Stendhal y la 'rentrée'

El 'David' de Miguel Ángel en la Galería de la Academia, Florencia (Italia).

El verano se extingue. Inexorablemente. Sin atender a ese ruego interior que suplica inútilmente su prolongación. Llega, por tanto, el momento de dar fin a este Ángulo Muerto que hoy fenece en su última entrega. Se aproxima otro tiempo, uno en el que tendremos que retornar la mirada hacia asuntos más provechosos. No será fácil. Costará deshacerse de esa anemia espiritual que nos invade después del viaje de vuelta y a la que llaman síndrome posvacacional, dolencia que confirma que viajar tiene sus propias patologías.

En Florencia, por ejemplo, es endémico el síndrome de Stendhal. Una especie de sobredosis de belleza que, al parecer, produce la alta concentración artística del ambiente florentino. El término lo acuñó la psiquiatra y psicoanalista italiana Graziella Magherini, en un libro publicado en 1989 que tituló, precisamente, El síndrome de Stendhal. El malestar del viajero ante la grandeza del arte.

Stendhal sería el paciente cero y, para inspiración de Magherini, dejó escritos sus síntomas en otro libro anterior —Roma, Nápoles y Florencia, 1817— en el que relata una sintomatología sobrevenida después de contemplar los frescos de la Santa Croce, la iglesia en la que están enterrados Galileo, Miguel Ángel y Maquiavelo: “Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme”. Si Stendhal visitara la Florencia de hoy, su miedo no tendría sentido. Caerse no es una opción, no hay espacio. Solo instalados verticalmente en sus calles puede la ciudad acoger a tantísimo visitante.

Sin embargo, no debemos dudar de la palabra de Stendhal. La doctora Magherini cuenta en su libro la atención prestada a lo largo de diez años, como jefa de psiquiatría de las urgencias de un hospital florentino, a 106 turistas que presentaban delirios, alucinaciones, despersonalización, depresión, angustia, mareos, sudores, taquicardias o desvanecimientos, síntomas todos relacionados con esa turbación que produjo al francés la contemplación estética y que tu médico de cabecera reduciría a: “Un virus”.

El zorrito valiente

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Desgraciadamente, no parece una dolencia de la que pueda uno servirse para pillarse una baja médica que postergue las calamidades del retorno. No es buena idea acudir al médico de familia y soltarle: “Pues nada, que he estado en Benidorm y vengo como Stendhal, con mareos y taquicardias”.

Y, aun en el improbable caso de que el médico, afectado también por el jet lag del fin de las vacaciones, abdique de su responsabilidad y nos la conceda, es una baja que anticipa problemas laborales serios. Explícale a tu jefe que no has ido al taller en 15 días porque estuviste en la Capilla Sixtina y los frescos te sentaron mal.

Stendhal, según él mismo relata, se curó del ataque en la Santa Croce leyendo en un banco de la plaza un poema de Ugo Foscolo que llevaba consigo. Murió repentinamente en 1842 víctima de una apoplejía. Veinticinco años después del episodio de Florencia y solo unos días antes de la fecha en que tenía cita con el neurólogo de la Seguridad Social.

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