desde el principio dispositivo de las autonomías, permitiendo que la materia social de la que está hecha España se canalice en cada momento tal y como se piensa y también tal y como necesita sentir, desde la razón práctica de la democracia liberal y desde la libertad de las emociones.
Catalunya es el andamiaje institucional más sólido sobre el que se sostiene la cohesión territorial del sistema España
Cuando afirmamos que el nuevo ciclo político vendrá definido por una mayor plurinacionalidad no reducimos el concepto a la simple transferencia de competencias desde el Gobierno central a las Comunidades Autónomas. Hay quien busca mantener una visión mecanicista de la política española que siempre falla, que fracasa, porque sus piezas no encajan así. España no es un puzle imposible. Desde fuera y desde dentro, siempre encuentra una solución. Lo sabemos cuando León enciende otra vez la llama del autonomismo porque no encuentra acomodo en Castilla y León. Lo confirmamos cuando comprobamos que Catalunya es el andamiaje institucional más sólido sobre el que se sostiene la cohesión territorial del sistema España. Sucede cuando sentimos la influencia de la Comunitat Valenciana en el sistema nervioso electoral de todo el Estado o percibimos que el Madrid D.F. proyecta sus neurosis hacia el resto del país desde la industria de la actualidad sin encontrar eco en el resto de los territorios que lo conforman.
España es un país de la periferia del sur de Europa, transversal y plural y, sobre todo, un sistema electoral estable que modula muy bien sus narrativas en cada comicio. Por ese mismo motivo, no hay razón para especular desde los municipios con la fecha en la que se puedan celebrar las elecciones generales. Que cada palo aguante su vela. En España el voto es dual. Se inicia, pues, un nuevo ciclo político donde no sólo Pedro Sánchez deberá mudar su piel y ser Pedro. Imaginen que ese nuevo ciclo político se inaugura con un presidente abertzale en Navarra. Pongan a prueba su instinto y déjense llevar por el efecto Cotrina en Extremadura, demostrando que las periferias mudas tienen suficiente entidad como para escribir una gramática política nueva, al menos, distinta al resto, cautivando a la industria de la actualidad del Madrid D.F.
España encuentra el germen de su nuevo ciclo en aquellos territorios que quieren ser alternativa democrática y social a los gobiernos del futuro terror constituidos tras los caucus de la derecha. Cada comunidad es un universo que admite infinitas posibilidades si decide liberarse de los relatos producidos en el Madrid D.F. Lo vemos en la Comunitat Valenciana, cuando Pérez Llorca se dispone a negociar la financiación autonómica junto al ministro de Hacienda, Arcadi España. Feijóo renunció a ser derecha plural en el Cercle de Economía y quien se debilita por ello es él mismo y no el PP plural donde rige una máxima: “cada uno a sus votantes”. La plurinacionalidad no es un objetivo ni una meta; es un proceso, una conversación continua, tan ligada a la democracia liberal en la conformación de mayorías estables que también asimila sus defectos y sus virtudes. Como ha enseñado Catalunya en tantas otras ocasiones, la plurinacionalidad es condición de posibilidad para levantar la institucionalidad de este país de países, inabarcable, libre y mutante.
Vuelo raso para analizar la actualidad. El auto de procesamiento de Caballo Loco Peinado, la sentencia condenatoria de Ábalos dictada esta semana por el Tribunal Supremo, las joyas de la Castafiore o la UCO ingresando en las oficinas de la Guardia Civil son daguerrotipos que nos hablan de este fin de ciclo político. Pero también nos hablan de descontrol. La presión está disparada. Es por eso que el Comité Federal de este sábado en Ferraz será, probablemente, una gozadera. Todo en orden.
El caso es que el Gobierno, nos indica Feijóo recurrentemente, debería irse y, sin embargo, el Gobierno sigue ahí. Feijóo es una máquina que produce frustraciones. La política es el arte de lo que no se ve. El momento antipolítico que se sustancia desde el Poder Judicial nos dice que el algoritmo Marchena falla. No moviliza el voto de la derecha y, muy probablemente, active a un millón de indecisos. Caballo Loco y Marchena sólo benefician técnicamente a Vox. O sea, que Feijóo no sale del 33% de los votos.
Efectivamente, el algoritmo falla. Luzón centra, Marchena remata y Choclán gana. Víctor de Aldama libra la prisión. Todo nos deja un regusto amargo: la justicia ha hablado y funciona (para los de siempre), “salvo en algunos casos”. Pero el algoritmo falla. Apuntala a Pedro Sánchez que deberá ser Pedro (y sin Zapatero) tras el próximo Comité Federal. Y ahora lo importante: al que tiene que pagar 1.700 euros de alquiler todos los meses hay que darle la razón: el que la hace la paga. Marchena es la gran disonancia cognitiva entre los titulares que ocupan las portadas y lo que preocupa en la vida real a los trabajadores, los que pagan esta fiesta. O sea.
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