Vida inteligente
Dejé de creer definitivamente en el género humano en Ortigueira, justamente en el lugar que muestra la foto. Esa indicación que advierte del peligro de caer al mar a medio metro del mar no invita a una visión optimista de la humanidad.
Porque lo terrible de esa señal no es aquello de lo que previene, sino lo que representa. Hay en ella dos advertencias: la primera, explícita en el dibujo, debe preocuparnos, pero es la segunda la que lleva a un espíritu sensible como el mío a caer en el pesimismo. Una dice a quien ya debería saberlo: “Cuidado, si sigues avanzando, vas a caer al mar”. La otra, empotrada en esa absurda necesidad de resaltar lo obvio, nos avisa de que lo que está a punto de precipitarse a un mar de necedad es la inteligencia del ser humano.
Y lo peor de esa señal es que si está ahí es por algo. Muy posiblemente, antes de que se decidiera instalarla, algún conductor cayó al agua en ese mismo punto o en algún sitio cercano. No es muy aventurado imaginar la conversación con las autoridades después del suceso:
—¿No vio usted que terminaba el asfalto?
—Sí, pero como no había ninguna señal de peligro...
Afortunadamente, las estadísticas de vehículos que han caído al mar son insignificantes, pero las muestras de estupidez humana florecen en cualquier sitio al que uno dirija la vista o hacia el que ponga el oído.
El fin del mundo
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La cuestión es tan importante que merece abordarla sin rodeos: ¿somos cada vez más tontos? Me atrevería a afirmar que no, que el porcentaje debe de ser similar al de cualquier otra época, lo que ocurre es que ahora a los tontos se les oye tanto... En la Edad Media, pongamos por caso, no era fácil para un tonto conseguir un altavoz con el que gritar al mundo sus tonterías. Hoy, las redes sociales ponen a disposición de cada tonto una ventana desde la que dirigirse al universo. La incansable persistencia de los tontos en compartir su naturaleza hace el resto, porque si hay un lujo que un tonto no puede permitirse es el de pasar desapercibido.
Pero no culpemos solo a las redes. Los medios de comunicación, con su desorbitada abundancia de tertulias y columnas de opinión en las que los tontos se la dan —nos la damos— de listos, hacen el resto. Ese constante escrutinio al que someten la actualidad opinólogos y tertulianos ha generado una nueva variante del hombre del Renacimiento: el tonto renacentista, idiota en múltiples disciplinas. Vivimos en medio de una total desinhibición de la ignorancia, un desacomplejado estriptís de la simpleza que aconsejaría incluir en las encuestas un nuevo apartado: “no sabe, sí contesta”.
La mejor prueba de que existe vida inteligente fuera de la Tierra es que no se relaciona con nosotros.