Las rojas que no fueron (I): Ana Carmona, 'Nita', futbolista malagueña Ángela Rodríguez Pam
“¡Examen!, tomad nota de las preguntas”, los niños cogen sus lapiceros al escuchar al maestro: “las ingles, su importancia geográfica, ¿son verdad las ingles?, historia de las ingles, las ingles en la antigüedad, las ingles de los americanos...”. En esta recordada escena de Amanece que no es poco, Paco Hernández se dobla a sí mismo para dar vida a Don Roberto, el maestro, y mostrarnos a golpe de surrealismo los contornos de la realidad. Ante unos milicianos estupefactos, el maestro les hace a los alumnos un examen delirante, que nos hará recordar el absurdo de los temarios que sufrimos de niños. Aunque, siendo sinceros, ¿no sería magnífico que supiéramos de la importancia geográfica de las ingles y de su historia?
La reciente noticia de la prohibición de baño en las piscinas públicas de Burgos a unas mujeres musulmanas que vestían el burkini nos pone, en este verano surrealista que atravesamos, en la senda de la respuesta. Porque, en efecto, la importancia de las ingles debe ser trascendental cuando en nuestro país parece obligatorio que una mujer las muestre para poder bañarse en una piscina. Y considerando la localización geográfica de las partes del cuerpo, diríamos que cuanto más alejadas del centro estén, más impertinente sería su ocultación: en las piscinas cristianas una rodilla o un codo serían de exhibición forzosa y no digamos nada de las muñecas o los tobillos.
Bibliotecas enteras se han escrito sobre la antropología del vestido y la desnudez, recordándonos que la vestimenta no surge por necesidad sino que nace del pecado. El ser humano sólo advirtió que debía taparse después de comer el fruto del árbol prohibido (que según dilectos especialistas se habría tratado de un higo y no de una manzana; también hay bibliotecas sobre esto) y ofender a Dios. Lo relevante es que la cubrición del cuerpo, inédita en el mundo animal, tiene desde siempre un sentido moral y no sólo utilitarista; ni siquiera estético, y esto es fundamental.
El vestido aporta una perspectiva estética vinculada al yo: elegimos la ropa para gustarnos a nosotros mismos y trascender la imagen que deseamos; el vestido somos nosotros. Pero la óptica moral nos impone un vínculo a los demás y eso nos hace desaparecer: nuestro vestido es la mirada del otro. En una perspectiva estética, el juicio sobre nuestra indumentaria nos corresponde sólo a nosotros, que diremos si es bonita o fea; sin embargo, cediendo al juego de la moral, entregamos el juicio sobre nuestra vestimenta a los demás mientras nosotros, convertidos en simples perchas, desaparecemos.
Al introducir este componente bidireccional de la mirada, sobre el cual tanto nos habló John Berger, el debate se vuelve apasionado porque el sentimiento de quien observa no suele coincidir con el sentimiento de quien es observado, y aquí es inevitable la ruptura. La discusión se nos presenta con perfiles radicales, con poco lugar a la transacción, centrada en analizar a quién le damos preferencia. Y no es sencilla la respuesta, porque la mirada pertenece al observador aunque, sin embargo, la libertad de elegir lo que se mira pertenece al sujeto observado.
Las luchas en torno a la mirada del cuerpo son tan antiguas como la vida misma. En los últimos siglos, la moda ha ido evolucionando a golpe de controversia, dando siempre preferencia a la libertad y al coraje de quien decidía qué vestir, con atrevimientos que fueron imponiendo un cambio en la mirada del observador, inicialmente siempre airada. Con los matices propios de las diferentes culturas, en Occidente hemos visto cómo los cuerpos se fueron liberando, ofreciendo a la mirada zonas antaño erógenas o impúdicas. Y hoy, gracias a aquellas luchas, nos satisfacemos en haber superado una moral antigua que se escandalizaba del cuerpo de la mujer; en haber olvidado aquellos viejos escándalos de quienes siempre veían en las mujeres demasiado escote, demasiada pierna, demasiado desnudo para su anquilosada mirada. Esta es nuestra victoria.
Sin embargo, la noticia sobre las piscinas de Burgos ha venido a invertir de forma sorprendente la polémica tradicional, dándole la vuelta como un calcetín insólito: de repente, el revuelo no lo aportan unas mujeres demasiado desnudas en una piscina, sino unas mujeres demasiado vestidas. La polémica, que de nuevo no está en el vestido sino en la mirada que se posa sobre él, nos pone ante el espejo de nuestras propias contradicciones, al demostrarnos que el supuesto avance de la moralidad no nos ha traído una ampliación del campo de juego sino únicamente el traslado del marco de la mirada permitida de uno a otro lado; de esta forma, corremos el riesgo de ser tan intolerantes como aquellos a quienes criticamos.
De repente, el revuelo no lo aportan unas mujeres demasiado desnudas en una piscina, sino unas mujeres demasiado vestidas
Piénsenlo por un momento. Muchos países impiden que las mujeres muestren el ombligo y aun el cabello en la vía pública; es una prohibición deleznable, que no tiene explicación ni disculpa alguna; son unas dictaduras que no respetan los derechos humanos. Ahora piensen en un hombre o una mujer que aterrizara en Madrid llevando por todo vestido un collar de perlas; no saldría de la terminal del aeropuerto. Diríamos que es obvio, que sería una locura dejarles pasear desnudos por la Puerta del Sol. Y ciertamente, es obvio. Pero ¿por qué? La explicación de la obviedad no resulta tan obvia.
La explicación es la misma tradicional de siempre: no les dejaríamos pasear porque ello escandalizaría nuestros sentimientos. Pero aquí ya nos adentramos en honduras insondables; la ofensa a los sentimientos es un concepto que se ha usado y abusado incluso en derecho penal como reducto atávico de nuestra carcundia.
Hay muchas cosas que ofenden mis sentimientos: ver a familias en la calle por no poder pagar un alquiler, ver a cardenales proteger a agresores sexuales, ver al alcalde de Madrid arrasar las miserias de los desahuciados... Supongo que a muchos judíos ofende que haya gente que trabaje el sábado, y a muchos musulmanes les ofenderá ver al obispo de Córdoba ofrecer misas en su mezquita. Pero estos sentimientos no se nos protegen hasta el punto de prohibir los comportamientos que los ofenden; sin embargo, hay otros sentimientos que sí se protegen hasta tal extremo. ¿Por qué?
La ofensa a los sentimientos que entendemos intolerable es aquella que remitimos a una valoración supraindividual en la cual nos reconocemos como colectivo. Aquí está el reto: los sentimientos que no se pueden ofender impunemente son los de la mayoría; los de la minoría serían, así, despreciables. Esa es la razón por la cual en España, que considera delito la ofensa a los sentimientos religiosos, se tiende a identificar estos con los de la religión católica, que gestiona nuestra moral mayoritaria. De ahí que este delito sea oprobioso, de pura rémora, al impedir el avance de la sociedad frente a una moral reactiva por naturaleza. Y mucho más oprobioso, diríamos, cuando se pretende equiparar esta identidad moral a una identidad nacional, en una aproximación letal para las minorías y los extranjeros.
Lo grave es que, con este enfoque nocivo, reconducimos al juicio de la mayoría no sólo la valoración de lo correcto sino la identificación de lo auténtico; no sólo lo que es ideal sino también lo que es propio. Y aquí está el germen de la xenofobia, al imponer la mirada como instrumento para identificar al nuestro y separarlo del otro por un simple juego de mayorías.
De esta manera, el cálculo moral se ve contaminado por un análisis estadístico de porcentajes: una mujer no puede pasear desnuda por las calles españolas porque ofendería a la mayoría de la gente con la que se cruzara; pero podría pasear enseñando el ombligo porque ofendería a muchos menos. Bien, parece una conclusión razonable. El problema es que este mismo juego estadístico, donde dejamos que la mayoría dicte la mirada permitida, nos resulta, con toda la razón, intolerable cuando lo vemos aplicado en otros países como Irán, Afganistán o Marruecos.
En fin, lo más importante de todo es la libertad. Imponer un dress code ¡y no digamos ya un undress code! en ámbitos públicos puede resultarnos cómodo para tranquilizar nuestras conciencias y acallar inquietudes pacatas, o incluso para identificar a los nuestros frente a quienes tenemos por extraños; pero, como digo, nos confronta a nuestras incoherencias. Dando siempre por supuesto el ejercicio de la soberanía individual, deberíamos rescatar el componente estético y no moral del vestido, y priorizar la libertad del sujeto observado frente a la mirada de los observadores. Así que si hay mujeres que, siguiendo su libertad y las normas de su propia pudicia, no desean exhibir sus ingles ni sus rodillas a la mirada ajena y, aun con todo, desean tomarse un baño en una piscina pública, deberían poder hacerlo.
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Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal.
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