El zorrito valiente
Circulamos por el Parque Nacional de Cazorla en una calmosa tarde de principios de otoño cuando vemos cómo de entre los matojos de la ladera colindante a la carretera aparece un zorro que se nos queda mirando. Detengo el coche y nos disponemos a contemplarlo; el animal comienza a descender y se dirige a nosotros. Tomo el móvil para guardar recuerdo del insólito momento. El zorro pisa el asfalto y se detiene observándonos. En ese momento, P. desciende del vehículo, lo rodea y se dispone a…
No sé a qué se dispone, ni lo supe entonces ni lo sé ahora; es una conversación que tenemos pendiente. No la creo tan imprudente como para pretender acariciar a un zorro, y si lo es, prefiero no saberlo.
Mientras la veía acercarse al animal, me tranquilizaba pensando: “Es un zorro joven, puede que solo quiera jugar un poco”. De repente, una voz interior, esa que me acompaña desde que tengo uso de razón para reprenderme cuando la utilizo malamente, me espeta: “¿Cómo sabes que es un zorro joven si es la primera vez que ves uno, imbécil?”. Tiene razón. En lo del zorro y en lo otro.
Rezo, entonces, para que en lugar de ser un macho —sagaz y astuto como lo pinta la tradición— sea una hembra —a la que una semántica masculinizada atribuye cualidades menos virtuosas. Así, en lugar de un estrago de gritos, gruñidos y mordiscos, lo más que tendría lugar sería una escena de zoofilia lésbica.
Pero, de pronto, reparo en esa boca que casi dibuja una sonrisa y en su mirada inocente y me apetece decirle: “Huye, amigo. Eres tú el que está en peligro.” No te acerques a un humano. No somos buena gente. Somos el tipo de personas que adormece a sus niños con el cuento de los tres cerditos y por la mañana los manda a la escuela con un bocadillo de jamón en la mochila.
Tal vez no solo lo pensé. Quizás se lo dije. Porque el zorro se dio media vuelta y se marchó ladera arriba. P. volvió al coche y continuamos la ruta.
Me acordé de M., nuestro sobrino nieto, que era en quien pensaba mientras hacía la foto.
Romeo encabronado
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—¿Qué edad tiene M.? —pregunté.
—Cuatro años y medio. ¿Por?
—Porque en cuanto tenga cinco, pienso abrirle los ojos. Le diré: “Ven aquí, ya tienes edad de saberlo todo.” ¿Te han hablado de Hobbes en el cole? ¿No? Pues Hobbes decía que el hombre era un lobo para el hombre. Y se quedó corto; para los animales es un hijo de puta. No hay un solo animal de Disney que no hayamos puteado. ¿Viste La Sirenita? ¿Te gustó? ¿Sí? Pues quitándola a ella, todo lo demás que sale es comestible. Y lo de ella tampoco está muy claro. En Japón, medio cuerpo es sashimi.