RETOS LABORALES

Sindicalismo 4.0 para proteger a los trabajadores precarizados por la revolución digital

Un repartidor de Deliveroo en Valencia.

Robots, trabajadores conectados con su empleador sólo por una aplicación informática, plataformas on line que funcionan como mercados planetarios donde se ofrecen profesionales sin salir de sus domicilios… El mundo del trabajo está cambiando y cada vez se aleja más no sólo de las cadenas de producción donde nacieron los sindicatos y la lucha por los derechos laborales, sino también de las oficinas o comercios que fueron durante medio siglo la foto del concepto empresa.

A las categorías laborales al uso les están sustituyendo los anglicismos: freelance, gig economy, riders, startups, coworking, turkers. Términos que proyectan hipermodernidad pero quizá esconden lo que sólo es –y ha sido siempre– trabajo. Y los sistemas tradicionales utilizados para reclamar mejoras, organizar y movilizar a quienes venden sus servicios a cambio de una retribución se están quedando obsoletos por ineficaces. O han sido reemplazados por nuevas formas de organizarse y de reivindicar. Los sindicatos asisten, tan atónitos como suspicaces, al éxito de las protestas multitudinarias de pensionistas pensionistasy mujeremujeres, mientras los trabajadores precarios prefieren organizaciones marginales o se agrupan para defenderse de forma autónoma, como las kellys –las camareras de piso– y los repartidores en bicicleta de Deliveroo y Glovo.

La larguísima crisis que comenzó hace ya una década trajo más que recortes de salarios, también de derechos y condiciones laborales, que han reactivado la necesidad de reclamar la devolución de lo perdido. En muchos casos, además, el disfrute de lo que se ha escatimado desde el principio. Ha ocurrido en un país tan poco dado a la lucha colectiva en el ámbito laboral como Estados Unidos. El pasado marzo los profesores del Estado de Virginia Occidental llevaron a cabo una huelga por primera vez desde 1990. Fueron nueve días sin dar clase que sirvieron para conseguir un aumento salarial del 5%. Su éxito empujó enseguida a paros similares en otros Estados como Oklahoma o Kentucky. Ninguna de las convocatorias corrió a cargo de los sindicatos del sector. Fueron los profesores quienes se organizaron utilizando las redes sociales.

No ha llegado a tanto la reivindicación en Walmart, la compañía líder en hipermercados descuento en Estados Unidos y famosa por su decidida política antisindical. Pese a sus numerosos esfuerzos, los sindicatos nunca han conseguido hincarle el diente al mayor empleador de Estados Unidos: casi millón y medio de trabajadores, que desde el pasado enero cobran un mínimo de 11 dólares la hora gracias a la tercera subida que les ha concedido la empresa… en 13 años. La mitad de esa enorme plantilla tiene contratos a tiempo parcial.

Hace dos años los empleados empezaron a utilizar una aplicación para móviles denominada WorkITWorkIT, que les permite hacer consultas sobre sus derechos y las normas internas de trabajo en la empresa. Les contestan otros trabajadores y ex trabajadores. La iniciativa partió de OUR Walmart, una asociación que intentó organizar protestas en demanda de mejores salarios y condiciones laborales en 2012 y 2013, y que se desligó en 2015 de la United Food & Commercial Workers International Union, uno de los mayores sindicatos de Estados Unidos. Por tímida que pueda parecer la iniciativa, los responsables de Walmart reaccionaron presionando a sus trabajadores para que no se descargaran la aplicación, con el argumento de que no es un software autorizado por la compañía y de que podían estar proporcionando información personal a terceros. Ya antes, OUR Walmart consiguió que unos 100.000 empleados –muchos para los estándares españoles, pero sólo el 6,6% de la plantilla de la empresa– se conectaran a su página de Facebook para intercambiar información.

Repartidores, de la 'app' a la Inspección

En España, la desregulación propiciada por la reforma laboral se ha fundido con la imparable transformación digital de las actividades tradicionales y el desarrollo de la economía de plataformas. Los teleoperadores, las camareras de piso, los trabajadores de subcontratas y los falsos autónomos teleoperadoressubcontratasfalsos autónomos sustituyeron a la hostelería como sector más precarizado, haciéndose visibles al tiempo que nacían los riders de Deliveroo y Glovo o los conductores de Uber y Cabify, y cuando, detrás de Amazon, el pujante líder mundial del comercio electrónico, aparecieron trabajadores temporales en fraude de ley, repartidores autónomos a 14 euros la hora –de los que deben descontarse gasóleo y seguro– y la amenaza de colocar pulseras electrónicas a los empleados de sus almacenes logísticos para tenerlos localizados en todo momento.

“Nuevas formas de precarizar, nuevas formas de sindicalismo”, resume Mireia Herrera, coordinadora de la Federació de Altres Activitats de la Intersindical Alternativa de Catalunya (IAC), el sindicato vinculado a la plataforma Riders X Derechos, la primera organización que agrupa a los ciclorrepartidores de empresas como Deliveroo, Glovo o Ubereats. Esas nuevas formas son el resultado de unir dos “ejercicios, de valentía y de innovación sindical”, proclama.

Los repartidores están organizados en Barcelona, Valencia, País Vasco y Galicia y, aunque no superan el centenar en todo el país, han conseguido con sus protestas que sus reclamaciones laborales estén en el centro del debate. Carecen de centro trabajo, son autónomos y su rotación es muy alta, lo que dificulta cualquier intento de organizarse. Pero lo mismo que la aplicación digital que les conecta con la empresa es el símbolo de los nuevos desmanes laborales, las redes sociales les han servido para unirse y actuar. Es más, ya han puesto en marcha sus propias aplicaciones. Mensakas en Barcelona y La Pájara en MadridLa Pájara son los nombres que han dado a sendas cooperativas, financiadas mediante micromecenazgo –también con subvenciones del Ayuntamiento de Barcelona en el caso de Mensakas–, donde los repartidores trabajan para ellos mismos con su propia appapp. Se presentaron en mayo y junio, en Barcelona están en fase de pruebas y en Madrid ya han comenzado y están reclutando restaurantes con los que trabajar.

Pero el mayor éxito ha venido por una vía más tradicional: la denuncia a la Inspección de Trabajo y las sentencias en los tribunales. La Inspección de Trabajo obligó a dar de alta a 326 bicirrepartidores en Zaragoza y en Barcelona lleva desde el verano pidiendo documentación a 3.000 de ellos para dilucidar si son asalariados o autónomos. En Valencia acaba de dictaminar que 200 de Glovo mantienen una relación laboral con esa empresa. El 17 de diciembre debía haberse celebrado en Madrid el juicio contra Deliveroo por una demanda interpuesta por la Seguridad Social, que le reclama las cotizaciones de 517 bicimensajeros. Sin embargo, la vista fue aplazada hasta el 31 de mayo, a la espera de un informe de la Agencia Tributaria que la empresa ha pedido para intentar demostrar que los repartidores son autónomos y trabajan para varios empleadores.

Para denunciar a las empresas, los ciclorrepartidores se apoyaron en un sindicato al uso, Intersindical Alternativa de Catalunya. También CGT les ha mostrado su respaldo. El primer repartidor que consiguió una sentencia donde se le reconocía su condición de falso autónomo y asalariado es militante de la CNT en Valencia. “Nuestra forma de organización es horizontal, sin jerarquías, con una mentalidad muy del 15-M”, explica Carlos Iglesias, de Riders X Derechos de Valencia. No sólo es horizontal, sino también internacional. La batalla por el reconocimiento de la relación laboral de los repartidores con las plataformas tecnológicas se repite en todo el mundo, desde Estados Unidos y Reino Unido hasta Francia e Italia. La doctrina de los tribunales difiere en cada país, donde se suceden las sentencias contradictorias sobre el carácter, laboral o mercantil, de esa conexión que trasciende lo tecnológico. Y los ciclomensajeros, tan dispersos en cada ciudad y tan alejados entre países, organizan ya acciones conjuntas internacionales. El pasado mes de octubre celebraron una asamblea europea en Bruselas.

Mientras, en España, los repartidores luchan por crear una plataforma de protesta en todo el paísuna plataforma de protesta en todo el país. Para eso no bastan Whatsapp, Facebook o Twitter. “Hace falta mucho trabajo a pie de calle, ir a las plazas donde se reúnen entre servicios, por ejemplo”, explica Juanjo Lavergne, de Riders X Derechos de Barcelona. No resulta sencillo movilizar a alguien cuya supervivencia en el trabajo depende de un algoritmo: “Tu ratio en el ránking interno de la empresa se calcula en relación con el de tus compañeros”, apunta Carlos Iglesias. Dejar de trabajar un solo día como forma de protesta hunde la posición del repartidor en el ránking y recorta los servicios que se le encargan.

¿Revolución a golpe de 'click'?

“Ahora ya no funciona el boca a boca típico”, advierte Julio Fuentes, secretario de Organización de la Federación de Transportes de CGT. Para informar a los teleoperadores, donde el sindicato tiene amplia representación, sí se sigue utilizando el “comunicado” al uso, pero los grupos de Whatsapp y las páginas de Facebook son ahora los instrumentos primordiales. En muchas ocasiones, indica, la iniciativa individual de alguien que monta una página web constituye el primer paso para organizar a trabajadores tan dispersos.

“Es donde ahora está la gente: o trabajas en las redes sociales o te quedas aislado”, corrobora Aurelio Contreras Marijuán, miembro del equipo confederal de Comunicación de la CNT. Para el sindicato anarquista, que no recibe subvenciones y carece de delegados sindicales, las redes son un método rápido y eficaz de difundir información. “Para las kellys, los empleados de limpieza o los repartidores es impensable aquello de hacer una asamblea a la hora del bocadillo o una reunión a las ocho de la tarde con los horarios imposibles de un trabajo que ahora está precarizado y fragmentado en subcontratas o sólo conectado con una app”, destaca. Así que echan mano del “sentido del humor”, dice Julio Fuentes, y de la imaginación. CGT organiza Sindibirras en La Ingobernable, un centro social okupado en un edificio municipal de Madrid y CNT, los FestiLeaks para denunciar las penosas condiciones laborales en los festivales de música.

Cuestión distinta es si la conexión en línea se traduce en acción. “La revolución no se puede hacer a golpe de click en tu casa, no hay solidaridad a golpe de ratón”click, protesta Julio Fuentes, quien admite que las redes sociales pueden resultar “engañosas”. “Ya tenemos 1.000 seguidores, ahora nos faltan 1.000 afiliados”, añade Aurelio Contreras. El cenetista sabe que debe dirigirse a trabajadores que “no cogen panfletos en el autobús ni leen periódicos, pero sí tienen móvil”. El problema viene después. “Consigues atención, pero no formas militancia”, admite. Por lo que considera indispensables “el contacto personal y la formación”. Aunque de otra forma. “No puedes dejar atrás tus principios, pero los sermones ya no son el instrumento”, confiesa Contreras Marijuán.

Pese a la distancia entre el click y la acción, tanto CGT como CNT dicen que notan un aumento en el número de afiliados. “Cada vez tenemos que dar más cursos de formación porque viene mucha gente nueva interesada y hay mucha demanda de información”, asegura Julio Fuentes.

Sindicatos que intentan no quedarse descolgados

Mientras, los sindicatos mayoritarios se han visto superados por unos cambios tecnológicos y legales que “están triturando el Derecho del Trabajo” y han dejado su capacidad de organización y movilización “muy mermadas”. Lo reconoce así Carlos Gutiérrez, secretario de Juventud y Nuevas Realidades del Trabajo de CCOO. Carlos Iglesias, de Riders X Derechos, es muy crítico con UGT y CCOO –“intentaron negociar con la empresa sin contar con nosotros, su descrédito es total, han firmado un convenio con Cabify”, recita–, como también Mireia Herrera, de la Intersindical Alternativa de Catalunya. “UGT y CCOO aparecieron [en las conflicto de los bicimensajeros] cuando el trabajo ya lo habían hecho los trabajadores y el asunto ya era público”, protesta.

“No sé si hemos llegado tarde, pero sí en el momento en que la dimensión del problema es imparable”, matiza Gonzalo Pino, secretario de Acción Sindical de UGT. El sindicato que dirige Pepe Álvarez ha montado una sección sindical en Deliveroo y lo está intentando en Glovo, Uber y CabifyUber y Cabify. “Con tres afiliados ya puedes tener una sección sindical y trasladar la negociación a la plataforma”, explica. A pesar de que no es sencillo. Asegura que cuando un repartidor se afilia, la empresa le desconecta la aplicación.

UGT tiene previsto presentar una denuncia por conflicto colectivo contra Glovo ante la Audiencia Nacional, avanza Pino. La idea es que la sentencia sirva para todas las plataformas tecnológicas. “El Gobierno tendrá que tomar nota y abrir una iniciativa legislativa”, subraya, “para evitar que el mercado laboral se convierta en una selva”. Porque lo que el responsable de CGT denomina “autoexplotación del trabajador” en estas nuevas fórmulas paralaborales amenaza con extenderse a otros sectores. “Lo están copiando las empresas clásicas, como Correos”, resalta Julio Fuentes, también se están creando aplicaciones informáticas para la atención a domicilio prestada por auxiliares sociosanitarios, añade Mireia Herrera. Y para maestros, dice Gonzalo Pino. “Todo se está externalizando, incluso en las Administraciones públicas”, continúa el dirigente de CGT. Un paisaje de la nueva precariedad que se completa con trabajos “vocacionales” que se hacen sin cobrar o con las bibliotecas públicas convertidas en lugar de trabajo para freelancersfreelancers, un coworking de bajo coste.

Carlos Gutiérrez concede que los sindicatos tradicionales tienen un “problema de legitimación en esos espacios más precarios del mundo del trabajo”. Pero a continuación sitúa la precariedad laboral en el “centro de la agenda” del sindicato. La meta, resalta, “construir un sindicato 4.0”.

De momento, tanto UGT como CCOO se felicitan por la recuperación de su número de afiliaciones, después de las pérdidas continuadas que han sufrido durante la crisis –económica y de credibilidad–. Gutiérrez cifra en un 5% anual el aumento de militantes jóvenes desde 2016 en CCOO, mientras que Gonzalo Pino habla de 70.000 nuevos afiliados en 2017 y de otros 80.000 este año en UGT.

Ambos sindicatos han puesto en marcha en internet casi al mismo tiempo sus propias iniciativas para construir ese sindicato 4.0 del que habla Gutiérrez. Se trata de dos webs de asesoramiento on line. En CCOO fueron primero Precarity War y luego Trabajo en Verano, que permiten hacer consultas laborales a quienes tienen empleos precarios y/o estivales.

La de UGT se llama Turespuestasindicalya, que responde las 24 horas bien por correo electrónico, bien por Whatsapp, pero también por teléfono, cualquier consulta que hagan los trabajadores de las plataformas digitales.

La vanguardia, en Alemania y Dinamarca

En el resto de Europa el sindicalismo 4.0 está más avanzado. El mayor sindicato alemán, IGMetall, lanzó en 2016 Fair Crowd Work, junto con la Cámara de Trabajadores de Austria, la Confederación Austriaca de Sindicatos (ÖGB) y el sindicato sueco Unionen. La web recopila información sobre las condiciones laborales en las diferentes plataformas digitales, para después analizarlas y evaluarlas desde la perspectiva del trabajador. Como incluso en el empleo precario hay clases, se puede bajar un escalón más en plataformas como Amazon Mechanical Turk, que mercadean con las tareas más low cost posibleslow cost. Son los turkers, que se ofrecen para realizar trabajos sencillos y más o menos mecánicos –transcribir textos, etiquetar fotos, hacer encuestas– a precios irrisorios, a veces de céntimos por hora de trabajo. Según consta en la web de IGMetall, Amazon Mechanical Turk soporta un volumen de transacciones de hasta 150 millones de dólares al año, ofertando entre 100.000 y 600.000 tareas. La plataforma carga a quienes las ofrecen –empresas, universidades o particulares– con una tasa del 25% al 40% sobre el precio conseguido por los trabajadores. De acuerdo con la evaluación de Fair Crowd Work, los turkers suman un sueldo por hora equivalente al salario mínimo en Estados Unidos o Alemania, aunque el 60% de ellos informa de haber sufrido casos de impago por parte de los clientes.

En Dinamarca ya han ido incluso más allá del mero asesoramiento. El sindicato 3F acaba de firmar un convenio colectivo con Hilfr.dk, una plataforma que ofrece servicios de limpieza para domicilios particulares. Ese primer convenio crea la categoría de trabajador asalariado, que coexiste con la del autónomo. Si uno de estos últimos alcanza las 100 horas de trabajo, ya puede pedir un contrato laboral. El acuerdo también establece un salario mínimo de 141 coronas danesas –19 euros– por hora. La empresa, además, se hace cargo del pago de la baja laboral por enfermedad y reconoce el derecho a vacaciones. Y si un cliente cancela un servicio menos de 36 horas antes de que comience, debe abonar el 50% del salario que había acordado con la limpiadora.

La pregunta es si este modelo de hibridación –o cooperación– entre el trabajo 4.0 y la protección laboral tal como se conocía hasta ahora abre el camino o se quedará en anécdota.

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